sábado, 20 de agosto de 2022

IX. 3 Cultura y artes: Locos y locos. Juan Ramón

 


           Zenobia Camprubi estuvo muchos años considerada la pareja perfecta de Juan Ramón Jimenez: hay gente que le llama amor a cualquier cosa: por ejemplo, a la necesidad patológica del otro, al parasitismo más feroz y destructivo. Sin duda, Juan Ramón Jiménez, premio noble de literatura, necesitaba a su esposa de un modo abrumador; pero esto no significa que la quisiera bien; incluso que, simplemente, la quisiera. ¿Era capaz de querer a alguien un personaje tan monstruosamente egocéntrico?

         Zenobia nació 1887 en Malgrat de Mar (Barcelona) en el seno de una acomodada familia catalano-puertorriqueña. Su padre, era ingeniero de caminos. A los nueve años viajó por primera vez a Estados Unidos con su hermano José y su madre. Cuando vuelve, la llaman La Americanita, porque no parecía del terruño: era rubia, bella, culta activa, desenvuelta y moderna…. Y libre. En 1910, su padre de es destinado a Madrid y la residencia familiar se fija en el Paseo de la Castellana 18. Publica artículos en revistas norteamericanas y aprovecha todo lo que le ofrece Madrid involucrándose en proyectos culturales e intelectuales. En 1913 conoce a Juan Ramón Jimenez en la Residencia de Estudiantes.

              Entonces su madre la traslada a Nueva York para evitar las relaciones de su hija con el poeta. Pero el 12 de febrero de 1916 llega a esa ciudad Juan Ramón y el día 2 de marzo se casan, volviendo el matrimonio a Madrid. Zenobia recibía pequeñas rentas de la herencia familiar que ella completaba con diversos trabajos y pequeños negocios: puso una tienda de artesanía y amueblaba con primor apartamentos para extranjeros; de las rentas y de los empleos de Zenobia vivió el matrimonio durante los cuarenta años que estuvieron juntos, pues los ingresos del poeta eran escasos e intermitente. 

    La incapacidad manifiesta de su marido para ganar dinero. Dentro del naufragio general de la relación y de innumerables perfidias cotidianas, atravesaron muchos apuros económicos. A pesar de todo, Zenobia ​templó el ánimo de su marido, alentó su pluma y sorteó problemas tan importantes como abandonar España dignamente tras el estallido de la guerra Civil. Desde Nueva york ​el matrimonio inicia un periplo en el que recorrieron Cuba, Estados Unidos y Buenos Aires, donde siguen subsistiendo gracias a diversos trabajos de Zenobia.

     En 1943 se mudaron a Washington. Poco después, Zenobia se sometió a una operación de cáncer en Bostónn. En 1954 se instalan en Puerto Rico, porque Juan Ramón no soportaba la vida en los Estados Unidos Zenobia no sólo deja atrás una vida intelectualmente interesante, sino también la posibilidad de someterse a un buen tratamiento en caso de que reapareciera la enfermedad, cosa que ocurrió finalmente, aunque terminó el tratamiento y la dieron alta. Estos años trabajo sin descanso, ayudando a Juan Ramón mecanografiando todo su trabajo en una época de producción frenética del poeta. 

        En 1954 publica un trabajo autobiográfico titulado Juan Ramón y yo. En 1956 reaparece el cáncer; empieza tratamiento de rayos X que le producen grandes quemaduras y en junio vuela a Boston con el propósito de ser nuevamente intervenida, pero los médicos desaconsejan la operación y le dan tan solamente unos meses de vida. Falleció en Puerto Rico, tres días después de que su esposo recibiera el Premio Nobel de Literatura. Juan Ramón la sobrevivió dos años. Sus restos descansan en mOguer.

Hay locos y locos. Juan Ramón era un hipocondríaco; en sus peores momentos creía estar agonizado: no comía, no se lavaba, no escribía. Estaba lleno de manías, no abría las ventanas y acumulaba papel y periódicos. Sin duda sufrió mucho pero hizo sufrir mucho mas a Zenobia Hay enfermos dignos y conmovedores que solo se dañan a sí mismos; y enfermos malignos que sobreviven a costa de destruir a los demás. 

    Juan Ramón era egoísta, un misántropo amargado, con frecuencia cruel y mezquino. Hablaba mal de casi todo el mundo y solo manifestaba ternura con los animales y con los niños. Combatía el vértigo existencial con sus manías; Zenobia destruyó su propio yo diluyendo su personalidad en la de su marido.

La relación es de una completa sumisión, ella anula cualquier plan cada vez que su marido le requiere para algo, sea transcribirle un poema o cuidar de su aseo. Apenas sin dinero viven en un modesto cuarto de un hotel. Zenobia pasa el día metida en el baño, mientras él dormitaba. En numerosas ocasiones, la impide viajar a Estados Unidos para atender su cáncer. “¿Si veo las cosas claras y el no las ve, qué sentido tiene permitirle acabar con mi existencia?”

    En sus últimos años, al menos, Juan Ramón le dio lo que durante mucho tiempo le negó: la certidumbre de su lugar en la Historia como la musa de un genio. Cuando le dieron el Nobel, Tenobia ya no podía hablar, susurró una canción de cuna y murió a los dos día, el 28 de octubre de 1956. Juan Ramón enloqueció literalmente de pena, tuvo que ser internado y no volvió a escribir. 

                                                 

                                                   




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