Los ríos - Borges
Somos el tiempo. Somos la famosa parábola de Heráclito el Oscuro. Somos el agua, no el diamante duro, la que se pierde, no la que reposa. Somos el río y somos aquel griego que se mira en el río...
La historia muestra que las primeras civilizaciones florecieron en zonas favorables a la agricultura, como las cuencas de los ríos. Es el caso de Mesopotamia, considerada la cuna de la civilización humana, surgida en el fértil valle del Éufrates y ciudades,como Róterdam, Londres, Montreal, París, Nueva York, Buenos Aires, San Petersburgo, Venecia, Tokio Shanghái, Chicago y Hong Kong deben su riqueza a la conexión con alguna gran vía de agua que favoreció su crecimiento y su prosperidad.
Se conoce como ` Viaje de aguas de Argales´ la obra de ingeniería hidráulica construida entre finales del siglo XVI y principios del XVII para abastecer de agua a Valladolid desde el pago de Argales a través de un sistema de fuentes que permitiera eludir los cambios en el caudal del río Pisuerga. En dicha tarea participaron monarcas, los monjes del monasterio de San Benito, el ayuntamiento y algunas familias.
Las obras se iniciaron en 1586 y fue uno de los proyectos de ingeniería hidráulica mas importantes concebidos en Europa en el siglo XVI, pero los problemaa de financiación y las dificultades técnicas impidieron que se terminara hasta 1622, aunque con posterioridad fue ampliándose la red, que estuvo en servicio hasta el siglo XX.
Valladolid, a pesar de tener dos ríos que la atravesaban (el Pisuerga y el Esgueva, este con varios ramales en su trayecto final) y multitud de pozos y manantiales, tenía serios problemas para el abastecimiento de aguas de calidad. El Esgueva, con sus inundaciones, su fuerte período de estiaje en verano y la costumbre de servir de lugar para el vertido de todas las basuras urbanas, demostró spronto ser insalubre y causa de malos olores y enfermedades. El rey Juan II de Castilla, muy vinculado a la ciudad, donó en 1440 a los monjes del monasterio de San Benito el pago de Argales, en donde se encontraban los manantiales de las Marinas y Argales famosos por la pureza de sus aguas.
Los monjes construyeron una primitiva tubería de barro cocido que recorría los seis quilómetros desde el manantial hasta su monasterio, uno de los más importantes de la Corte y centro entonces de la ciudad. La conducción, terminada en 1443, demostró ser insuficiente -no elevaron las aguas como se conseguiría después con las arcas y el caudal era muy irregular- y necesitaba continuas y costosas obras de mantenimiento a las que no podían hacer frente. Esto, sumado a las necesidad de agua potable de la ciudad, llevó en 1586 a un acuerdo de cesión al Ayuntamiento de la traída de las aguas desde Argales hasta el centro de la ciudad, con la condición de que también se abasteciera al monasterio.
El proyecto presentaba una gran dificultad no tanto por la longitud como por el mínimo desnivel que existe entre los manantiales y la ciudad. Lo acometió Juan de Herrera, el gran arquitecto del momento, que contaba con la protección de Felipe II, quien amparó e impulsó la obra. Por aquellos tiempos, Herrera había comenzado los trabajos de la Catedral de la ciudad. Llamado por Felipe II para levantar El Escorial, las obras las ejecutaron inicialmente Juan de Nates y Diego de Praves: 32 arcas que servían para recoger el agua de los manantiales y canalizarla de tal manera que la filtraban y controlaban su caudal, salvando el desnivel del terreno, el acueducto (en su primer tramo aéreo, luego enterrado) y ocho fuentes de las que se abastecerían los aguadores, que tenían licencia municipal para venderla trasportándola en carros, mulas o burros por las calles.
Los aguadores, muchos de ellos herederos de los esforzados azacanes, guiaban recuas de uno, dos, o tres burros o mulas, que provistos de serones o angarillas con cántaros se acercaban hasta los soportales, patios o zaguanes de las viviendas donde llenaban las tinajas, pilas o cacharros que allí guardaban los vecinos. En el verano existía además un nutrido y variopinto gremio de aguadores ocasionales o de temporada que con el cántaro o el odre al hombro servían agua a los sedientos transeúntes que quisieran pagar el servicio.
Todo aquello supuso un enorme esfuerzo de técnicos especializados en el tratamiento del agua, su captura y conducción y la inversión de fuertes sumas municipales para ejecutar unas obras necesarias para el abastecimiento urbano. Y el fruto fue un agua alabada por su calidad para el consumo desde el siglo XVI hasta el siglo XX.
Es fácil de seguir el viaje de las aguas: basta con tomar un plano de la ciudad y buscar la calle del Arca Real y seguir la línea que iba recogiendo las aguas de los manantiales hasta las fuentes urbanas para terminar en San Benito. La primera de las arcas, la más monumental, se levanta fuera del caso urbano, en un espacio que sirvió de merendero y lugar de esparcimiento, que las familias maltrataban depositando desperdicios, lavando vehículos o dejando que los niños y jóvenes destrozaran las piedras del acueducto aéreo.
En los años noventa del pasado siglo, tras su declaración como Monumento nacional histórico-artístico por Real Decreto del 2 de abril de 1982, el Ayuntamiento hizo un esfuerzo por la consolidación de todo el lugar. Fue, como muchos, un espejismo, un empujón circunstancial que no tuvo continuidad ni se puso en verdadero valor para que se apreciara como merece: es llamativo que no exista ni un solo cartel explicativo de lo que se puede apreciar, ni un solo mapa ni una sola indicación de su importancia histórica. Tras acabar la limpieza y consolidación, se abandonó y en pocos años el deterioro es evidente: la basura se almacena dentro de las arcas, la vegetación se come algunas de ellas, las pintadas ensucian las paredes, han desaparecido algunas piedras, de las primitivas fuentes apenas queda el recuerdo.
La longitud del viaje desde el manantial de Argales era de 5 kilómetros, siendo en superficie en su primer tramo y subterráneo el resto del recorrido, y en él se construyeron 33 arcas, de diferentes formas y tamaños, cuya función era recoger el agua, regularla y filtrar impurezas, así como salvar los desniveles del terreno. De ellas, 27 estaban extramuros, de las cuales se conservan 14. Están construidas en piedra, de planta cuadrangular, puerta adintelada, ventana orientada al norte para renovar el aire y cubierta piramidal o a dos aguas. La primera y principal de ellas, denominada Arca Real, fue acabada en 1589 por Diego de Praves y, junto a los escudos real y de la ciudad, presenta la leyenda: Reinando la majestad del Rei Felipe II nuestro señor, se acabó esta arca siendo corregidor de ella don García Bustos, Año 1589´
La Casa de las Aldabas, en la calle Teresa Gil - en su subsuelo sigue discurriendo el viaje - era propiedad de Alonso de Valladolid quien, por la costumbre de la nobleza de ceder su residencia a los monarcas durante sus estancias en Valladolid, vio nacer el 5 de enero de 1425 a Enrique IV, El Impotente, hijo de Juan II de Castilla y María de Aragón; y hermano por parte de padre de Isabel la Católica, quien se proclamó reina al morir su hermanastro. Recibía su nombre por tener empotradas en su fachada once grandes aldabas de hierro, de unos veinte centímetros de diámetro, en una línea horizontal a dos metros del suelo, y otra más decorada en su portón, por el que se accedía a un amplio patio porticado.
Hasta el siglo XIX, cuando se realizó el canal que unió el Pisuerga y el Duero, las Arcas Reales fueron la fuente principal de abastecimiento de agua de la ciudad. Luego también se construyó el Canal de Castilla con lo que la ciudad quedó suficientemente abastecida
De las ocho fuentes proyectadas, solo se construyeron cuatro: Caño Argales, Fuente Dorada o Gallinería Vieja, Rinconada, en la parte trasera del Ayuntamiento, y Puerta del Campo Eran las restantes San Andrés, Angustias, Chancillería, y Prado de la Magdalena , junto al Esgueva. Solo subsisten las tres primeras
La mas notoria es la plaza de Fuente Dorada, cuyo origen se remonta al siglo XIV, cuando la actividad comercial de Valladolid se traslada desde la Cebadería. Aquí fueron asentándose de forma progresiva los mercaderes con sus puestos de venta y las posadas y albergues para su acomodo. Como punto neurálgico del comercio, siempre conservó su característica forma triangular.
La forma básica de la fuente debía presentar en su aspecto original una taza o pequeño pilón circular con su columna central con los caños, rematada en una gran bola de bronce y dorada. Hacia 1725, quitaron la bola de bronce y pusieron unos delfines de piedra y encima de un tiesto de flores y la estatua de la primavera, tambien dorada. En 1840 la primavera fue sustituda por otra escultura que representaba al dios Apolo, Lo cierto es que este Apolo iba sin dorar y en su colocación surgieron controversias acerca del lugar donde habría de mirar: puesto que Apolo era dios del sol, la posición de su rostro debía atenerse a un punto de vista prolongado en dirección Este.
Debido a la irregularidad de la Plazuela y la oblicuidad de las calles adyacentes, se determinó al final colocar a Apolo frente a la calle Cánovas del Castillo. Tres años más tarde, se dispuso una verja alrededor de la fuente, y en 1844 un zócalo de piedra. Así permaneció la fuente hasta que en 1949 se decidió colocar sobre un pedestal de piedra e una estatua de hierro fundido que representaba la figura semidesnuda de un joven, seguramente el dios Hermes, que pintada de dorado, por lo que pronto adquirió el nombre popular de Don Purpurino. Sin embargo, la escultura no tuvo mucha fortuna debido a los perjuicios morales, pues la posición del caduceo que llevaba en una de las manos, insinuaba una erección del pene,
El nuevo proyecto consistía en la recuperación como z peatonal de un espacio urbano marcado por el intenso tráfico de la zona y la urbanización de las calles que confluyen en la plaza: Ferrari, Lencería y Matías Sangrador. La nueva Fuente Dorada es una fuente-escultura que, presenta ciertas analogías respecto a la de principios del siglo XVII; particularmente, la gran bola dorada y la aguja que culmina el conjunto. Pero ahora la hornan cuatro figuras que son alegorías de los principales oficios gremiales que desde el siglo XIII tenían su asiento en el entorno de la plazuela.
De tamaño ligeramente menor que el natural y realizadas en granito azul, piedra de Ávila, apoyan estas esculturas en sólidos pedestales adosados al pilar central, siendo concebidas las cuatro con un certero sentido didáctico, tanto en el anecdotismo de sus actitudes, como en el detallismo de sus atuendos y atributos. E la superficie del fondo de las esculturas aparecen inscripciones con los nombres de los antiguos gremios vallisoletanos: lorigueros, boteros, plateros, lanceros, etc. Las cuatro mantienen relaciones visuales históricas con su entorno: así,el botero se sitúa frente al antiguo Patio de Boteros; el militar mira hacia la antigua calle de Espaderos,... y la aguadora mira hacia San Benito, donde finalizaba el Viaje de Aguas de Argales
La plaza de la Rinconada es un punto de conexión entre los entornos de la Plaza Mayor y la casa consistorial, la iglesia del monasterio de San Benito el Real y el mercado del Val y la plaza del Poniente.
Durante la Edad Media la actual plaza de la Rinconada recibió varios nombres, como: Rúa, Rúa Mayor, Rinconada de la Rúa, Rúa de la Rinconada o Rinconada del Mercado, nombres que en el siglo XVI dieron paso al actual. La plaza fue lugar de posadas, en las que se albergaban los comerciantes y mercaderes que llegaban a Valladolid.
Asimismo, de importancia histórica fue lo que se denominó `La Red´, punto de la plaza destinado hasta el siglo XIX -cuando se convirtió en mercado público- a la venta de pescado. Existe constancia de la existencia de "La Red" desde al menos 1500, cuando un auto del Regimiento de fecha de 3 de enero establecía "que el pescado fresco de los que a esta villa de aquí en adelante se viniesen a vender se vendan dentro de la Red de esta villa y no fuera de ella, so pena de que los que lo vendieren caigan en pena por la primera vez de mil maravedíes y de perder todo el pescado que así vendieren. Por la segunda vez en pena de dos mil maravedíes y perdimiento de dicho pescado y la tercera vez de tres mil maravedíes, perder todo el pescado que así vendieren y de ser desterrados de esta villa y su tierra por diez días".
Esa actividad pescadera pronto requirió abastecimiento de agua, sobre todo para paliar malos olores. Al hacerse nuevo el viaje de aguas de Argales a finales del siglo XVI, la Rinconada fue incluida como uno de los espacios que contaría con una fuente. La fuente fue terminada en 1618, según trazas de Francisco de Praves. Esta fuente fue modificada posteriormente en 1725 y en 1842, hasta que en el último cuarto del siglo XIX se procedió a la reforma de la plaza de la Rinconada, desmontando la fuente y empleando sus piedras como base para la estatua de Cervantes que se erigió en la plaza de la Universidad.
El espacio actual es resultado de la profunda transformación que experimentó la ciudad tras el incendio de 1561, que amplió la plaza de forma considerable, si bien manteniendo sub irregularidad. Con la reconstrucción posterior al incendio, desde 1563 la Rinconada albergó la alhóndiga de la ciudad.
A comienzos del siglo XX se erigió en ella el Palacio de Correos y Telégrafos. En la década de 1990 se remodeló por completo la plaza y su entorno, instalándose en 1996 la Fuente de los Colosos, con proyecto del arquitecto Fernando González Poncio y esculturas de Pedro Monje.1
Como parte de las obras de intervención se han recreado sobre el pavimento los posibles cursos tanto del río Esgueva (en baldosa blanca) como de la conducción de aguas potables (con una pieza metálica). Como detalle se ha colocado una placa con un texto de 'La ilustre Fregona', de Miguel de Cervantes: `…querían ir a ver la fuente de Argales, que la comenzaban a conducir a la ciudad por grandes y espaciosos acueductos…

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