Por un momento pensó que se trataba de una reivindicación nacionalista o, cuando menos historicista, reclamando por medio de la luz solar el origen castellano de la ciudad. Pero, aunque los nacionalismos carecen de todo fundamento racional, no parecía lógico recurrir a un elemento como la luz del sol, que desconoce las fronteras, para establecer semejante vinculación. Y ¿Si fuese cierto? ¿Si la luz de Santander fuese diferente de la de Vizcaya? Siempre había dado por supuesto que las condiciones ambientales eran iguales en todo el litoral cantábrico. Aunque..., la verdad es que el ambiente de Asturias se le antojaba más lánguido, con una luz más tamizada, sin contrastes, mientras que el vasco tendía a verlo más oscuro y brumoso. -«Son tópicos»- se dijo, mientras recordaba que siempre percibía Asturias o Galicia con matices sentimentales y el País Vasco, en cambio, desde el interior de la ciudad. -`La luz es la luz, la veas desde donde la veas y buena prueba de ello es que en Castilla la luz inunda todo, la ciudad y el campo y, quizá donde más contrastada resulta es en las ciudades, porque en ellas la sombra adquiere un valor, una dimensión muy superior a la que tiene en el campo´-, se dijo, advirtiendo que estaba haciendo la observación sobre la luz del verano. Así, completamente abstraído del parloteo de aquella señora sobre la playa y los personajes del veraneo, siguió concentrado en sus reflexiones intentando racionalizar la idea de la luz a partir de los condicionantes climáticos. Aunque no tardó en dejar de lado aquellas disquisiciones, la idea quedó en su cabeza tan arraigada que las praderas y bosques de Cantabria le parecían tener un punto más de brillo, un matiz dorado que no creía observar en Vizcaya o Asturias.
Sin embargo donde aquella inquietud inicial tuvo más profundos efectos fue en Castilla, en el territorio que se extiende al Este del Esla, hasta el Moncayo, que constituía su geografía sentimental, el marco territorial donde había inscrito la mejor parte de su vida. Allí llegó a construir toda una teoría de la luz, que veía confirmada por literatos, pintores o poetas; 1 teoría que, sin embargo, era una continua batalla entre el tópico y la ciencia, pues si resultaban innegables algunos aspectos, otros resultaban descaradamente sesgados y parciales. A través del análisis científico se llegaba a conclusiones un poco decepcionantes, pues si bien la luz es la longitud de onda que reflejan las superficies expuestas a la radiación procedente de un emisor, la luz ambiente, que es la que se percibe, es la que resulta de la suma de la radiación reflejada más la filtrada y reflejada por las partículas de la atmósfera a partir de la que se recibe del Sol. Dicho de modo mucho más crudo, la luz de Castilla es el resultado de los usos del suelo que ofrecen a la radiación solar distintos tipos de superficies y del estado de la atmósfera sobre la Meseta, el cual, a su vez, depende del contenido en polvo de esta, de la circulación general atmosférica y de la altitud, que determina un filtro atmosférico más o menos grueso a la luz solar. Primera conclusión científica -estableció-: la luz de Santander no puede ser la luz de Castilla, porque ninguno de esos elementos es equivalente y sólo en situaciones excepcionales puede asemejarse.
Por otra parte, la luz de Cantabria, debe ser semejante a la del País Vasco o Asturias con las variantes debidas al polvo de la industria, al tipo de roquedo o a la tonalidad de los árboles. Segunda conclusión -añadió-: no hay una luz de Castilla, sino muchas luces según la estación del año, según el tipo de roca y los cultivos, según la altitud y según las actividades más o menos polvorientas que se ejercen en el área. A partir de esta idea pudo descomponer las luces regionales en una luz Leonesa”, caracterizada por los tonos del roquedo, los colores oscuros de las pizarras o los claros de las arenas, gneis o granitos; una luz de Campos caracterizada por el color rojo de la tierra, los colores pardo-ocres de rastrojos amarillos o verdes, según la estación de los cultivos; una luz de Burgos y Soria, cegadora por el reflejo de las calizas grises, por la altura, por la frecuencia de los días despejados, por la ausencia de polvo, una luz de pinares, para la porción central de la región donde el pinar, los páramos, las arenas o los lavajos proporcionaban en los días soleados un tono ambiental cálido.....También se detuvo en diferenciar para cada tipo una luz de invierno, frente al verano o de otoño y primavera, porque las estaciones aún breves, como las equinocciales, marcaban muy fuertemente el tono de la luz.
Tercera conclusión -acabó-: la idea de la luz de Castilla era muy tópica y de hecho reposaba sobre una visión parcial y subjetiva por parte de los literatos, especialmente los de la generación del 98. El `descubrimiento´ de Castilla por Unamuno, Azorín y sobre todo por la fuerza poética de Machado, desempeña un papel decisivo en la idea de una luz singular en Castilla, que enlaza con la concepción del paisaje, también apoyada en imágenes bastante tópicas.
Por último -no pudo evitar añadir esta idea que le vino a la mente en el último momento-, habida cuenta de las condiciones en que se genera la luz ambiental, considerando los tipos de luz establecidos y leyendo lo que sobre el caso se ha dicho, todo reposa sobre el paisaje. Es el paisaje, la imagen visual que ofrece de una multitud de objetos que reflejan la luz, entre los que destacan algunos dominantes, y sobre el paisaje se tiende un ambiente cambiante según el estado del cielo y la hora del día, que determina el tono ambiental de la luz. Conclusión final, la luz de Castilla o cada una de las luces de Castilla son una componente fundamental del paisaje, de los paisajes, de Castilla.
Metido de lleno en el tema del paisaje se esmeró en leer las numerosas páginas que los geógrafos dedican al paisaje sin que normalmente concluyan nada concreto, de manera que ante la imposibilidad de concretar unos criterios que le permitieran abordar el caso dejó de lado el tratamiento científico del tema para volver a los poetas y pintores que inicialmente había tachado de tópicos, porque no dejaba de haber en sus escritos o pinturas una percepción, por muy sentimental que fuese, que permitía aproximaciones más precisas que las nubes y brumas de palabras con que envuelven sus consideraciones los científicos cuando no saben con precisión de qué están hablando. Verdaderamente en los poetas estaba la luz de Castilla, implícita, que se intuye, se siente, al paso de las palabras del verso: `La tarde cayendo está, y el camino que serpea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece´.
Nadie podría discutirle que, al oír esos versos, no se imaginaba inmediatamente uno de esos ocasos castellanos, un paisaje bajo el cielo que va pasando de azul a blanco, manchado por regueros de nubes que del blanco inmaculado derivan al amarillo para acabar en el rojo fuego, bañado todo el ambiente en tonos dorados, mientras, al fondo del horizonte, una mezcla de calima y bruma enturbia la visión de un camino de arena clara entre ribazos verdes. ¿Cómo -pensaba- se pueden apreciar realmente los colores grises de los alcores o el tono cárdeno del roquedo si no es bajo la luz cegadora de Soria que sólo al amanecer o atardecer se mitiga para poner en valor el colorido con la iluminación oblicua?
Enseguida pensó en seguir recogiendo testimonios de los numerosos poetas y literatos que de un modo u otro se ocuparon del tema, porque algo tenía la luz de Castilla cuando desde Unamuno a Azorín, de Machado a los vates locales, todos, se habían detenido ante el paisaje de una región, cuya singularidad deriva, sin duda - pensó con la rotundidad de una observación incuestionable - de la calidad de la luz.
En esta tarea se iniciaba cuando le asalto la duda generada por una reflexión. Los poetas sólo retienen lo espectacular; no les interesan los días oscuros o los elementos ingratos del paisaje. De hecho, -recordaba sus propias experiencias-, casi nadie los ve, solo quienes tienen la deformación de ver los peligros o lo negativo aprecian esos elementos. Es una visión sesgada, subjetiva, en cuanto que percibe y valora solo una parte de la realidad. -`Todos tenemos un lado oscuro pero ni nosotros mismos ni quienes nos conocen nos distinguen por él- se dijo, para establecer que la luz de Castilla es una realidad que viene dada por la frecuencia de los días soleados, por el brillo de la luz, por el valor que la sombra tiene, desde febrero a noviembre, en las horas centrales del día, por los tonos soberbios de los atardeceres y auroras, por la insuperable luz violeta de las tardes de tormenta. ´
Una luz que se combina con la amplitud del paisaje, con la trasparencia de la atmósfera, con los colores contrastados del roquedo y del vestido vegetal. -La luz de Santander no es la luz de Castilla - concluyó-, aunque en los mejores días del verano se quiera ver como tal. No lo es porque la atmósfera no es tan trasparente, la visibilidad tan nítida, tampoco los colores de rocas y vegetación son tan contrastados. Incluso en los días más brillantes, la luz es más tamizada, menos deslumbrante. abunda más la bruma que la calima, al contrario que en Castilla. No es frecuente ver el aire caliente ascender desde el suelo como suele verse en la Meseta, ni las tardes son como las tardes de Soria o Burgos, por más que el cielo se tiña de rojo. Además las montañas cierran el horizonte, introducen sombras que oscurecen la luz, limitan los contrastes....
Quedó pensativo intentando contener el torrente de diferencias que le venía a la cabeza al tiempo que una emoción poética le iba invadiendo, arrebatándole hacia las peñas -mejor que alcores, palabra más andaluza que castellana entre las que corre el Duero niño; hacía las gargantas salmantinas donde se escapa el Duero viejo; hacia las mamblas de Lara, el solar de los condes de Castilla; hacia los horizontes sin fin de Torozos; hacia los pinares sobre arenas blancas que lamen el pie del Páramo de Cuéllar como un mar de verdor abierto de cuando en vez por el azul de los lavajos....tierras y paisajes todos de luz deslumbrante al medio día, de cielos en los que se dibujan blancas nubes de bordes nítidos definidos con un contraste y precisión imposible de reproducir, de colores irrepetibles en la tierra desnuda o cubierta de mil modos distintos por la vegetación, de manchas azules de agua en charcas o embalses, de ríos jalonados por una cinta de verdor de la que se levantan hileras de chopos, álamos o sauces verdes.
Y esa luz del mediodía se transforma a medida que avanza la tarde, derivando, paso a paso, hacia tonos menos brillantes, pero más cálidos, que modifican los colores y también la percepción, al tiempo que parece que todo el ambiente se sosiega a medida que cae la intensidad de la luz. Con la aurora renace una luz nueva, fresca; la superficie es, en esta hora de la mañana, más trasparente, los objetos brillan renovados, abrillantados por el rocío de la mañana, brillo que pierden cuando la intensidad de la luz aumenta y se hace más duro el contraste y el paisaje se aplana por la verticalidad de la luz.
Tras estos momentos de éxtasis, recreándose en las imágenes mentales que se sucedían en su cerebro, con perfección fotográfica, vino a recordar a doña Herminia y sus infundadas observaciones, para, tras un mohín despreciativo asociado a la idea de que hablaba por boca de ganso, idea que no pudo evitar asociar también a la imagen que trasmitía la voluminosa señora, considerar hasta donde puede llevarnos dar en pensar en una frase o afirmación emitida sin fundamento alguno. Había dedicado más de dos semanas a dar vueltas a esta idea de la que no había sacado otra cosa que la demostración de una evidencia y algunos momentos de entusiasmo poético. -`Pero, -concluyo, para dejar de ocuparse de estas lumínicas cuestiones- al menos estoy en condiciones de discutir sobre la luz. Quizá no fuera mala idea repasar los textos literarios para concretar algunas de las ideas que se me han ocurrido con estas reflexiones






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