Decían los griegos que el mejor regalo que los dioses pueden hacer a los hombre es una muerte joven porque, en ese caso, la imagen que perduraría en el recuerdo sería la belleza y la fuerza de la juventud. Más recientemente, en los años setenta del siglo pasado corrió por las pantallas de nuestros cines una interesante película hecha sobre una novela homónima `La fuga de Logan´, en la que se plantea un mundo futuro donde se tienen todo genero de comodidades y placeres, pero a los 30 años, concluye la tolerancia y es necesario desaparecer.
Entre el remoto pasado y el futuro entrevisto por la ciencia ficción, los teóricos del liberalismo en sus `think tanks, sugieren que es mejor morir a los 50 años, cuando todavía se está bien y se puede disfrutar del mundo, que esperarse a los noventa con todo genero de limitaciones y con un elevado coste para la seguridad social, que es una de las cuestiones que se trata.
Cierto que hoy la medicina ha progresado de tal manera que el umbral de la vejez, situado antaño hacia los 40 años, se extiende ahora, prácticamente, los 70. El problema es que alcanzar esas edades sin las graves limitaciones de la vejez no es barato y, sobre todo, es muy caro paliar los problemas que aparecen a partir de los 80, tanto para los individuos como para el colectivo social. Por eso el envejecimiento y la medicina paliativa de los problemas que ese proceso biológico lleva consigo, son ya y lo serán más en el futuro una posibilidad vedada a los pobres, a quienes los dioses harán el regalo de una imagen noble en el recuerdo de quienes tengan la debilidad de recordarlos.
Volviendo un momento a las profecías de la ciencia ficción, películas y novelas desarrollaron en el último cuarto del siglo XX diversas líneas argumentales en que la clonación y otras técnicas biológicas, combinadas con el capitalismo, conducían a aberraciones como la casi inmortalidad de los ricos, capaces de sobrevivir a los accidentes o agresiones y perdurar varios siglos gracias a la producción y conservación de especímenes clonados de ellos mismos, trasplantando diferentes partes del individuo clonado cada vez que las propias se deterioraban.
Estamos bastante cerca de ese modelo y aunque todavía existe la dramática limitación de la imposibilidad de transferir la información acumulada en las células cerebrales, seguramente no terminará este siglo sin que se haya avanzado en la investigación para pasar la información contenida en un cerebro a otro, como se pasa la información de un disco duro envejecido a un nuevo sistema. El problema no es el avance de la ciencia, sino el capitalismo, la necesidad de enriquecerse como fundamento del sistema social y económico: aquel `¡enriqueceos!´ que gritaba Guizot a principios del XIX y que se ha convertido en el mantra que guía las sociedades en este comienzo del XXI, tras las denostadas experiencias igualitarias o socialistas del XX.
`Fuera del capitalismo no hay salvación nos repiten diariamente, pero es que esa afirmación solo es válida para los ricos. Dentro del capitalismo tampoco la hay para la inmensa mayoría, cuyo único destino es ver, a cada paso, más limitadas sus posibilidades de sobrevivir, para acabar muriendo antes de perder su capacidad laboral. ´
`¡Lejos de nosotros el esclavismo o las atrocidades con la explotación de la infancia del XIX!´ Esto es mucho más refinado y más barato que el esclavismo; se te protege durante la infancia, se te facilita una educación y una enseñanza superior y se te explota con trabajos temporales hasta los cincuenta o sesenta años, confiando en que tengas la prudencia de morir antes de empezar gastar un dinero que se necesita para el mantenimiento del sistema político y los gastos de defensa frente al mundo exterior avariento y envidioso de nuestro bienestar.
Lo que no dicen estos teóricos neoliberales es como esperan que los ciudadanos corrientes tengan el buen gusto de morirse, porque del mismo modo que los capitalistas sólo retroceden en sus pretensiones ante la amenaza de expropiación, la gente evita morirse a toda costa, de forma que no cabe esperar la posibilidad del suicidio. Es seguro que los `think tank”´ya están trabajando en algunas ideas brillantes para lograr la colaboración del público. Quizá se trate de la organización de carreras de resistencia que acaben con los corazones agotados por el stress de la inseguridad laboral; quizá de volver a recomendar las Hamburguesas y los hidratos de carbono de absorción rápida y las grasas como comida segura, que pueden generalizar la diabetes y el infarto antes de llegar a los sesenta.
Es bastante equivocada la insistencia médica en reducir el consumo de esos alimentos, del tabaco o de las drogas . Ser trata de productos que nos hacen más felices, que son más agradables y nos gustan mas que esa dieta mediterránea tan recomendada y que no es otra cosa que una comida de pobres, como lo es la limitación de la cantidad de ingesta cuyo beneficio es alargar la supervivencia. Y ¿Por qué no evitar gastos de vigilancia y prevención del consumo de drogas cuando pueden facilitar el objetivo de una menor duración de vida? Al fin y al cabo, el problema del mundo actual es que somos demasiados y si conseguimos que una parte de la población desaparezca antes de los 35 o 40 habremos conseguido reducir el problema del empleo y mejorar la condición de los que queden.
Y, puestos en la tesitura ¿por qué no una guerra en condiciones?
El siglo XX pudo funcionar bastante bien para Occidente porque en las dos guerras mundiales se hizo una importante reducción de los excedentes demográficos de los países que entonces no se llamaban desarrollados, pero lo eran. Por otra parte, los que mueren en las guerras suelen ser los pobres a quienes además de la buena imagen que de ellos queda, les corresponde el honor de morir como héroes por un ideal noble, llámese este patria, religión o ideales políticos.
Los que dominan la sociedad no suelen desaparecer en las guerras, al contrario se enriquecen mas. Pueden sufrir algunas pérdidas locales, pero eso tampoco viene mal porque elimina competidores. En fin, gentes nacidas después de 1970, disfrutad cuanto podáis de la vida porque os espera una vejez muy dura, si es que no encuentran un procedimiento para acabar con vosotros antes de alcanzar la tercera edad.
Os tratarán de convencer por todos los medios, ya lo están haciendo, para que comprendáis que no queda otro remedio que acabar con el llamado «estado del bienestar» porque no hay dinero, aunque nadie discute el dinero que se gasta en sistemas políticos carísimos, porque se nos dice que contribuyen a hacer más accesible el poder a los ciudadanos, afirmación que hay que leer exactamente al revés, pues es el poder el que mejora sus posibilidades de caciquear con los ciudadanos cerca.
Pero os han educado para que seáis conformistas, hedonistas, poco propicios a las incomodidades de la rebeldía o la revolución, de modo que la única opción que os queda es disfrutar cuanto podáis. Lo estáis haciendo a conciencia, aunque, si podéis, guardar algo para el futuro o ir pensando el modo menos desagradable de desaparecer.
Luis Vicente García Merino es catedrático de Geografía de la Universidad de Cantabria; ex secretario general de la Consejería de Fomento de la Junta de Castilla y León de Demetrio Madrid; redactor de planes generales de urbanismo de Valladolid 1998, San Sebastián, Bilbao...
Luis Vicente García-Merino




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