Agua ¿a dónde vas?' - Federico García Lorca
- Agua ¿Dónde vas?
- Riyendo voy por el río
a las orillas del mar.
- Mar, ¿adónde vas?
- Río arriba voy buscando
fuente donde descansar.
- ¿ Chopo, y tú ¿ qué harás?
- No quiero decirte nada.
Yo..., ¡temblar!
- ¿Qué deseo, qué no deseo,
por el río y por la mar?
(Cuatro pájaros sin rumbo
en el alto chopo están).
Castilla tiene sed. Aparenta estar sola. La sequía, la pobreza y la humildad parecen hacerla mayor. Para ella, el agua es, lo ha sido a lo largo de su historia, el recurso productivo por excelencia, el único realmente insustituible pero capaz de sustituir a los demás.
Durante milenios, como alimento fundamental de hombres y animales y medio de transporte; en los dos últimos siglos, como materia prima básica de la fuerza de vapor y de la electricidad. La menesterosidad de una región que alumbró mundos y que hoy se muestra achacosa, mal comunicada, pagana de un incipiente desarrollo, siquiera la incomprensión periférica haya venido considerándola en el último medio siglo, como expresión del centralismo español.
Castilla sigue dependiendo del agua, aún con los avances de la técnica: pozos, presas, saltos de agua, tendidos eléctricos.
En “Castilla habla”, uno de los títulos fundamentales de Miguel Delibes, publicado en 1986, un mes después de su nombramiento como hijo ilustre de Valladolid, las gentes de Castilla se expresan como son. Treinta y dos crónicas donde Delibes recoge “las voces aparentemente elementales de un pastor, un caracolero, unos modestos labradores, un molinero, un capador.... que apuntan con frecuencia sabiamente a los ancestrales problemas de Castilla: sequía, pobreza del suelo, individualismo, despoblación, envejecimiento, contaminación, desconfianza, abandono oficial…. reinta y dos crónicas que muestran una Castilla desconocida e ignorada.
Delibes ha recorrido los pequeños pueblos castellanos, piensa en la pobreza del campo y el silencio le sobrecoge. Páginas patéticas para que Castilla hable: “ La tierra da más que daba. Tractores no faltan. La sequía es como para que no se queden en el pueblo ni las ovejas – cuenta Pedro en la primera crónica del libro, La Sequía.
“Agua zaina, agua traidora, poco de fiar. El agua entreverada con piedra es pedrisco. La gloria de Castilla esta en el agua. Del agua depende. Ni técnicas ni químicas la suplen. Antes no se hablaba de hectáreas sino de iguadas que venían a ser cincuenta y seis cargas. Y tres cargas eran una buena cosecha. Ya ve, seis sacos a ochenta y seis kilos que pesaba la media carga -¿Qué cómo vive el personal? - responde el señor Pedro- Pues se lo voy a decir a usted: aquí, en Campos, la gente vive artificial, a la que salta. O sea, coge un crédito y lo gasta, pide otro más largo para pagarlo y seguir viviendo.
El no ser menos que el vecino tiene mucho peso específico en su comportamiento; le llevará a empeñarse hasta los ojos, aunque quizá no pueda pagarlo. Y la cosa es general, del pueblo entero, cada labrador. De usted por su pueblo que el pueblo está empeñado hasta los ojos. Cabezo o cotarro no significan la misma cosa: el cotarro, el teso, el cueto, no son el cabezo: el cabezo es sencillamente el cueto; el cotarro, la colina que tiene una cresta de monte encina.”
Delibes escarba en la rutina de los pueblos de Castilla para captar sus anhelos y sus frustraciones, sus miedos y sus fantasías, sus sueños y sus fracasos. Su perspectiva es la de un humanista que no concibe al hombre escindido de la Naturaleza, con sus accidentes geográficos, su vasto abanico de especies y sus silencios vegetales.
Treinta y una de estas historias son crónicas de perdedores: el señor Pedro, que “mira al cielo, difidente, con esa suerte de atónita resignación con que el labrador de la Meseta observa los fenómenos ajenos a su voluntad” (La sequía); Pepe el Cepero, que asegura que “allí donde el conejo no puede vencer a la mixomatosis es que hay poco conejo, ya que los lugares conejeros deben dar para la enfermedad y para el morral” (La mixomatosis);
el molinero Enrique Calleja que sostiene que “el mejor momento para la molinería es éste, y que si se cierran molinos no es por falta de trabajo sino porque la mayor parte de los molineros son unos gandules” (El último molino).
Manuel Gallo, vecino de Sargentes de la Lora, quien afirma que “el chorro de petróleo, negro y afilado como un ciprés, tuvo en ascuas a la comarca de la Lora el 6 de junio de 1964, que había que ver el chorro, ¡una bendición¡; ¿qué si duró mucho?, pues a voluntad, esas cosas son a voluntad” (Petróleo y patatas).O Florencio López, maestro de alimañeros en la sierra norte de Burgos que defiende su oficio con el argumento de que ”lo que tiene interés de todo esto son las pieles. Por una piel de raposo te dan hoy tres billetes; en cambio, cuando yo empecé, las buenas andaban entre las setenta y cinco y las cien pesetas, no te daban más. Y también tiene usted las de garduño, gato montés, tasugo, gineta y nutria. (El Alimalero)
En medio de tanta sequía, de tanta pobreza, de tanto silencio… hay una crónica de esperanza: `Iscar, un pueblo pujante´ donde el cronista ve un remanso a la soledad: “ Cabe al Pico Alto, al otro lado del Pico de la Muela, a tres kilómetros de Iscar, está Tello Totorro arqueado sobre el arado, azuzando a un viejo macho, acorrillando un majuelo..... Sorprende la figura de este setentón alto, desgarbado, manejando un apero primitivo en el pueblo más evolucionado de la comarca ....
Ante la insistencia del cronista, Tello Totorro se sienta con él en un ribazo, a la sombra de un cerezo silvestre; arriba, en los trigos del alto, reclama una perdiz; antes de empezar a hablar,
Tello levanta la bota, chasca la lengua y murmura al cabo, como para sí, ¡El vino en bota y la mujer en pelotas¡... Quía, no señor, en Íscar no apareció nunca una mina de oro, lo que tiene es que del pueblo salieron unos vecinos muy industriales, muy metidos en el asunto, que venga y dale, venga y dale, Venga y dale.... venga y dale, fueron progresando a base de mucho sacrificio.
¿Qué quiénes eran? Pues se lo voy a decir, que el primero de todos fue don Agustín Muñoz Sobrino”




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