sábado, 20 de agosto de 2022

XVII. 14 Artículos: El erotismo




Hay al menos tres evidencias de la existencia de dios: una de ellas es el cuerpo de una mujer



      ¿Qué es el erotismo? ¿Cómo explicar hasta qué partes es erótica una dama y en qué otras partes deja de serlo?´. La mujer desnuda es una imagen ideal de la amada y de la diosa. Es tolerada públicamente como objeto artístico y erótico, tiene cabida incluso en el arte religioso; más bien, se disfraza de tal para romper la barrera de la censura, como en el caso de la Magdalena penitente del Barroco, rayando en la lascivia. 

        La maja vestida una misma hermosa mujer recostada en un lecho y mirando directamente al observador. Pintores y escultores de todas las épocas, después fotógrafos o cineastas, se han regodeado en las curvas y pliegues de la carne. Son muchas las posibilidades estilísticas del cuerpo de una mujer: la belleza, el erotismo, la sexualidad, el deseo, el morbo... Hay artistas que lo cincelaron con el alma (Miguel Ángel), otros con pasión (Bernini), algunos con éxtasis (Velásquez) o con lascivia (Caravaggio) La Venus de Velázquez reside su tiempo terrenal en la National Gallery de Londres después de habérnosla sustraído a los españoles. Velázquez pintó un cuerpo digno de Venus pero en el retrato del espejo que sostiene Cupido aparece una cara más bien plebeya y regordeta. ¿Es posible que el más bello de los cuerpos corresponda a una cara vulgar, una aldeana en vez de una diosa? ¿O es una alusión a la capacidad engañosa de la belleza? 

        Paradojas del arte sacro: las más hermosas bellezas no encuentran paragón entre cuerpo y faz. La Venus de Velásquez representa a la diosa en una pose erótica, tumbada sobre una cama y mirando a un espejo que sostiene el dios del amor sensual. [Es, claro, morena; mira hacia afuera, al espectador, a través de su imagen reflejada en el espejo. Y el espectador puede ver en el espejo el rostro de la diosa. Y los pliegues de las sábanas de la cama se hacen eco de la forma física de Venus. Desde siempre, el retrato de Venus de espaldas ha sido motivo erótico. El de Velásquez es uno de los primeros desnudos integrales de la pintura española, cuanto la exposición en público de un desnudo se consideraba pecado mortal. Y eso que las mujeres de entonces lucían escotes bajos y profundos. Los pintores realistas españoles de finales del siglo XI (Casas, Zorolla, Zuluaga, Solana…) se sentían particularmente atraídos por la belleza corporal. Tenían al alcance referencias próximas: Mante había pintado en 1863 La Olimpiada ausente de cualquier velo moralista pues la mujer que aparece en el cuadro es una vez más una puta. Y Corbeta pintó tres años después un pubis femenino en 'El origen del mundo'. 

    
         Una mujer desnuda, Asepsia de Mileto tuvo gran influencia en la Atenas de Pericles. La mencionan Platón, Aristófanes, Jenofonte y Plutarco, escritores satíricos de la época la llamaban cortesana. Otros la llamaban bruja; algunos, diosa. Los atenienses eran libres, solo debían obediencia a sus leyes y a sus dioses. Sobre todo… a sus diosas. Vivían sin grandes lujos; la economía se basaba en la agricultura, la artesanía y el comercio, y el Estado tenía contento al pueblo con grandes fiestas religiosas. En el libro 'Aspasia, amante de Atenas', Julio Medenc cuenta la vida de esta mujer olvidada entre los márgenes de la historia pero que conquistó Grecia con su inteligencia y belleza. Otra escritora, Isabel Martín, dice en 'La curandera de Atenas': `Debemos a los griegos las matemáticas, la astronomía, el pensamiento filosófico, el teatro, la democracia, la ciencia y la cultura del hedonismo. Un legado que Occidente ha conseguido mantener; en el fondo, todos seguimos siendo griegos´. 
        

        Dice Román Gubern que ` La Marlene Dietrich de El ángel azul es el arquetipo de la vampiresa que el hombre desea y odia a la vez, porque su deseo sexual le debilita y le hace vulnerable. Aquel ángel-demonio del cine alemán se llamaba realmente María Magdalena. El cine se ha hecho eco de la dimensión erótica del mito. En `Rey de reyes´ de Cecil B. de Mille, Cristo aparece junto a su tumba ante ella y le ordena imperativamente: `Noli me tangere´ (No me toques). Freud nos explicó que allí donde existe una prohibición es porque hay un deseo.
 Salomé es el título de una tragedia  de Oscar Wilde de 1891 que muestra una versión personal de la historia bíblica  de Salome, hijastra del gobernante Heredes que pidió a su padrastro la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja de plata, como recompensa por haber bailado ante él. 

       En la Biblia, Salomé pedía la muerte de Juan por instigación de su madre Herodía a la que Juan reprochaba convivir con Herodes a pesar de estar casada con su hermano Filipo. En la obra de Wilde, en cambio, Salomé está obsesivamente enamorada de Juan, quien rechaza su amor. La petición de que sea decapitado se produce por despecho. Tras la muerte, en una combinación de eros y thanatos muy propia de todas las épocas, Salomé besa los labios de la cabeza cortada de Juan y Herodes, enamorado a su vez de Salomé, ordena matarla.. Desde entonces hablar de Salomé es hablar de la danza de los siete velos y del despecho. Es uno de los personajes más representados en la historia del arte; grandes artistas como Tiziano o Caravaggio la han representado joven, bella e ingenua. En la obra teatral de Wilde, es perversa y taimada. Cuando termina la danza es ella de motu propio la que dice “quiero que me entregues la cabeza de Juan Bautista”.  

       Wilde conocía muy bien el alma del ser humano y los instintos más básicos y era experto en abrir puertas , por ejemplo en el tema de la homosexualidad. Salomé describe, al fin, la influencia que tiene la Luna sobre todos los personajes. Wilde sostenía que el Sol es directo, limpio, brillante, bonito; la Luna tiene algo oscuro, porque no refleja su luz sino la del Sol, lo que lo hace un elemento indirecto y misterioso. 

     Mientras en el cielo brilla la Luna llena, Salomé se encuentra frente a Juan Bautista, un hombre que no siente el más mínimo deseo por ella. Salomé se encapricha de él, de su cuerpo y le pide, le implora que le deje besar su boca. Pero él es inflexible, la aparta, ni siquiera la mira; no dejará que bese su boca. Por primera vez en su vida, alguien le dice a Salomé que no. Incluso para Wilde, la mujer es el misterio más grande del universo.


 Comprenderlas ha sido el enigma más fascinante de todos; el hecho de que en ellas se geste la vida llena de temor al hombre, que a pesar de su fuerza bruta, de su falsa seguridad y valentía, no puede hacer otra cosa que caer rendido a sus pies. La mujer es hija de la luna, de la noche y del misterio, poseedora de una  mirada  capaz de contemplar el tiempo y el destino. Su sonrisa tiene el poder de otorgar la inmortalidad a un pobre mortal y su abrazo puede ser más letal que la más afilada de las espadas. 

    Los hombres son conscientes de lo débiles que son ante el poder de lo femenino; admiran y sienten curiosidad  ante su poder. En un principio, reverenciaron  este poder y fruto de ello nacieron las diosas madres creadoras; pero posteriormente este respeto se convirtió en miedo y surgieron las diosas/brujas, culpables de todas las desgracias sobrevenidas a los machos. 


     Todas las civilizaciones tienen en común ese temor, ese miedo, ese desconocimiento ante la magia de lo femenino; las diosas dan la vida pero al mismo tiempo pueden ser vengativas y otorgar la muerte. Con el paso del tiempo  serán las encargadas  de hilar el destino y convertirse en el puente entre el mundo de los vivos y los muertos. Las diosas/brujas son hermosas mujeres a las que el mundo antiguo teme pero admira. Con el advenimiento del cristianismo la mujer se convertiría en prácticamente la fuente de toda maldad a excepción de la virgen María y la hechicera se degenera en la bruja.

    La mujer da, a veces, miedo por poderosa y este miedo llevo a la iglesia a arremeter de manera desenfrenada contra la mujer independiente, poco sumisa o que se saliera de los cánones que quería esta institución. 


      Y el miedo a la mujer condujo a la cacería, el asesinato y la tortura de quienes eran acusadas de brujería. Luego vinieron las diosas /brujas y el hombre se aterrorizó ante su independencia sexual, su terror a que sea ella quien tome la iniciativa, sin sospechar que siempre ha sido así; a que use su lujuria y erotismo contra él y esto lo pierda para siempre. Y pocas ves el macho poderoso ha concluido que lo único que puede vencer a este ser superior es el amor. La mujer, la diosa o la bruja pueden ser los entes más omnipotentes pero una vez que caen bajo el influjo del corazón su poder prácticamente desaparece; viven en función de ser correspondidas y una vez que son olvidadas mueren para siempre. 

     A la diosa, a la bruja, en definitiva a la mujer, le mueve todo por lo que vale la pena vivir. Su contraparte masculina, el macho, es movido por causas tan mundanas y efímeras como el ser adorado por los siglos de los siglos o el dinero. La forma femenina bruja también es de origen griego. Miles de mujeres fueron asesinas en el medievo acusadas de brujería pero el concepto de diosa / bruja nació en Grecia, donde la práctica de la magia era lícita, siendo ejercida por sacerdotisas y, ocasionalmente, por sacerdotes. 


      Las primigenias diosas/brujas son Hécate, protectora de la luna y de las brujas; Circe, la mujer hechicera que intenta dominar a los hombres con su encanto físico y mágico; y Media arquetipo femenino vengativo, despechado y trágico. Las une su condición de mujer, su belleza física, lazos familiares y conocimientos científicos. Hécate entreteje con sus poderes y dones vastos espacios en los que siempre sale al encuentro del hombre. Se la llama la que actúa desde la distancia y se la asocia con encrucijadas, cruces de caminos, luz, magia, brujería, hierbas y plantas venenosas, fantasmas y hechicería.​ En los escritos de los Oráculos caldeos se le atribuyeron dominios sobre la tierra, la luna, el mar y el cielo y un papel universal.


      En los escritos esotéricos griegos, en los papiros mágicos de la Antigüedad y en la Teogónia de Hesíodo se la identifica con la luz de la luna; así surgieron las invocaciones como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo normal y el de los espíritus. Para Plutarco “ La esencia de lo húmedo es que es principio y origen a todas las cosas. El sol hace que todo se reseque. En la luna llena se encuentra la “ensenada de Hécate”, lugar donde las almas pagan las deudas y son compensadas por cuanto hayan sufrido o cometido tras convertirse en Démones” 

      Con el tiempo, la primitiva Hécate se difumina y aparece otra mas oscura e inquietante vinculada al mundo de las sombras: pasa a ser la diosa de la hechicería y lo arcano, y la veneran especialmente magos y brujas, quienes le ofrecían en sacrificio corderos al final de cada lunación. A los videntes se les aparecía con una antorcha en la mano o en forma de distintos animales. Como muchas antiguas diosas madre o de la tierra, Hécate permaneció sin casarse y no tuvo consorte habitual. 


       Es arquetipo de bruja, maga o hechicera; mujer poderosa, libre y autónoma, contrarias al prototipo ideal de mujeres de cualquier época. Algo inusual en el modelo de la mujer sumisa al hombre, obligada a ser paradigma de virtudes inalcanzables, que nos ha trasmitido la mitología o el imaginario colectivo patriarcal a través de la historia.





     Dicen que Ulises quedo atrapado de la magia de las sirenas no por su canto sino por su silencio, de modo que la astucia de taparse los oídos con cera y encadenarse al mástil de la nave no le sirvió de nada. Todos sabían que este recurso era ineficaz y muchos navegantes podían haber hecho lo mismo salvo aquellos que eran atraídos por las sirenas desde que iniciaban el viaje. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión que levantaba entre los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Pero nadie, ni Alises, sabia que el peligro estaba en el silencio. Alises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos, pero se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. 


     Nunca sucedió pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de los cantos de las sirenas pero era difícil sustraerse a su silencio. Terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en su rostro les hizo olvidar sus canciones. Ulises no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, sus ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos… Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. 

     El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban, desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus manos aladas acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento el fulgor de los grandes ojos de Ulises. 

     Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó; se dice que era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó una farsa para ellas y para los dioses. Ulises, rey de la isla de Taca, fue un príncipe sagaz y prudente, que en la Guerra de Troya contribuyó más al triunfo de los griegos con la astucia que lo hicieron los otros con sus proezas. Había eludido por todos los medios partir para aquella expedición, por estar recién casado con la hermosa Penélope, hija de Ícaro, rey de Esparta, pero de nada le valió. 

         Terminada la guerra de Troya, emprendió un viaje de vuelta lleno de contratiempos: primero el temporal sobre las costas de Tracia; volvió a salir a la mar y los vendavales le llevaron a África, al país de los Fitófagos, así llamado por crecer allí el árbol Lotos, cuya fruta es tan agradable que hace olvidar su patria al forastero que la come, por lo cual es el símbolo del olvido. Perdió allí a varios de sus compañeros, y pasó a Siciliana, en donde el cíclope Polimorfo, que no tenía más que un ojo en medio de la frente, se engulló parte de los pocos que quedaban. 

      Ulises le emborrachó, le saltó su ojo y huyó, llegando a la mansión de Rolo, dios de los vientos, que por complacerlo encerró en pellejos aquellos que le eran contrarios; pero sus últimos compañeros, curiosos de ver lo que contenían aquellos pellejos, los abrieron, saliendo de ellos furiosos vientos contrarios, que echaron las naves de Ulises sobre una costa en que encontró a la hechicera Circe, que después de convertir a sus compañeros en toda clase de animales, le encantó de tal suerte que olvidó que estaba desposado con su querida Penélope y se casó con ella, y tuvieron un hijo, que se llamó Teléfono. 

Gracias a una hierba que le dio Mercurio escapó al hechizo de Circe, y a las seducciones del canto de las Sirenas. Neptuno, embraveció los mares e hizo naufragar su esquife, salvándose sólo Ulises, que a nado llegó a la isla Ogigia, donde halló a la ninfa Calipso, que le retuvo siete años; pero viendo que no hacía más que llorar por su patria, por su mujer y su hijo, al cabo de estos siete años le proporcionó un barco en el que pudiese regresar a su hogar. Después de veinte años de ausencia arribó al fin a Ítaca, en donde nadie le reconoció. 

Durante ese tiempo, creyendo viuda a la hermosa Penélope, habían acudido infinidad de pretendientes que la hostigaban para que se volviese a casar. Penélope, que no perdía las esperanzas de volver a ver a esposo, les respondía que no contraería segundas nupcias hasta concluir de bordar una tela que había destinado para mortaja de su suegro. Bordaba de día y de noche desbarataba lo que había hecho, para que no se concluyese su obra. Ulises se dio a conocer a su hijo Telémaco y a algunos criados antiguos, y ayudado por ellos mató a todos los pretendientes de su mujer. Su fin es triste: le habían predicho que moriría a manos de su hijo: Circe envió a Telégono en busca de su padre; desembarcó con su tripulación en Ítaca; creyéndolos piratas, los quisieron rechazar los isleños; trabóse un combate, en el que Telégono mató a su padre sin reconocerlo. 



 

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