De melancolías está lleno el panorama artístico. Ha sido la enfermedad silenciosa, el mal secreto que se disfrazaba de depresión, paranoia o locura y que era mejor ocultar. Pero el trastorno bipolar existe y es devastador: escritores como Tolstoi, Balzac, Faulkner, Hemingway, Virginia Woolf, Tennessee Williams, Juan Ramón Jiménez o José Agustín Goytisolo sufrieron sus embates con desesperación, a menudo hasta la muerte. Aunque se desconoce la etiología de la enfermedad, hay un relativo consenso en cuanto a que se trata de un desorden bioquímico, con origen genético y hereditario, pero con desencadenantes externos. La angustia, la ansiedad o una experiencia traumática, pueden desencadenar un brote y desembocar en el suicidio. El 20 por ciento de los enfermos se quita la vida y al menos un 50 por ciento lo intenta. La lista de escritores, músicos y pintores que se despidieron del mundo con un trágico estampido o un gesto silencioso desborda cualquier estimación.
No sé si habéis sentido, justo al atardecer
el inmenso placer de suicidaros
No sé, pero os invito, si es posible a la orilla del océano
a intentarlo algún día;
una tarde cualquiera de esas tardes
albero del verano, pero siempre
a la hora asesina en que se inmolan
ebrios de savia y luz… los girasoles
Enest Miller Hemingway (1899/1861) es uno de los casos más conocidos. Hijo de un padre suicida, conservó la pistola que le dejó huérfano durante toda su vida. Con un humor oscilante, que le hacía transitar de la euforia y la temeridad a cierta misantropía, el 7 de julio de 1961 se voló la cabeza con una escopeta de dos cañones. Fue uno de los principales novelistas del siglo XX. Su estilo sobrio, de cierta austeridad, tuvo una gran influencia sobre ficción del siglo mientras que su vida de aventuras y su imagen pública dejó huellas en las generaciones posteriores. Escribió la mayor parte de su obra entre mediados de la década de 1920 y mediados de la década de 1950. Ganó el Premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar y al año siguiente el Premio Nobel de Literatura. Publicó siete novelas, seis recopilaciones de cuentos y dos ensayos, que son considerados clásicos de la literatura
Tras criarse en Oak Park illinois. Partío al frente italiano, donde se alistó como conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial En 1918, fue gravemente herido y regresó a su casa. Sus experiencias de la guerra sirvieron de base para su novela Adiós a las Armas. En 1921 se casó con Hadley Richardson, la primera de sus cuatro esposas; La pareja se mudó a Patis, en plenos años 20, donde formo parte de la generación Perdida y publicó Paris era una fiesta. Poco después de la publicación de El viejo y el mar en 1952,se fue de safari a África, donde estuvo a punto de morir en dos accidentes aéreos sucesivos que lo dejaron con dolores y problemas de salud gran parte del resto de su vida. Después estableció su residencia permanente en Cayo Hueso, Florida, en la década de 1930, y en Cuba, en las décadas de 1940 y 1950. En 1959 compró una casa en KetchunIdaho, donde se suicidó el 7 de julio de 1961 a los 61 años.
Sus tres obras principales son El viejo y el mar, París era una fiesta y ¿por quién doblan las campanas?. El viejo y el mar lo escribió en Cuba y fue publicada en 1952. Fue su último trabajo de ficción importante publicado y posiblemente su obra más famosa. Aunque la novela ha sido objeto de numerosas críticas, es considerada como uno de los trabajos de ficción más destacados del siglo XX. La novela ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones,siendo la adaptación de 1958 protagonizada por Spencer Tracy una de las más populares y conocidas. La obra se desarrolla en la Habana y su protagonista es Santiago. Es un pescador de avanzada edad, que lleva 87 días sin conseguir pesca alguna. Un buen día por la mañana, decide salir solo al mar, donde por fin, un enorme marlínpica el anzuelo no sin dar batalla antes de ser capturado definitivamente. La lucha con el pez dura tres días, en los que Santiago recuerda su vida pasada.
Paris era una fiesta es una recopilación de sus memorias vividas en París, donde con su primera esposa, Hadley Richardson, era muy pobres, pero muy felices. Narra las venturas y desventuras del joven Hemingway en un continente lejano, un país revolucionario y una ciudad que acompañará a todos aquellos que la hayan visitado toda su vida. La generación perdida es un grupo de gente con todas las secuelas de haber sobrevivido a la gran guerra. Los diversos personajes que se presentan (Ezra Pound, Gertrude Stein, Scott Fitgerald…) no hacen más que confirmarnos que influenciaron en su escritura y lo acompañaron toda su vida. Es así como dijo alguna vez, “París es una fiesta que nos sigue»” El libro ha servido de referencia para el guion de la película de Woody Allen “Medianoche en París" de 2011.
¿Por quién doblan las campanas? habla de unos tupidos bosques de pinos en una región montañosa española en la que un grupo de milicianos se dispone a volar un puente esencial para la ofensiva republicana; la voladura cortará las comunicaciones por carretera y evitará el contraataque de los sublevados. Robert Jordan, un joven voluntario de las Brigadas Internacionales, es el dinamitero experto que ha venido a España para llevar a cabo está misión. En las montañas descubrirá la inmensa camaradería de la guerra y a María, una joven rescatada por los milicianos de manos de las fuerzas sublevadas de Franco, de la cual pronto se enamora.
Hemingway repudió el carnaval de traición de ambos bandos y consideró que en aquella guerra no había ningún genio militar. Una decisión esencial del novelista fue situar la escena más salvaje de libro en el bando republicano y, concretamente, en Ronda: al borde de un peñasco, los vecinos matan a las gentes que conocen de toda la vida, con una crueldad enfatizada por la falta de armas (unos mueren a palos, otros son desempeñados). Pablo es quien ordena la matanza y no sobrevive a los efectos psicológicos de su crueldad. En la plaza caen el don Juan del pueblo, que siempre llevaba un peine en el bolsillo y el comerciante que vendía los bieldos improvisados como armas; cada cuerpo tenía una historia conocida. Al recrear la secuencia bárbara, una vecina, define el horror : lo peor de la guerra es lo que nosotros hemos hecho; no lo que han hecho los otros. El novelista acabó reconociendo: “cuanto más cerca se está del frente, mejores son las personas”
Su nieta Margaux prefirió el fenobarbital y escogió una fecha simbólica: el 7 de julio de 1996. Al igual que su abuelo, sufría depresiones y se refugiaba en el alcohol. No está de más señalar que el autor de El viejo y el mar y su nieta padecían un insomnio obstinado que sólo se apaciguaba con el alcohol y la luz, que es un potente antidepresivo en muchos bipolares, pues mejora su estado de ánimo y les ayuda a experimentar una tibia esperanza.
Sylvia Plath reúne todas las características de las tragedias griegas. El 7 de febrero de 1963, después de largas depresiones y anteriores intentos de suicidio, se levantó en su piso de Londres y preparó el desayuno a sus hijos. Después, abrió el horno de la cocina e introdujo la cabeza, abriendo las espitas de gas. Separada de Ted Hugues había soportado un invierno de soledad y privaciones que exacerbó sus tendencias autodestructivas. Al principio consideró que alquilar el apartamento donde había vivido en Yates representaba apostar por la vida, pero la herida que estragaba su alma permanecía abierta desde que perdió a su padre a los nueve años.
En sus sobrecogedores Diarios, ya había anotado en julio de 1950: “Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche estoy contenta”. En 1957, no se apreciaba ningún cambio esperanzador: “He estado dando tumbos por ahí, lúgubre, oscura, desolada, enferma. Si supero este año será la victoria más grande que haya alcanzado nunca”. En 1959, las cosas no han mejorado: “Mi cabeza es un batallón de problemas”.
Parece que la infelicidad es el estímulo principal de sus Diarios: “Sólo escribo aquí cuando estoy en un callejón sin salida”. En mayo de 1961, se interrumpen los Diarios, pero el 16 de octubre de 1962 escribe, refiriéndose a su asombroso poema rio Ariel, compuesto en pocas semanas, presumiblemente en pleno brote de manía: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa.
Carta de amor
No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.
No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.
No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.
Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.
Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.
De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.
Lucia Anna Joyce fue una bailarina profesional, hija del escritor irlandés James Joyce y de Nora Barnacle. Empezó a mostrar síntomas de enfermedad mental en 1930, en la época en que conoció al escritor Samuel Beckett, asistente entonces de su padre Cuando su psiquiatra Carl Gung leyó Ulises pensó que el padre también sufría de esquizofrenia. que ambos, padre e hija, se deslizaban al fondo de un río, sólo que él sabía bucear y ella se hundía irremediablemente.
Ulises es el paso por Dubbínn de dos personajes, el judío Leopold Bloom (joyce viejo) y Stephen Deladis (Joyce joven) durante un día cualquiera, el 16 de junio de 1904. Joyce escogió esa fecha porque fue el día en que se citó por primera vez con la que después sería su pareja Nora Barnacle. A las ocho de la mañana, Leopold y stephen se levantan en sus respectivos domicilios dispuestos a desayunar. Durante el resto del día y hasta bien entrada la noche, los personajes se cruzan a cada instante en sus peregrinaciones, van y vienen, se encuentran y se separan y se vuelven a encontrar como partículas en un laberinto de peripecias, borracheras y largas conversaciones casi nunca fáciles de seguir. El libro se cierra en la oscura madrugada con Molly la infiel esposa de Leopold, desvelada en el domicilio conyugal dejándose arrastrar por la voz de sus pensamientos. Durante las 19 horas en que se desarrolla la historia, Leopold hará un recorrido tan exhaustivo por Dublín, contado con tal minuciosidad, que, como Joyce aseguraba, si algún día la ciudad desapareciera de la faz de la tierra, podría reconstruirse siguiendo la descripción que hace de ella en la novela.
El Ulises de Homero quedó atrapado por el silencio de las sirenas; Leopold Bloom es el maestro de las palabras. Esta es la primera paradoja del libro. El dijo: “He puesto tantos enigmas y acertijos que la novela mantendrá ocupados a los profesores durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. La oscuridad es la única forma de asegurarse la inmortalidad". Está considerada la mejor novela del siglo: su protagonista es la palabra. Los personajes son seres que hablan con los demás y, sobre todo, consigo mismos. Sus episodios siguen el modelo de la Odisea; Joyce quiere recordarnos que nuestra cultura es un país atravesado y bañado por dos ríos: uno de ellos nace en Israel, el otro en Grecia. Y los ríos son textos fundamentales que alimentan nuestra cultura con ricas historias. Joyce utiliza indistintamente el flujo de conciencia, el diálogo objetivo, la descripción naturalista, el lenguaje administrativo, la técnica de la novela rosa, la forma teatral, la apología literaria, el estilo del catecismo católico o la narración simbólica, hasta terminar en un formidable monólogo interior carente de cualquier signo de puntuación.
Juan Ramón Jimenez, siempre fue una persona realmente extraña, pero su ansiedad generalizada, su hipocondría, su tendencia al aislamiento, sus brotes de emotividad, sus crisis depresivas y su obsesión por la muerte, inducen a pensar que la bipolaridad es una explicación posible de un carácter difícil y propenso al conflicto. Luis Cernuda le dedicó unas palabras poco compasivas, acusándole de ser una especie de Mr. Hyde,
Pedro Casariego, escritor, poeta y pintor, escogió el 7 de enero de 1993 para arrojarse a las vías del tren en la estación de Aravaca. Dos días antes había considerado concluida su obra gráfica y literaria al finalizar Pernambuco, el elefante blanco, un cuento concebido como un regalo para su hija Julieta. “Mordido por un tren hambriento”, dejó el recuerdo de “un artista misterioso, intrigante, insólito”. Su padre, el poeta Pedro Casariego le describió como “un raro, con virtudes poderosas, como la honestidad, el estoicismo, la austeridad y la clarividencia”.
José Agustín Goytisolo, poeta de la generación del 50, dedicó su Palabras para Julia, a su hija, con tendencias depresivas. Musicada por Pablo Ibañez, ha sido repetidamente versionada, con intérpretes como Rosalía o los Duendes: Tú no puedes volver atrás/ porque la vida ya te empuja/ como un aullido interminable./ Entonces siempre acuerdate / de lo que un día yo escribí/ pensando en tí / pensando en tí/ como ahora pienso.
Leopoldo María Panero es el loco egregio de nuestras letras, que nunca ha ocultado su desorden interior. Nacido en Madrid en 1948, sufrió la primera hospitalización psiquiátrica en 1970. Más adelante, ingresaría por propia voluntad en las unidades de psiquiatría de Mondragón y Las Palmas de Gran Canaria. Maldito, provocador, iconoclasta, incrédulo, aficionado al alcohol y enamorado de la heroína durante una década, su poesía brota de un desafío permanente a la razón, que no acepta las reglas del pensamiento lógico aplicadas al lenguaje, la vida o la moral. Su clarividencia convive con su progresiva desintegración personal. Aunque los médicos diagnostican esquizofrenia, no puede descartarse el trastorno bipolar. Ambos proceden de una causa común: una expresión defectuosa de los genes encargados de la producción de mielina en el sistema nervioso central.
En el ámbito de las letras hispanoamericanas destaca Alejandra Pizarnik, que paralizó su corazón con 50 pastillas de secobarbital, uno de los barbitúricos empleados por Marilyn Monroe en su “probable suicidio”. Se cree que Pizarnik sufría Trastorno Límite de la Personalidad, una alteración psicológica que incluye inestabilidad afectiva, sentimientos de vacío e inutilidad, autolesiones e irascibilidad. Escribió: “Siniestro delirio amar una sombra./ La sombra no muere./Y mi amor/sólo abraza lo que fluye/como lava del infierno”.
No es una mala descripción del tormento interior de los bipolares. Ni la esquizofrenia ni el trastorno bipolar se caracterizan por una doble personalidad que sólo existe en las ficciones cinematográficas. ¿Se puede convivir con el trastorno bipolar? Faulkner, Tennessee Williams, Twain, Tolstoi, Dickens, Hermann Hesse, Gorki, Schubert, Beethoven, Stevenson o Balzac lo consiguieron, no sin pagar un notable tributo de sufrimiento. Van Gogh, Schumann, KurtCobain, Cesare Pavese o Pier Angeli no fueron tan afortunados.
Un brote de manía es como un rompehielos que embiste contra el cerebro. Durante largas noches de insomnio, las ideas crepitan como un bosque en llamas. La depresión es un atardecer interminable. Sientes que las horas no existen, que deambulas por un vacío perfecto. La muerte no es una intrusa; es un pequeño claro donde te reencuentras con el paraíso.
La melancolía imprime un ritmo vertiginoso al cerebro, favoreciendo la aparición de ideas y asociaciones, algunas completamente irracionales, pero que en el terreno de la poesía son verdaderas fulguraciones. No es nada extraño que Van Gogh creara cerca de 900 obras en diez años, con interrupciones provocadas por las crisis depresivas. ¿Significa eso que el sufrimiento es el precio del arte? ¿Se equivocaba Nietzsche al afirmar que “el dolor nos hace profundos”? ¿Tenía razón Hölderlin cuando aseguraba que “sólo merecen el nombre de arte las obras capaces de expresar la experiencia del dolor”?. Nadie escoge el dolor, pero el artista bipolar, cercado por la inestabilidad, la desolación y la muerte, piensa que algunos hombres nacen, a su pesar, con un destino.
Pero el caso más triste es el de Dalida, la gran cantante de su generación, que es la mía: la más guapa, la más triste, la más elegante, la mejor intérprete de la época. Tan guapa y tan poco feliz. Su verdadero nombre es Yolanda Gigliotti y nació en El Cairo en 1933. Descendiente de una familia italiana emigrada a Egipto; el padre, primer violinista en la ópera del Cairo. En 1951, a escondidas, se presenta a un concurso de belleza; tres años después al certamen de Miss Egipto, que ganó. A partir de ahí es contratada para participar en varias películas en El Cairo, el Hollywood de Oriente.
Pero Dalila, sueña con Francia. Y pesar de que su familia se muestra reticente, el 27 de diciembre de 1954, coge un vuelo a París. Los tiempos son difíciles. En el cine francés no hay hueco para ella. Entonces, toma clases de canto y como cantante la contratan en una sala de fiestas en los Campos Elíseos; poco después es presentada como la Revelación de la canción francesa.
En 1955 debuta en El Olympia; allí conoce a Lucien Morisse, director artístico de Radio Europa 1, que era en aquellos años 50 un poderoso medio de comunicación que convertía de la noche a la mañana en figuras de la canción a primerizos intérpretes. Era un hombre casado, pero se enamoró de Dalida brindándole su apoyo y protección. Acabaría divorciándose y convirtiéndose en esposo de la voluptuosa cantante, ya transformada en una gran estrella. Esta fama conseguida en pocos años tal vez turbara a esta mujer que engañó a su marido yéndose a vivir con un joven pintor de nacionalidad polaca, llamado Jean Sobieski. Dos años de relaciones entreverados en otros idilios de breve duración, hasta que Lucien acabó con su vida de un pistoletazo.
No sería la primera vez que uno de sus amores decidía suicidarse. Es lo que le pasó con un guapo colega italiano, Luigi Tenco, quien se presentó en 1967 al Festival de la Canción de San Remo. Cuando el jurado lo eliminó, Luigi, creyéndose injustamente postergado, decidió subir a la habitación del hotel que compartía con ella y pegarse un tiro en la nuca. Antes había compuesto para ella el que acabaría siendo fue su mayor éxito: Je suis malade. En 1975 quedó embarazada de un chico de dieciocho años; decidió abortar y ese negro episodio le amargó la existencia unos años. Pero le inspiró una maravillosa canción que en España popularizó Luz Casal: Tenía 18 años
Recuperada del joven amante y del aborto cayó rendida ante la presencia de un atractivo galán que decía ser Conde de Saint-Germain, que aseguraba transformar trozos de plomo en oro mediante un proceso mágico, atribuyéndose de paso otros poderes no tan mágicos. Como Dalida, tras las desgracias vividas tiempo atrás había pedido ayuda a varios psiquiatras, su encuentro con aquel supuesto aristócrata vino a serle una bendición caída del cielo, porque el galán la tranquilizaba con sus teorías esotéricas y otros cuentos que le venían al caletre. Parecía más un embaucador que un noble, pero resultó ser su amante más duradero. Concluido el romance, el falso conde se buscó otra amante; poco después la pareja se suicidó con barbitúricos. Otra vez la muerte la rondaba.
Probó suerte con otra relación: el doctor François Nandy, con el que tampoco encontró la estabilidad que buscaba. Un día que lo esperaba en su casa de París y el doctor se retrasaba. Hay pocos casos como el suyo; quizá ninguno. Siempre la rondó la muerte, como una sombra que arrastró a su paso al menos a tres hombres que la amaron con delirio. Se tomó un frasco de pastillas y un largo vaso de whisky. Ya no despertó. Abandonó este mundo por propia decisión, dejando tres cartas, una de ellas sin destinatario concreto, dirigida a sus seguidores:
`La vida me resulta insoportable. Perdonadme´
?
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