miércoles, 31 de agosto de 2022

6.9 Familia Agustín Muñoz Sobrino El río que nos lleva

José Luis Sampedro le dedicó el libro `El rio que nos lleva´.. 

  Narra la tala del bosque de Vatalbado del Río, y su transporte por el joven Tajo desde la Serranía Ibérica hacia los barrancos, hitas y paramera de La Alcarria: 

“Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera, porque la vida no avisa”. 


En la última gancherada se incorporan dos personajes extraños: Shannon, el irlandés recién salido de la guerra europea, que descubre la dignidad viral de unos esforzados héroes desconocidos.

   Y Paula, una misteriosa mujer que desata las pasiones de los rudos hombres que dirigen los troncos. De lenguaje sensual, el ritmo narrativo del libro parece acompasarse al fluir delo. Novela de contenido simbólico, su tema último es el de la dignidad humana. A través de una mujer envuelta en sombras, Sampedro nos introduce en el silencio del río. 

  La metáfora es antigua y evidente: el río simboliza la vida. La de cada uno de los personajes pero también del grupo que conduce los troncos de los lugares por los que pasan y del mismo oficio en el que trabajan. 

 Y a los gancheros, al irlandés Shannon y sobre todo a Paula, les interesan las palabras pero sobre todo los silencios. De modo que el libro, al fin, es la historia de Paula y del silencio del rio.Otro de los bosques era mediterráneo y ocupaba parte de la superficie de lo que hoy es el término municipal de Marbella.
  Agustín lo había comprado en 1928 y en 1934 estaban allí Andrés, Emilia, José y Juan. Un día del mes de abril se presentaron los maquis preguntando por el que mandaba; Andrés era espabilado y salió por piernas. Así se salvó, pero Agustín no vaciló y vendió inmediatamente Marbella por cinco millones de pesetas. 

 En 1931 crea con Agripino Arqueros la fabrica de harinas en los restos de la antigua iglesia de San Pedro, uno de los tres templos de raíces románicas con los que llegó a contar en su momento Iscar, que se había cerrado al culto a mediados del siglo XIX.
  Cinco años después, cuando la sublevación del 36, como Agustín, era secretario del Ayuntamiento y, por ende, funcionario de la República, fue obligado por unos siniestros falangistas a subir en un austero camión; entre los falangistas, cómo en los leales, había personas siniestras y personas admirables. 

  Pero estos falangistas pensaban aplicar a don Agustín la Ley de Fugas. Un numeroso grupo de vecinos, encabezado por Alfonso Caviedes Alcalde, a la sazón primer edil de la villa, abriéndose la camisa, gritó ¡antes tenéis que matarnos a nosotros¡ Después, Mariano Sanguino le ayudó a esconderse en un depositó de hollín de su serrería de la calle hoy llamada Andrés Muñoz.

   Así se salvó Agustín, gracias a ese pueblo de Íscar por el que, después, tanto haría.

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