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valdavia: las 7 vidas del gato


Abia es un término prerromano que designa una corriente de agua. Pertenece a una familia de palabras que han llegado a nosotros, más o menos deformadas, como parte de otras: aba, ibi ibai o ibia. Contiene el étimo numerosos cursos y lugares como el soriano Abión o La Valdivia (un abia corregido por escribanos y topógrafos), el valle que aloja la Cueva de los Franceses. El río Abia, que toma el nombre del valle, Valdabia, nace al pie de la Montaña Palentina, en la comarca de La Peña, a partir de una confluencia de “Ríos menudos” que así se llama el lugar, viniendo a morir, en la localidad de Abia de las Torres, al río Boedo, aportando su caudal al Pisuerga, que trae sus aguas a Valladolid.
Corre el río Abia entre las altas llanuras del borde castellano, abriendo su valle en un paisaje en cuyo horizonte norte las peñas anuncian el telón de fondo de la Montaña Cantábrica y que, hacia el sur, domina la infinita llanura de Tierra Campos. Paisaje descompuesto en niveles vestidos de rebollos, quejigos y encinares, mientras jalonan el río y sus afluentes cintas de árboles de ribera. Se trata de un término que ha sobrevivido a la globalización del latín y a  romanización.
El término sugiere el patriotismo castellano, una suerte de geografía sentimental. Valdavia es pensamientos, ideas o sugerencias lanzadas al viento. Los temas son amplios: desde reflexiones sobre un detalle concreto a temas de actualidad; desde una pura consideración científica a un arrebato poético o literario, interesado por la belleza de una combinación de palabras. Habla de cómo cantan y sienten las gentes de llanura y de montaña, de la actitud ante la muerte de los habitante del medio rural... De política, de los clarines de guerra que a cencerros tapados están sonando en todo el mundo, no solo, ay en España. De historia y futuro comparados, de crisis frente a crisis, de federalismo y autonomías, de lo que nos cuesta la política y los políticos, de su ineptitu. Del cambio climático, las comunicaciones modernas, internet...
De la belleza de un soneto, de los afectos, afecciones y dependencias de las personas movidas por la razón y los sentimientos, no de la avaricia o la vulgaridad… De la belleza de los colores del campo castellano, de su luz, de los paisajes cambiantes de las peñas y valles de los bordes de Castilla o de su historia y sus gentes. De mujeres o varones, del amor y desamor... De un libro, de una película, de una obra de teatro. Transcurrir desde la fantasía más alocada a la opinión mejor o peor fundada, desde un breve ensayo o artículo científico a un cuento, desde un dibujo a una pintura. En fin, del viaje de la vida, porque todo eso es ni más ni menos que la vida.
                

El 7 es signo cabalístico de la luz y representación del ojo humano capaz de captarla. Es el sefira neshá que representa el  triunfo y el éxito. Es, en la mayoría de las culturas, un símbolo mágico de la relación entre lo divino (el 3)  y lo humano (el 4) y cuyo resultado es la creación, llevada a cabo en 7 días.
Observaron los antiguos astrónomos que sólo 7 de los infinitos cuerpos celestes cambian de posición a lo largo del año. Son los planetas que pueden verse a simple vista y que dieron nombre a los días de la semana.

     Son 7 los brazos de la Menorah (el candelabro judío del templo de Salomón) y las ramas de especies con las que los judíos celebran la festividad del Sukkot (de cuatro especies diferentes: una de palma, dos de sauce, tres de mirto y una de cidra).

     Son 7 las deidades en la Cábala, los Chakras principales, los Lipiki del esoterismo hindú, los emblemas de Buda, las fases de la luna. En China celebran con una gran fiesta el día 7 del mes 7. Y en el islam, el Corán habla de 7 cielos, 7 tierras y 7 mares. Se dan 7 vueltas en torno al templo de la Meca.
Son 7 las bellas artes, las notas musicales, los colores del arco iris,  las maravillas del mundo, los sabios de Grecia, las colinas de Roma… las vidas del gato.

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