viernes, 9 de junio de 2023

II.2. 1 Nápoles

 

 



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    Miguel de Cervantes, nuestra más alta cumbre literaria y uno de los más grandes escritores que la humanidad ha dado, se sintió en Nápoles como en casa. En `El licenciado vidriera´, una de sus mejores novelas ejemplares, escribe `se fue por mar a Nápoles, donde a la admiración que tenía de haber visto a Roma añadió la que le causó ver Nápoles, ciudad, a su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa y aún de todo el mundo´.

     Éste elogio del autor del Quijote no sólo en nada ha variado, sino que desde el siglo XVI se ha engrandecido todavía más: Góngora, Duque de Rivas, Valera (los tres cordobeses, como Séneca), Garcilaso, Lope, Amescua, Tirso, Quevedo, Villamediana, María de Zayas, Villarroel, Leandro de Moratín, Sarmiento, Avellaneda, Zorrilla (por Nápoles pasa Don Juan), Castelar, Alarcón, Galdós, Unamuno, Blasco Ibáñez, Darío, Rodó (murió en Palermo), Baroja, Camba, Corpus, Gabriela Mistral, Mazas, Adriano del Valle, Plá, Foxá, Ruano, Neruda (publicó anónimamente en Nápoles Los Versos del Capitán), Octavio Paz, Scorza… todos pasaron y escribieron maravillas de Nápoles. Parténope es una de las sirenas. Según algunas leyendas, se enamora de Ulises, pero este último ordena a su tripulación que se Parnote  y sus dos hermanas, LeucosieLigie,  se habrían arrojado al mar para ahogarse. Parthenope habría encalló cerca de Nápoles.



       Según algunas tradiciones, su tumba sería Caponapolis. Nadie sabe quién la enterró y su tumba fue registrada varias veces pero nunca se la encontró. Ciertos textos dicen que Juno la habría transformado en una de las piedras sobre las que se funda la ciudad de Nápoles Estrabón menciona que su templo estaba ubicado en ella, donde los napolitanos celebraban juegos de gimnasia en su honor. la leyenda hizo de la Península Sorrentina la tierra de las sirenas. Entre Massa Lubrense y la costa, se erigió un templo en memoria y en honor a Parthenope y sus dos hermanas. El vínculo entre la ciudad de Nápoles y Parthenope es muy fuerte;  simboliza la virginidad, el canto y la muerte de Nápoles .

 

     Partenope e la fundadora de la ciudad. Ha marcado sus rasgos característicos: amor, belleza y hospitalidad. Hay tres leyendas sobre Partenope que han hecho de Nápoles la ciudad que conocemos hoy.

 Homero, o el personaje al que se puede atribuir la Odisea, cantó sobre la historia de Ulises, describiéndolo como un hombre curioso y terco. Su astucia le permitió a él y a su tripulación no caer en la trampa del cantar de las sirenas- Durante el viaje, de hecho, la tripulación se tapó los oídos y él se dejó amarrar al palo mayor, ansioso por escuchar esa dulce y encantadora canción. Entre las sirenas, estaba la cándida y dulce Partenope que, junto a las demás, amargadas por no poder encantar a Ulises, se suicidó. Su gran aliado, el mar, lo arrastró hasta Megaride, donde algunos pescadores la adoraban como a una diosa. A partir de sus características se delineó el paisaje napolitano: su cabeza está al este, en la colina de Capodimonte y la cola dibuja el contorno de Posillipo.

 

El mar y el fuego, Partenope y Vesubio

      Según un mito del siglo XIX, Partenope era una sirena que residía en el golfo napolitano y un día conoció a un centauro llamado Vesubio. Se enamoraron locamente pero Zeus Celoso y posesivo, transformó al centauro en un volcán y así Partenope, atormentada por un dolor incontenible, solo pudo ver a su amado sin poder interactuar con él de ninguna manera. Destruida por la tristeza, se suicidó y, quizás gracias a alguna deidad celestial, fue transportada a la costa de Megaride. La costa tomó sus características y se transformó en la primera forma de ciudad napolitana. Finalmente, pudo reunirse con el Vesubio, estableciendo para siempre un pacto de amor eterno.

Partenope: la ciudad fértil

     Según la última versión, Partenope era una niña graciosa y tierna que vivía en Grecia. Su amor se puso en el joven Cimone pero su padre obstaculizó su matrimonio, pues la joven ya estaba prometida a Eumeus. Los dos, muy conscientes del hecho de que no podían estar el uno sin el otro, decidieron irse para no volver nunca a su ciudad. Su viaje los llevó a un lugar agradable, floreciente y pacífico. La zona, de hecho, estaba llena de vegetación exuberante, mar claro y cielos despejados. Decidieron quedarse ahí para siempre, haciendo realidad su sueño. De amor.

 

     La primera vez que fui a Nápoles legué a Nápoles el 9 de diciembre de 1993 y la hermosa ciudad de la Campania feliz ganó desde el primer momento mi corazón.  El sol, después de los días de lluvia, reía mirándose en el golfo, como la  colegiala traviesa que rompe los hierros del convento y contempla por primera vez el espejo de su belleza virgen en completa desnudez.

     Nápoles se extiende, escalonado en sus colinas, a la orilla del mar. Retrata en las aguas su belleza griega. El sol la baña en ondas de luz. La envuelve con amor un cielo límpido. Crecen arboles y flores con frescos lujurioso por todas partes. Los bosques de limonenos y naranjos con su tierno follaje verde, alternan con el verde oscuro de  los laureles y los tempranos almendros y cerezos, bolas de nieve y rosas, parecen gigantescas flores del árbol inmenso formado por tantas ramas que se entrecruzan. La brisa empieza a desplegar los tiernos brotes entre los troncos añosos enlazándose a los manzanos. Toda la ciudad es primavera eterna parece orgía de olores.

       Se siente en el aire una ligereza eterna que lo hace alegre, musical. Comunica vida, fuerza, actividad, regocijo. Se comprende que aquí todo el mundo canta, ría, chille y viva en medio de la calle. Está en el ambiente la alegría. Los mismos artesanos de corales, conchas y objetos de lava prestan una nota de color a las calles. Los escaparates están llenos de pinturas, estatuas, bronces y objetos de coral. Que lucen sus tonos brillantes, desde el blanco al rosa y rojo sangre, como bella flores del mar.

     Nápoles ha sido siempre la oveja negra de las ciudades italianas; un híbrido de Calcuta y Manhattan. El caos, la suciedad, el bullicio, el tráfico…  pueden superarte; entonces Nápoles te repelerá. Si logras tú superarlos a ellos, Nápoles, como todas las ovejas negras, devendrá a tus ojos la ciudad más interesante y hermosa de Italia.

     Nápoles se siente paseando sus barrios abigarrados, mientras sorteas las motos y los coches que se suben a las aceras. Sales del hotel,  mano izquierda, siguiendo la orilla del mar, hasta la Plaza del Plebiscito; en ella se encuentra el Palacio Real (1600); cerca el Castel Nuevo (1272), el Teatro San Carlos (1773), el mayor teatro de ópera de Italia y uno de los mayores del mundo, y la Galería Humberto I (1887), con una techumbre de cristal de 56 metros de altura. Casi enfrente del hotel está el Castel dell Óvo, de planta oval, reconstruido en 1532 por el virrey español don Pedro de Toledo.

                                  

     Estas en un hotel de la bahía de Nápoles. Pongamos que el   Unahotels Napoli. Construido a finales del siglo XIX, es un gran hotel situado en el centro de Nápoles, a 5 minutos a pie de la estación central. Dispone de terraza, bar y un restaurante en la última planta. El restaurante sirve especialidades napolitanas y mediterráneas, que se pueden disfrutar en la terraza cuando hace buen tiempo. El hotel está enfrente de la línea Circumvesuviana de los trenes que van por la costa hasta Pompeya y Sorrento.
 
     Detrás del hotel un barrio muy agradable, poblado de plazas recoletas. Encima, sobre el acantilado, accediendo en funicular. El Museo Nacional San Marino, en el monasterio cartujo del mismo nombre, el Museo Nacional (Palacio Real di Piamonte) y el Castell Sant´Elmo. Cuando uno sale del  Unahotels Napoli te sigue medio Nápoles, los taxistas y los guías napolitanos. Siendo el caso de que has sido robado por los taxistas o guías napolitanos,  resulta que  aún vives en Nápoles más barato de lo que hubiera sido pasar unos días en Londres, Paris o Barcelona. Al napolitano le repugna vivir de  su trabajo y prefiere vivir de su imaginación. De modo que no queda más remedio que soltar alguna calderilla en el camino. Entonces, uno se siente un poco inglés, un poco turista, y un poco `bárbaro´. Entonces, te parece natural que te roben en el camino.
      

    Sales del hotel con la luz de la bahía en la frente y a la izquierda pronto te encuentra la plaza del Plebiscito, y poco después  la Vía Toledo. En su extremo norte está el palacio rojizo del Museo Arqueológico Nacional, que alberga los hallazgos más espectaculares de Pompeya y Herculano, así como algunos de los principales ejemplos de escultura griega que pueden admirarse hoy día.  Al este del Museo, dentro de un triángulo que forma con la Plaza Plebiscito y la Plaza Garibaldy, con la Estación Central,  se encuentra la mayor parte del antiguo Nápoles, con sus calles e iglesias medievales.

     A mitad de camino de Vía Toledo, en la Plaza Caritá, esta la Iglesia de Monteolivetto, llena de sorprendentes monumentos renacentistas, ocultos por todos los rincones. Al fondo de la basílica de una sola nave, empezada a construir en 1411, hay un abigarrado grupo de estatuas de terracota, obra de Guido Mazzoni. Las ocho estatuas, que casi parecen tener vida propia a la luz que se filtra en la capilla, son los retratos de los amigos de Mazzoni.

     Al contrario que en Roma, pesadamente barroca, en la arquitectura religiosa napolitana no domina con claridad ningún estilo. Por estas calles se pasa del gótico al renacimiento, y de ahí al barroco. En la plaza del mismo nombre, la Iglesia de Gesú Nuevo supone tal vez el ejemplo más armonioso del barroco italiano. La fachada, llena de relieves de piedra, Era originalmente el muro de un palacio renacentista. El interior tiene un diseñó único, con casi tanta anchura como profundidad. Los suelos de mármol coloreado y los brillantes frescos parecen subir en espiral hasta la cúpula. Encima de la puesta principal, un amplio fresco de Francesco Solimena (1725), el principal artista napolitano del siglo XVIII.

     Justo enfrente, la iglesia gótica de Santa Chiara, la más grande de Nápoles. Su vastísimo y casi vacío interior merece una contemplación detenida; tras el altar principal de los hermanos Giovanni y Pacio Bertini se halla la Tumba de Roberto el Sabio (1343).  En un patio, a la izquierda de la iglesia, un inmenso y apacible claustro, donde los caminillos, cubiertos por baldosas de mayólica, serpentean por un hermoso jardín de rosas y frutales.

     La iglesia de San Piero a Maiella (1316/1319) posee uno de los techos más famosos de toda Italia. En la capilla de San Severo las asombrosas figuras macabras entre las que destaca Cristo cubierto con velo. En el Duomo se encuentra la cabeza de San Pantaleón, patrón de la ciudad, junto con dos vasijas llenas de su sangre, cuyas propiedades milagrosas llevó a Mark Twain a hablar de “impostura religiosa de la más sacrílega de toda Italia, la licuefacción de la sangre”.

      El Nápoles histórico está lleno de iglesias, palacios renacentistas, talleres artesanos, tiendas con encanto, pizzerías de hornos de leña  (los napolitanos presumen de ser los inventores de la pizza), ropa tendida y suciedad. El largo Corso Humberto I te lleva a la Piazza Garibaldi. Es la principal arteria de Nápoles y siempre está atascado. En su mitad se halla la Universidad, más bien sombría.

     Nápoles fue fundada por los griegos en el siglo VI a. de C. Los romanos expulsaron a los griegos en el año 400 a. de C. y desde entonces afluyeron en masa atraídos por la benignidad del clima, la bahía centelleante y la libertad política que permitió conservar una constitución redactada por los griegos. Aquí escribió Virgilio La Envida, y aquí murió; los emperadores construyeron jardines y baños.

     En 1139 Roger el Normando se apropió de Nápoles desde Sicilia, constituyendo el Reino de las Dos Sicilias. De 1442 a  1503 fue el centro del imperio mediterráneo catalana-aragonés. En los siglos XVI y XVII las pestes que abatieron la ciudad, la decadencia de las rutas comerciales mediterráneas y las gabelas impuestas por el Gobierno español arruinaron la ciudad. Los Borbones (1734/1860) reanimaron la actividad artística e intelectual, pero no supieron detener la crisis económica. En 1860 fue ocupada por Garibaldi, integrándose en el Reino de Italia.

     Nápoles es también hermosa porque guarda las huellas de la raíz española. Hallas aquí por todas partes palabras castellana, y entre el pueblo se ve el sello de la sangre de la soldadesca española de Gonzalo de Córdoba y de la Guardia de los Villares. Su pueblo es sobro, indolente, comunicativo, alegre e ingenioso como el andaluz. Todos estos desharrapados que pululan por sus calles, todos los guías espontaneo que piden la `bonna mancia´ y aguzan el ingenio para vivir sin trabajar, son simpáticos y gratos. Gesticulan, hacen extravagantes contorsiones, cantan sin cesar, tienen gracia, ingenio, son espontáneos, son pintorescos. Son una mezcla extraña. ¿Cómo no? Cientos de razas han dejado aquí sus huellas, desde las gentes escapadas del antiguo continente de la Atlántida, hasta cuantos pueblos conocidos cita la historia. Jardín del mundo; se comprende que los hombres lucharan desde antiguo por la posesión de su suelo.

      Nápoles es así, compañera. Las madejas de macarrones con la mano en medio de la vida o los jardines públicos y agrupados en torno a un lector que por dos céntimos te lee los versos de Dante, de Ariosto, de Leopardi. Las pizas y los macarrones son sus comidas más suculentas. Las cocinas están instaladas al aire libre, con este afán de hacerlo todo en medio de la calle. La piza es una torta de harina de trigo asada en los brasas, sobre las que vierten unas gotas de aceite y hierbas aromáticas o colocan un pedazo de torta. Si cuando las toman se les mira, sacan la lengua y hacen un gesto. En ese momento son ricos, son señores, no necesitan nada…. Un instante después vendrán a sacudir el polvo del abrigo de su excelencia pidiéndole un sueldo para la otra comida.

Castillo Nuevo una fortaleza medieval de estilo renacentista construida entre 1279 y 1282.

     Viene a mi mente el recuerdo de esta pobre imagen: es una dolorosa soledad: las muchachas que desean casarse dentro del año echan un alfiler blanco por la rejilla expuesta a la calle y la Virgen escuchara sus súplicas. En cambio, las que quieren enviudar, piden la muerte de su consorte arrojando piadosamente un alfiler negro. El día que yo miré por la reglilla había muchos alfileres negros. La miseria del pueblo de Nápoles es incomprensible cuando se ve esta ciudad tan bella tendida sobre sus colinas, dulce y perezosa como si arrullase el sueño de Partenope,

     Hoy me he transportado a las regiones del mundo antiguo. He recorrido el camino que cruza Tiberio en sus excursiones. Caminando entre sombras viendo siempre la luz que  pareciendo alejarse al acercarme Al salir a la luz nos baña un sol ardiente. El ácido carbónico cargaba la atmósfera con sus exhalaciones  y al ver el ventanal que rompe la cúspide del cerro, he comprendido el fundamento de la conseja del pueblo que acoge la idea del diablo preso escapando por la cumbre.

      Luego está la  lápida que marca el sitio donde está la tumba de Virgilio. Si nos acompañara un guía destruiría esta ilusión con razonamientos de sabios que lo niegan. Pero hoy, ni tu i yo estanos para escuchar la voz de la ciencia. Después de todo ¿qué importa que no sea la tumba de Virgilio si su espíritu vive en ella? Pero es un dato científico que en el pequeño vestíbulo de la pequeña iglesia de San Vital se halla su sepultura. Aquí se esfuman los siglos para unir los espíritus de los poetas que en el mundo han sido. Pero esta tierra maravillosa ofrece pronto la dulce visión del paraíso. Los tranquilos campos de viñedos, el cielo sereno y el mar inmóvil. Entonces, sientes la impresión de los poetas que entonaron églogas y madrigales.

       De terraza en terraza descendemos hasta el mar. Se divisa todo  el paisaje maravilloso de la ciudad, riente en su manto azul. Una centena de barcos, con sus velas blancas, cruzan como ligeras gaviotas la rizad y clara superficie del agua. Frente a nosotros brilla, como una inmensa hoguera de pastores, la corona de fuego del Vesubio. Pero dejamos la poesía por la realidad. Y comemos la famosa sopa de pescado y marisco con todo el perfume de las algas del mar, las frutas riquísimas que celebró Enrique Heine comparando el jugo de esta tierra de fuego con la fría Alemania y sus manzanas… asadas.

     Al salir nos espera una turba de gente que piden y esperan el regreso de los turistas. Unos bailan, otros hacen cabriolas; una linda gitanilla morena entona al son de su pandereta entona `O sole mío´. Cien ecos de risa, alegría y algazara nos siguen todo el camino por las riveras de flores, mientras la luna empieza a dibujarse en el cielo y a temblar entre las aguas como insignia del profeta, que en una mano invisible borda en plata sobre un inmenso estandarte azul.

       Y alzándose sobre todos los rumores, dominando los demás ruidos, la voz llena, vibrante, metálica, apasionada, de la gitanilla que repite en dialecto napolitano nuestra canción:

Che bella cosa na jurnata 'e sole
N'aria serena doppo na tempesta
Pe' ll'aria fresca pare già na festa
Che bella cosa na jurnata 'e sole

        Estamos ahora en  el Teatro de la Epopeya de Homero, donde Virgilio plantó un laurel sobre la tumba del inspirador de Danteilio  colocó la entrada de su infierno, donde Petrarca y donde duerme ahora uno de los grandes genios de Italia, Leopardi. No podemos conocerle por las traducciones, se necesita leerlo en italiano para comprender toda su dulzura y toda su grandeza, He recorrido los ligares santificados por sus recuerdos. Su historia,  como la de todos los grandes poetas, soñadores que viven cerca del cielo y cuyas almas de exquisita sensibilidad  destroza lo vulgar de la vida, es una historia de dolor y de lágrimas.

                  


       El conde Giacomo Leopardi (Recámate, 1798-Nápoles,1837) fue un poeta filósofo, filólogo y erudito del Romanticismo. Nació en el palacio familiar de la costa adriática en Recanati, una aldea situada a seis kilómetros de Loreto. Fue hijo de unos padres casi completamente opuestos: su madre, Adelaide, descendiente de los marqueses Antici, de luengo linaje, era conocida por su fanático catolicismo y su patológica cicatería. Por el contrario, su padre, el conde Monaldo, cuya ejecutoria de nobleza se remontaba al año 1200 y era una de las más vetustas de Italia, de ideología reaccionaria, era un erudito local que dilapidó la fortuna familiar y llegó a acumular una formidable biblioteca.

     Durante los años del apogeo napoleónico, el joven Giacomo crece junto a sus hermanos Carlo y Paolina en un ambiente rígido y reaccionario, cada vez más austero debido al debilitamiento del patrimonio familiar por las malogradas especulaciones financieras del padre, y posteriormente sometido al control riguroso y severo de la madre, la cual consiguió recuperar parte del decaído esplendor de la familia a costa de numerosos y humillantes sacrificios impuestos a sus hijos y a su marido.

     La formación cultural de Giacomo, Carlo y Paolina es desempeñada por algunos preceptores religiosos de gran erudición, el jesuita José Torres Francisco Serrano y los abates Sanchini y Borne, quienes forman a los jóvenes hermanos en el estudio de las letras y de las ciencias. Desde su nacimiento, Giacomo fue minado por la enfermedad: padeció la enfermedad de Pott que le combó la espalda y además padeció un severo raquitismo consumió su infancia estudiando desesperadamente y leyendo con una curiosidad inagotable hasta altas horas de la noche.

      A los once años lee a Homero, a los trece escribe su primera tragedia; a los catorce la segunda: Pompeyo en Egipto; a los quince un ensayo sobre Porfirio. A esa edad había estudiado casi de todo: lenguas clásicas, hebreo, lenguas modernas, historia, filosofía filología, ciencias naturales y astronomía- Los maestros que habrían debido prepararlo para el sacerdocio debieron admitir que no tenían mucho que enseñarle. Tanto estudio repercutió en su salud: Leopardi fue durante toda su vida un hombre enfermizo. En 1810 recibió la tonsura de manos del obispo Bellini. Pero la lectura de los enciclopedistas franceses destruye definitivamente su fe religiosa. Su primer amor es la prima del padre Gertrude Cassi-Lazzari, de 27 años, que ve llegar a su casa como una aparición; a ella está dedicado su poema «El primer amor».

                     


     El culto de la gloria de los héroes antiguos llevaba a Leopardi a probarse en distintos géneros: a los diecisiete compuso un ensayo Sobre los errores populares de los antiguos; a los diecinueve inicia su cuaderno de apuntes, Zibaldone dei pendiera, de contenido cultural y filológico en el que se muestra seguidor de Juan Andrés obra que le acompañará hasta 1832; a los veinte compone los que serán sus primeros poemas y «Sobre el monumento a Dante». Al año siguiente, enfermo de la vista, que iba perdiendo progresivamente, y del espíritu, poseído por un pesimismo cósmico, intenta en vano fugarse de Recámate y lo consigue humillado al descubrir que su padre intercepta su correspondencia con el patriota liberal italiano Montani. Desde ese momento, su vida se convierte en un círculo vicioso de huidas y regresos a su ciudad natal: En 1882 le ofrecen una cátedra en la Universidad de Bonn, que rechaza) y amores imposibles: Teresa Carniani-Malvezi, o Fanny Targioni-Tozzetti (la mujer que fue cantada por Leopardi en sus poemas bajo el nombre de Aspasia, la cortesana amada por Pericles). Subsiste dando clases particulares y emprendiendo trabajos editoriales.

     Los escritos de Leopardi se caracterizan por un pesimismo profundo y sin lenitivos: es una voz que grita el desamparo del ser humano y la crueldad de una natura naturans implacable, que le azuza desde su propio nacimiento hasta más allá de la muerte. En este valle de lágrimas, Leopardi se aferra, a pesar de todo, a tres consuelos: el culto de los héroes y de un pasado glorioso, pronto sustituido por el de una edad de oro, que le emparenta con Hölderlin; el recuerdo del juvenil engaño antes de la brutal irrupción de «la verdad» y la evocación de una naturaleza naturata, de un paisaje brumoso y lunar donde al anochecer se escucha siempre perderse o acercarse por un camino la canción melancólica de un carretero.

     Leopardi siente un profundo desprecio por los falsos consuelos del pensamiento progresista y por el contrario siente una piedad infinita por el deseo de felicidad que los mueve y la huérfana estirpe

            Sus poemas, recogidos en I Canti (Cantos, 1831) poseen una notable perfección formal, una forma neoclásica y un contenido romántico. Hoy en día es reconocido por ser el mayor poeta lírico de la Italia del siglo XIX. Los Cantos tienen tres tramos muy diferenciados. Uno primero más neoclásico, muy influido por los clásicos grecolatinos y Dante y Petrarca; un segundo donde está el Leopardi más puro, más intenso, con los poemas más bellos, y un tercero marcado por el pensamiento y la poesía reflexiva. Esta tercera parte es la que más le interesó a Unamuno, quien tradujo «La retama», la flor del desierto, uno de los poemas más conocidos del poeta italiano. Es así que en su obra Del sentimiento trágico de la vida.  

 

       Leopardi no es un resignado mojigato falto de voluntad; en su cuerpo endeble hay un alma de gigante que no se abate. Sus gritos de rebeldía son fuertes y enérgicos; ama la naturaleza y la quietud, ama la muerte porque es el reposo, la belleza, el Nirvana…Concibe la muerte no esa vieja de feroz guadaña que aterroriza a los devotos; se le aparece bella, joven, compañera del amor, brindando el descanso y el olvido entre sus brazos de rosa. No se puede ver la tumba de Leopardi sin indignarse, El Estado italiano la declara monumento nacional, la Iglesia  la rechaza de su recinto, está fuera de sus muros. ¡Ha hecho bien ¡ Era demasiado   la brisa, Llegan a ella las emanaciones del mar y la alumbran las estrellas con su luz pálida. Tal vez de noche esa luna viene a contarle las historias de amor recogidas en las florestas y penetra con sus rayos fríos el polvo de sus huesos.

 

       Esta tierra maravillosa ofrece pronto en recompensa  la dulce visión del paraíso, los tranquilos campos de viñedo, el cielo sereno y el mar inmóvil. Se siente la impresión de los poetas que entonaron églogas madrigales. Todo el encanto de la poesía bucólica flota en Nápoles. Desde el hotel  divisamos todo el paisaje maravilloso de la ciudad riente en su manto azul. Una centena de barcos, con sus velas blancas cruzan como ligeras gaviotas la rizada y clara superficie del agua; Frente a que a una postal de colores de la propia Nápoles. Fuego del Vesubio. El calor de su llama no puede confundirse con otras; es clara, viva, y más transparente n su rojo color de grana que todos los demás fuegos, Hay momentos en que se oscurece y se  apaga para brotar después en llamaradas azulinas de relámpago, o elevar su cabellera de fuego hacia las nubes. A sus pies corre la encendida lava, visible ya a pesar del claro crespúsculo.

                   


     Y dejando la poesía por la realidad, aquí comemos la famosa sopa de pescado y marisco con todo el perfume de las algas de mar; las ostras del lago Fusaro y las frutas riquísimas que celebró Enrique Heine, comparando el jugo de esta tierra de fuego, con la fría Alemania y sus manzanas asada. Yo no encuentro que Nápoles se parezca a nada más que a una postal de colores de la propia Nápoles. Cielo azul, casas blancas, mar verde, montañas violetas… Aquí y al unos cuantos barquitos que no pesaban nada, ya que en Nápoles solo se come naranjas, pizas y espaguetis. Unos cuantos barquitos muy decorativos cuya única misión parece consistir en ir dejando estelas de plata  sobre las aguas verdes de la bahía. Y por encima de todo, valorizando los detalles y armonizando el conjunto, una gran capa de barniz. Nápoles brilla igual que una postal de colores que estuviese viva. Es, como si dijéramos, una postal de verdad, y uno tiene aquí la sensación de formar parte de esa postal. Nuestro espíritu parece que se hubiese diluido en el barniz y en los colores, y nosotros no es que veamos una postal maravillosa, sino que estamos en ella.

       Ver Nápoles y después morir. Así podría llevarse uno al otro mundo un recuerdo de este que valiese la pena., porque Nápoles s no es solo un encanto para los ojos. Este paisaje delicioso tiene una emoción, una gracia y una dulzura  incomparables. Parece como si lo hubiesen aderezado con algo de queso rallado y con un poco de cebolla frita. En Nápoles no se comprende la vida sin amor, porque Nápoles es este mar encantado poblado de sirenas.

          Nápoles es una ciudad muy visitada, no sólo por derecho propio, sino también como punto de partida hacia otros destinos cercanos como Pompeya, las islas de  Capri e Ischia o la Costa Amalfitana. Entre sus calles principales destaca la Vía Toledo, que lleva el nombre del virrey Pedro Álvarez de Toledo que la construyó en el 1536. La jalonan  numerosos palazo  como el Doria d'Angri o Colonna di Stiglianoy en ella están la iglesia de Spirito Santo, la Piazza Trieste e Trento y la Gallería Humberto En La zona de San Gregorio Armen  se localiza el gran mercado del pesebre napolitano, tradición navideña mundial

       Ha sido siempre la oveja negra de las ciudades italianas, un híbrido de Calcuta y Manhattan. El caos, la suciedad, el bullicio, el tráfico… no son fáciles de superar; si no lo haces, Nápoles te repelerá; si logras tú superarlos a ellos,  Nápoles, como todas las ovejas negras, devendrá a tus ojos la ciudad más interesantes y hermosa de Italia. Nápoles se siente paseando sus barrios abigarrados, mientras sorteas las motos y los coches que se suben a las aceras. Cabe al Hotel Vesubio a mano izquierda, siguiendo la orilla del mar, la Plaza del Plebiscito, en la que se encuentra el Palacio Real (1600), el Castell Nuevo (1272) y el Teatro San Carlos (1773), el mayor teatro de ópera de Italia y uno de los mayores del mundo. Al contrario que en Roma, pesadamente barroca, en la arquitectura religiosa napolitana no domina con claridad ningún estilo. Por estas calles se pasa del gótico al renacimiento, y de este al barroco. 

        Nápoles fue fundada por los griegos en el siglo VI a. de C., que fueron expulsados por los romanos en el año 40o,  traídos por la benignidad del clima, la bahía centelleante y la libertad política que permitió conservar una constitución redactada por los griegos. Aquí escribió Virgilio La Eneida; los emperadores construyeron jardines y baños. En 1139 Roger el Normando la conquisto desde Sicilia, constituyendo el Reino de las Dos Sicilia. De 1442 a 1503 fue el centro del imperio mediterráneo catalana-aragonés. En los siglos XVI y XVII las pestes que abatieron la ciudad, la decadencia de las rutas comerciales mediterráneas y las gabelas impuestas por el Gobierno español arruinaron la ciudad. Los Borbones (1734/1860) reanimaron la actividad artística e intelectual, pero no supieron detener la crisis económica. En 1860 fue ocupada por Garibaldi, integrándose en el Reino de Italia.

      La cocina napolitana posee cinco platos: el antipasto (una picada antes de la comida), el primo piatto (pasta), el secondo piatto (pescado, carne o pollo), el postre y el dolc e (masitas dulces acompañadas por un limoncello). Y, por encima de todo, la Pizza Margarita, cocina en horno de leña: mozzarella, salsa de tomate, aceite de oliva y albahaca. Simplemente; cualquier añadido  su maravilloso encanto napolitano.

 

                                           

         

                    He pasado hora y horas recorriendo estas calles de Nápoles que desde el Corso Humberto Primo y la Vía de Toledo, bajan hacia el puerto o suben al Corso Vittorio Emanuelo. En ellas la vida fermenta  como en un vino d tierra pobre. Todo el mundo vive de puertas afuera, se trabaja, se guisa, se come y se duerme  en medio del río. Ni siquiera la ropa se lava en casa, y una vez lavada, los napolitanos la  tienden de balcón a balcón. Cuando paseas por Nápoles, en el olfato predominan alternativamente el aceite, el pachulí, el hinojo, la brea, el pescado, el queso… y la rosa. Y eso que Nápoles es casi tan sucio como Londres. En Londres no ha término de comparación ni para l olor ni para el color de las codas; si el suelo es de barro, el  cielo no parece ser de otra materia mucho más limpia. Pro en Nápoles, en medio de tanta luz y de tanta fragancia, todo destaca. Al fondo, una chica envuelta en un vestido de andrajos, que ningún modisto parisiense acabaría nunca de combinar tan bien, peina con un peine roto, la mata de cabellos negros más hermosa del mundo. Y Un marino canta `O solo mío´, una canción napolitana de 1898m con letra de Giban Capurro y música de Eduardo di Capua.

      Ha sido llevada diferentes idiomas alrededor del mundo e interpretada por un gran número de artistas líricos -principalmente tenores- entre los que se destacan los históricos Mario Lanza, Alfredo Kraus, Placido Domingo, Licciano Pavarotti y José Carreras. También por artistas vinculados al mundo del rock y del pop, como Elvis Presley, Bryan Adams, Al baño Anna Osa. a versión interpretada por Elvis Presley bajo el nombre de "It's now or nevares la más vendida del tema con una cifra estimativa de más de 5,4 millones de copias físicas, constituyendo al mismo tiempo el sencillo más vendido del artista.

  Y la gritería inunda las calles., aunque los napolitanos hablan con las manos y con los objetos. Un bastón, un paraguas, un plato de macarrones…. Con todo acciona el napolitano, todo le sirve para representar plásticamente sus ideas  sus sentimientos. Manejadas por él no hay cosa sin expresión y uno se queda atónito ante el paisaje de cosas que van adquiriendo sentidos insospechados.

    Che bella cosa 'na jurnata 'e sole
N'aria serena doppo 'na tempesta
Pe' ll'aria fresca pare già 'na festa
Che bella cosa 'na jurnata 'e sole

Ma n'atu sole, cchiù bello, oje né
'O sole mio, sta 'nfronte a te
'O sole, 'o sole mio
Sta 'n fronte a te
Sta 'n fronte a te

Ma n'atu sole, cchiù bello, oje né
'O sole mio, sta 'nfronte a te
'O sole, 'o sole mío
Sta 'n fronte a te
Sta 'n fronte a te

 Se ve que la civilización industrial que anticipo David Ricardo no se adapta al suelo de Nápoles. En Nápoles ha habido otra civilización mi cómoda y, sobre todo, más libre. DE modo que aquí sobran las casas, las cosa y lo trajes. En Nápoles, lo lógico, es vivir al aire libre, casi desnudos como los hijos de la mar y, claro, sin trabajar.  ¿Qué culpa tienen los napolitanos de de que en Londres el clima se duro y la vida áspera? ¿Por qué no se les deja a los napolitanos almorzar con un naranja y arroparse con un rayito de sol?

 
Y desde el hotel, el camino tiene 7 puntos cardinales: 
 
1     La Vía dei Tribunali, la arteria peatonal de Nápoles
 

     La Calle del Tribunal es la arteria peatonal de Nápoles, la flecha que  atraviesa su casco histórico y la calle con más carácter de la ciudad. En ella tiendas de barrio, restaurantes y bares con sus terrazas orientadas a ella para deleite del turista que se sienta a tomar algo, puestos (poco más que una mesa) en los que algunos emprendedores de bares ofrecen un vaso de vino La calle era la principal vía este-oeste en el trazado de la ciudad griega, y los romanos la mantuvieron como tal, como Decumanus Maximus. Arranca en la Chiesa di San Pietro a Maiella, transcurre a pocos metros de la Catedral de Nápoles y finaliza ante lo que fuera el tribunal principal de Nápoles. Cuando mires hacia arriba puede que pienses que las cuerdas de tender la ropa, y esta, son artificiosas pues no hay manera de que eso sea accesible desde una ventana.

 

2  San Domenico Maggiore
 

     A un par de calles de Via Tribunali se encuentra la Chiesa di San Domenico Maggiore, Basílica de Santo Domingo Mayor, fundada por los Dominicos que tenían un monasterio anexo. Dejando aparte la belleza majestuosa de su interior, la importancia de esta iglesia está relacionada con las reliquias que guardaba, como los corazones de Carlos II de Nápoles, Alfonso V de Aragón y I de Nápoles y Fernando II de Nápoles, además de otros objetos de importancia para la Orden de los Dominicos. Desaparecido todo ello durante la ocupación francesa del siglo XIX, hoy aún exhibe ropajes de los monarcas y otros artículos religiosos.

 


 

                               


 

 3) La catedral

 

    La Catedral de Nápoles, Il Duomo di Napoli, es el edificio religioso de mayor importancia de la ciudad. Con el nombre correcto y completo de Catedral Metropolitana de Santa María de la Asunción, en lugar de capillas laterales tiene otros dos importantes edificios, la Basílica de Santa Restituya  y la Real Capilla del Tesoro de San Ganar. Las Obras comienzan en el siglo XIII por orden del rey Carlos II de Nápoles y finalizan en 1313. En los siglos posteriores, la ciudad sufrió distintos terremotos que provocaron también daños en la catedral, reparados lo antes posible. Por ello, y por el añadido de espacios en distintos periodos, encontramos en ella elementos arquitectónicos y decorativos de los estilos Gótico, Renacentista, Barroco y Neogótico.

 

4 La calle de los Belenes

      El llamado “Belén napolitano” es la primera representación que se hace del nacimiento de Jesús, y es una expansión de lo que sería la escena ubicada en el pesebre y que más tarde se extendió por todo el mundo cristiano, los orígenes de los primeros belenes napolitanos son del siglo XV y en ellos ya aparecen más figuras que las tradicionales. Poco a poco los belenes de los más pudientes o, merced a donaciones, de las mejores iglesias, fueron creciendo en complejidad y número de personajes. Se multiplican los edificios y los comercios, aparecen escenas corrientes y se capturan en el tiempo a pescaderos o carniceros ofreciendo mercancía, a herreros y forjadores, animales domésticos y de granja. Pero si hay un sitio en Nápoles representativo de esa tradición de producir artesanalmente belenes, esa es la Calle de los BelenesVía San Gregorio Armen.

  

5) Las galerías

    Nápoles disfruta de dos bonitas y clásicas galerías comerciales del siglo XIX, la Galería Humberto I y la Galería Príncipe de Nápoles. La Galería Príncipe de Nápoles se construyó entre 1873 y 1883, en piedra y ladrillo en una estructura de tres naves o brazos y con un techo de cristal en un entramado de hierro. Pese al nombre, la galería nunca tuvo éxito comercial y, como hicimos nosotros, se ha convertido en un bonito (y vacío) punto de paso hacia el Museo Nacional Arqueológico de Nápoles, situado enfrente de su puerta norte.

     La Galería Humberto I es el otro lado de la moneda. Inaugurada en 1890, tras tres años de trabajos, sus monumentales accesos se compaginan perfectamente con ese lujo interior que es el espacio. Anchas “calles” en sus cuatro asimétricos brazos flanqueadas por tres alturas convergen en un patio central, con mosaicos de los signos del zodiaco y diferentes vientos. Sobre él, una cúpula de hierro forjado y cristal – el mismo material que forma los “techos” de sus calles – introduce la luz del día en este espacio.

 

7) Los castillos

-  Castillo del huevo. Dice la leyenda que el poeta Virgilio escondió un huevo en sus terrenos, profetizando que cuando este se rompiera, el castillo y la ciudad serían arrasadas. Lo cierto es que el Castillo del Huevo es el castillo más antiguo de Nápoles, con referencias de una fortificación sobre un islote desde el siglo I acá, y que lo más probable es que su nombre se debiera a su forma ovalada original

- Casillo Capuano. El comienzo, o el final de la Vía Tribunali están presididos por un imponente edificio de apariencia administrativa aunque en realidad nació como fortaleza, el Castillo Capuano, en 1150. Llamado así por estar cerca de la Puerta Capuana, que mira hacia Capua, sucesivas reformas de distintos monarcas le han hecho perder cualquier atisbo de la forma y función originales, acabando por ser Palacio de Justicia en 1537

 - El Castillo Nuevo. Cuando Carlos de Anjou es proclamado Rey de Nápoles y de Sicilia en 1266, el traslado de la capital desde la isleña Palermo viene acompañado de la construcción de un nuevo castillo para su corte. Así, a finales del siglo XIII Nápoles ve levantar un tercer y muy imponente castillo, a pocos metros de la orilla del mar, el Castel Nuovo o Castillo Nuevo. Saqueado por tropas húngaras, reforzado por la Corona de Aragón, atacado por los franceses y reforzado por los Borbones.

 

- El Castillo de San Elmo es la fortaleza con ubicación más privilegiada de la ciudad. El último castillo de Nápoles se edificó a mediados del siglo XIV, como palacio fortificado, en lo alto de una colina a 250 m sobre el nivel del mar. Excavado parcialmente sobre roca viva, los vigías de esta fortaleza disfrutaban de una panorámica sobre el Golfo de Nápoles y la ciudad. Prisión castrense hasta mediados del siglo XX, en 1988 se abre al público y os confirmo que es una visita que merece la pena por las espectaculares vistas que se obtienen desde lo alto de sus murallas. Además, si os preocupa la demencial cuesta para llegar a él, podéis subir y bajar de él en funicular.

 

 

 

El misterio de Pompeya explica Nápoles y Nápoles explica Pompeya. Más importante que el paganismo, que el cristianismo, que el industrialismo, que el socialismo… es el clima. Paseando por las calles de Nápoles, uno las ve llenas de gente y de griterío. Las calles de Londres son como vías ferroviarias por donde la gente se desplaza de un sitio a otro.  En Paris, con sus anchas aceras  y sus

Vistosos escaparates, todo invita a sentarse en un café. En Paris todo empieza y termina en un café. Las calles napolitanas son una prolongación de la casa. La calle inglesas son  para camina la francesa para pasear; las de Barcelona las han quemado los bárbaros xenófobos racistas. La calle  napolitana es para estar.

Sobre Nápoles ha caído el cristianismo, los españoles, el cólera, la industrialización, la digitalización, la gripe ahora llamado Covín… Pero al cabo de tantos siglos el clima es el mimo y  la vida  tiende a tomar las mismas formas tocando la mandolina. 
 

Para ir de Nápoles a Pompeya puedes coger el tren de cercanías Circumvesuviana desde la Piazza Garibaldi que te llevará a la parada Pompei Scavi en unos 30 minutos. Antes de llegar a Pompeya puedes parar en Herculano, mucho más pequeña que Pompeya pero mejor conservada. No olvides que buena forma de no perderte nada de este fantástico yacimiento arqueológico es completar esta lista de lugares que ver en Pompeya imprescindibles.

Pompeyaa​fue una antigua ciudad romana situada en la Campania, a orillas del golfo de Nápoles, próxima a la actual Nápoles Es principalmente conocida por haber sido destruida durante la erupción del Vesubio del año 79Sus orígenes no se conocen bien. Se supone que fue una fundación osca, pueblo que ocupó la región de Campania tras la colonización griega del sur de la costa tirrena en los siglos VIII y VII a. C. Cabe la posibilidad de que los etruscos se adueñaran de la ciudad en el siglo VI a. C. y construyeran las primeras murallas de piedra alrededor del año 570 a. C.

 Posteriormente, hacia el año 450 a. C., fue conquistada por los samnitas, como lo demuestran las muchas inscripciones en idioma osco descubiertas en las excavaciones de la ciudad. Entró definitivamente en la órbita romana en calidad de ciudad aliada a principios del siglo III a. C., y obtuvo la plena ciudadanía romana tras la guerra Social. Más tarde Sila modificó el estatuto de la ciudad, haciéndola pasar de municipium a colonia romana para asentar a dos mil veteranos de sus ejércitos. Este hecho incrementó la romanización de Pompeya y la sustitución paulatina del osco por el latín.

Al estar en un área de notable actividad sísmica y volcánica, Pompeya sufrió a lo largo de su historia varios desastres naturales como el intenso terremoto del año 62, que afectó a la red de agua corriente y arruinó varios edificios públicos y zonas del foro que todavía seguían sin actividad el 24 de agosto del año 79 cuando una violenta erupción del monte Vesubio la enterró bajo toneladas de sedimentos. Muchos de sus habitantes fallecieron debido al flujo piroclástico. A partir de trabajos arqueológicos realizados en 2018, se postuló que la erupción pudo ocurrir el 24 de octubre,1​aunque ya había pruebas previas que indicaban una datación en el otoño o en el invierno del mismo año.

Ya en la misma Antigüedad fue objeto de rapiñas, sobre todo en época de Tito, poco después de su destrucción. Sin embargo, la gran cantidad de sedimentos que la cubrieron hicieron imposible el saqueo continuado del lugar, lo que terminó por protegerla del expolio al que fueron sometidos otros enclaves antiguos en la Edad Media A pesar de algunas menciones en Estacio y Marcial, la ciudad se hundió en un relativo olvido durante siglos. Fue en 1592, durante la construcción del canal del Sarno, que Pompeya salió de nuevo a la luz, aunque el redescubrimiento propiamente dicho no ocurrió hasta el siglo siguiente. Las excavaciones sistemáticas comenzaron en 1748. La antigua ciudad romana se encontró en un excelente estado de conservación, lo que ha permitido desenterrar un precioso testimonio del urbanismo y la civilización de la Antigua Roma. En 1997, junto con Herculano y Oplontis (Torre Annunziata), la Unesco declaró el sitio patrimonio de la humanidad.

En sus proximidades se levanta la actual ciudad de Pompeya. Sus  orígenes son discutidos. Los restos más antiguos hallados en la ciudad son del siglo IX a. C., aunque estos son de tal naturaleza que no demuestran que ya existiera un asentamiento allí. Como quiera que fuese, la mayoría de los expertos está de acuerdo en que la ciudad debía de existir ya en el siglo VI a. C. con las dimensiones que tenía en época histórica y  estar ocupada por los oscos, uno de los pueblos itálico de la Italia centro-meridional,

Desde el siglo VIII a. C. habían existido colonias griegas en la región, destacando la importante ciudad de Cumas, al otro lado del golfo de Nápoles. Los etruscos se establecieron en la región alrededor del siglo VII a. C. y durante más de ciento cincuenta años rivalizaron con los griegos por el control de la zona. Se desconoce, sin embargo, la influencia real de estos pueblos en el origen y desarrollo posterior de la ciudad, ya que los datos arqueológicos no son concluyentes.7

 

A finales del siglo V a. C. los samnitas, otro pueblo itálico, invadieron y conquistaron toda la Campania. En este momento histórico hay una disminución drástica de la cantidad de materiales hallados en la ciudad, lo que induce a algunos arqueólogos a pensar que la ciudad pudo ser abandonada temporalmente. Si estuvo abandonada, lo fue brevemente, porque hasta la mitad del siglo IV a. C. la ciudad formó parte de la llamada confederación samnita y servía de puerto a las poblaciones situadas río arriba... Los nuevos gobernantes impusieron su arquitectura y ampliaron la ciudad. Se cree que durante la dominación samnita, los romanos conquistaron la ciudad durante un corto periodo, pero esas teorías nunca han podido ser verificadas. Sea como fuere, se sabe que durante la época samnita la

Romanización

 Pompeya, así como buena parte de las áreas circundantes de Campania, entró definitivamente en la órbita romana en calidad de ciudad aliada a principios del siglo III a. C., tras las guerras samnitas. La ciudad se transformó en un importante punto de paso de mercancías, que llegaban por vía marítima y que eran enviadas hacia Roma o hacia el resto del sur de Italia siguiendo la cercana vía Apia.

     Abundantes noticias sobre la vida pública de Pompeya datan del siglo II a. C., cuando el aumento de la documentación escrita conservada permite saber que la ciudad estaba gobernada por un magistrado elegido anualmente y un consejo compuesto por ex magistrados. Esta forma de gobierno cambió a raíz de la participación de la ciudad, entre el 91 y el 89 a. C., en la guerra de los Aliados emprendida contra los romanos por sus socios itálicos por no conceder aquellos la ciudadanía romana a estos. En el transcurro de la guerra,Sila sitió y tomó la ciudad en la primavera del 89 a. C. Tras la guerra social, los pompeyanos, al igual que todos los demás itálicos, lograron obtener la plena ciudadanía romana por la lex Plautia Papiria volviéndose definitivamente parte integrante de la Italia romana con el estatuto de municipium. Tras la reorganización administrativa de Italia promovida por Augusto, Pompeya estuvo incluida en de la Regio I Latium et Campania hasta su destrucción.23

      En el año 62, un fuerte terremoto dañó seriamente la ciudad. Según Tácito «fue en gran parte destruida por un terremoto »En el periodo subsiguiente se emprendieron trabajos de restauración que todavía no habían concluido cuando el Vesubio entró en erupción. Había templos y lugares públicos en ruinas y varias cuadrillas de obreros reparando desperfectos en casas privadas. Esta situación pudo deberse a que el terremoto del año 62 dejó, en efecto, la ciudad casi destruida o a los trabajos de reparación de los desperfectos debidos a los pequeños seísmos previos a la erupción.29​ Varios edificios conservan placas en honor a los ricos ciudadanos que ofrecieron su propio dinero para repararlos.

       El 24 de agosto de 79, la fecha tradicional para la erupción y avalancha piroclástica que destruyó Pompeya, aparece en el relato de Plinio el Joven. Sin embargo, esta fecha puede deberse a un error de transcripción durante la Edad Media, en la que había muchas posibilidades de que los números romanos fueran confundidos.51​ Por tanto, algunos expertos opinan que en realidad tuvo lugar en otoño o invierno, dada la gran cantidad de frutos otoñales hallados entre las ruinas y el hallazgo de una moneda entre las que portaba una dama en su bolsa, cuya fecha de acuñación más temprana no debió ser anterior a septiembre de 79.3012​ De hecho, algunas excavaciones sugieren que ya había acabado la vendimia, la cual se realizaba en octubre.312​ Algunos cuerpos también muestran túnicas y mantos gruesos, propios de un mes más frío, aunque no es un buen indicio de la estación del año.322

En 2018, un equipo de arqueólogos descubrió una inscripción fechada dieciséis días antes de las calendas de noviembre en el antiguo calendario romano, es decir el 17 de octubre, por lo que, según su teoría, la erupción habría tenido lugar el 24 de octubre.1


       Debido a las gruesas capas de ceniza que cubrieron las dos ciudades situadas en la base de la montaña, sus nombres y localizaciones exactas acabaron olvidados con los siglos. En 1710, el príncipe de Elboeuf, enterado del descubrimiento de mármol trabajado en las proximidades, procedió a explorar, mediante pozos y túneles, lo que hoy sabemos constituía Herculano.


     Tuvo la gran suerte de descubrir el antiguo teatro -el primer ejemplar romano completo jamás encontrado- pero estaba interesado, sobre todo, en obras de arte para su colección. Las extrajo sin llevar ninguna clase de registro de su localización. A imitación de Elboeuf, la búsqueda de Herculano continuó de un modo un poco más sistemático en 1738 por Roque Joaquín de Alcubierre, y Pompeya en 1748, bajo el mecenazgo del rey y la reina de Nápoles, pero hicieron poco más que extraer antiguas obras maestras con las que embellecer el palacio real. Herculano está parcialmente enterrada entre 15 y 18 m de profundidad en un manto de ceniza y material piro clástico y solo se ha descubierto un 4% de la urbe, mientras que Pompeya estaba bajo una capa de ceniza de 6-7 m de profundidad promedio. Después del cataclismo, se intentó ubicar las ciudades sin mucho éxito, pero paulatinamente fueron cayendo en el olvido de los siglos hasta 1592.


Egolfo de Nápoles es un golfo del mar Tirren (mar Mediterráneo) que se encuentra en la costa suroeste de Italia. a. Al norte, incluye completamente el golfo de Pozzuoli (entre Cabo Miseno y Cabo Posillipo). Entre los lugares destacables encontramos la antigua ciudad romana de Pompeya y el volcán Vesubio, situado al este del golfo. Al sur, cierra el golfo, la península sorrentina cuya principal ciudad es Sorrento; esta península separa al golfo de Nápoles del golfo de Salerno. El golfo está limitado por las islas de Capri,  Isqui y Procida. La región es un importante destino turístico en Italia por las ruinas romanas cercanas de Pompeya Herculano, destruidas durante la erupción del Vesubio del año 79 d. C.

 

 

                      

       Recuerdos de España hay aquí por todas partes. Lapidas conmemorativas, monumentos y edificios levantados por nuestros virreyes, a los que se deben las mejores obras levantadas en Nápoles. La fachada del Palacio Real ostenta en su friso las flores de Lys de los Borbones y las insignias del Toisón. Entre las estatuas de reyes que la adornan, se ven los monarcas españoles.  Pero donde más recuerdos de historia se encuentran es en las iglesias que sirvieron de entrenamientos y de archivos.

      Yo he recorrido varias, empezando por la pequeña de Monserrat, propiedad de España, que administre el Consulado. Es el girón último de nuestro dominio. Parece casi una burla esta reliquia que perteneció a  nuestra nación y que obliga a los cónsules a entenderse con los sacristanes.

       San Francisco de Paula es una iglesia moderna, se terminó en 1832 por un piadoso voto de Fernando I de Borbón sobre el solar de una pequeña iglesia del siglo XIII y de un convento de franciscanos. Su cúpula es la tercera de Italia por su tamaño. Ya sabes que la primera es la de San Pedro y la segunda la de Sanya María, en Florencia. Santa Clara ostenta un magnífico campanario en forma de torre cuadrada sin concluir, modelo de arquitectura románica Santa María del Camino se halla cerca del puerto, próxima a la plaza del mercado, donde murieron Coradino y más tarde Masaniello, caudillos de este pueblo voluble y tornadizo, que ahorcó a los nobles y levantó la bandera de la rebeldía contra nuestro dominio demasiado titánico. Su campanario es de los más elevados y originales que ostentan las iglesias de Italia. La Capilla de San Genaro, llamada del Tesoro, tiene forma de cruz griega y esta toda cubierta de ricos mares, estatuas y  candelabros de plata.

           Me he pasado horas y horas recorriendo estas calles que desde el Corso Humberto Primo y  Vía de Toledo hasta el puerto bajan hasta el puerto o suben al Corso Vittorio Enmanuele. En ellas la vida fermenta como un queso de Camenbert algo pasado. Todo el mundo vive de puertas afuera. Todo se hace a un aire que llamaremos libre. Se trabaja, se guisa,  se come  y de duerme en medio del arroyo. Ni siquiera la ropa sucia se lava en casa, y una vez lavada, los napolitanos la tienden de balcón a balcón .En el olfato predominaban alternativamente el aceite frito, el pachulí, el hinojo, la brea, el pastel, clavel y sobre todo algo verdaderamente infecto que llamaremos queso.

       Nápoles es casi tan sucio como Londres y lo parece más todavía. En Londres no hay término de comparación, ni para el color ni para el olor de las cosas. Si el suelo es de barro el cielo no parece de otra materia mucho más limpia. Pero en Nápoles, en medio de tanta luz y otra fragancia, todo destaca- La miseria cuece al sol, en medio de los barrios populares. Ante una puerta una chica envuelta en un vestido de andrajos, que ningún modisto francés seria nunca capaz de combinar tan deliciosamente, peina, con un peine roto, la mata de cabellos negros más hermosa del mundo. Un marinero canta una canción muy tierna, muy lánguida, muy dulce.  Se dice que los italianos hablan con las manos. En Nápoles no solo hablan con las manos, sino con os objetos. Un bastón, un paraguas, un plato de macarrones; con todo acciona el napolitano; todo le sirve para representar sus ideas más abstractas. Manejadas por él, n hay cosa sin expresión, y uno se queda atónito viendo como todas ellas van adquiriendo de pronto sentidos insospechados.

La última vez que giré como una peonza lo hice en Nápoles, esa ciudad loca y bella en la que una desconocida puede cogerte de las manos y sacarte a bailar en medio de la calle. A punto estuve de descalabrarme, centrifugado vivo por la 'ragazza'. Pero, mientras giraba, y la cabeza me daba vueltas, y el cuerpo me daba vueltas, y los edificios me daban vueltas, y los neones me daban vueltas, y las mesas de las terrazas me daban vueltas, de repente todo estuvo descolocadamente en su sitio, en un equilibrio precario pero hermoso en el que yo rotaba en una dirección y, el mundo, en otra.La Tierra se ha convertido en una cincuentona bailonga un poco piripi: según han publicado dos investigadores de la Universidad de Pekín en la revista 'Nature Geoscience', el núcleo del planeta se ha detenido y ha empezado a girar en sentido contrario al de la superficie. Al menos, eso creen, ya que el único científico que consiguió viajar hasta el centro de la Tierra fue el profesor Otto Lidenbrock. Y era un personaje de Julio Verne.

       Sometidos a fuerzas opuestas entre el interior y el exterior, el mundo y yo no somos tan distintos: él contiene dentro de sí un planeta que se comporta como otro planeta; yo tengo a una loca que quiere actuar de forma sensata, a una miedosa que planta cara, a una tímida que parece una desvergonzada, a una ignorante que se piensa lista, a una nerviosa que intenta aparentar tranquilidad, a una agnóstica que reza, a una perezosa que no para de trabajar, a una esclava de las palabras que no desea liberarse del peso de sus cadenas. Y así, entre la lava de los días, intento recuperar aquel equilibrio precario pero hermoso que, una vez, atisbé en una callejuela de Nápoles.

                                


               

  




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