Muchos
artistas han fijado su interés en esa bisagra temporal tan difícil entre la
felicidad exultante de las vacaciones y el regreso a la prosaica rutina. Agosto está hecho de luz y mar, tiene sabor a arena y
piel tostada por el sol, pero inevitablemente viene a morir en septiembre, que
es un mes melancólico, un mes color dorado, la estación donde todo vuelve a ser
igual que ordena los excesos y alegría estivales en el álbum de los recuerdos. Muchos
artistas han contado el final del verano, esa bisagra tan difícil entre la
felicidad exultante de las vacaciones y el regreso a la prosaica cotidianeidad.
La gran verdad del
verano descansa en su carácter efímero, como todas las cosas que son pequeñas y grddes a la vez, , y los dones de agosto
se van esfumando con el porvenir de los estudios, la ciudad, la rutina.
Entonces, la vida era más bella y el sol brillaba más que ahora. El eterno retorno es una reflexión acerca del tiempo de la cultura judáica medieval y su concepción del tiempo, un tiempo
aniquilador que se opone a la vida y a la voluntad de poder propia del superhombre.
Nietzsche
propone una destrucción del tiempo lineal, del sentido trascendente del tiempo.
El
tiempo va más allá de una sucesión de momentos desde el pasado, al presente y
después al futuro. Esto no significa que lo que ha sucedido volverá a
suceder, ya que esto implicaría una forma de finalidad y el eterno
retorno representa la negación de toda finalidad, de
toda trascendencia.
El eterno retorno constituye
una concepción filosófica del tiempo postulada
en forma escrita por primera vez en occidente por
el estoicismoque plantea una
repetición del mundo en donde este se extinguía para volver a crearse. Bajo
esta concepción, el mundo era vuelto a su origen por medio de una conflagración donde todo ardía en
fuego. Una vez quemado, se reconstruía para que los mismos actos ocurrieran una
vez más en él.
Para la filosofía oriental, la existencia sigue siendo un
hecho cíclico, en donde cada acto, cada instante y acontecimiento se repetirán
eternamente. En el pensamiento oriental en cambio el eterno retorno llevará a
la perfección del universo, pues en cada reinicio se pulirá cada hecho hasta
ser perfecto.
En el eterno retorno como en una visión circular
del tiempo o,
los acontecimientos siguen reglas de casualidad. Hay un principio
del tiempo y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio. No se trata de
ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, sino que los mismos
acontecimientos se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna
posibilidad de variación. De esta forma, se asume que todo lo ocurrido y lo que
ocurre en el universo, ocurrió ya y será así hasta el fin de los tiempos.
Sólo a través de
la comprensión de que el eterno retorno incluye tanto los fracasos como los
éxitos se logrará despertar del estado
de trance en el que está, sabiendo que, aunque el hombre vuelva a ser mono. Zaratustra reaparecerá para predicar
el Übermensch (superhumano ),
En general, se considera el eterno retorno únicamente
desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo
sucedido. Pocas veces es pensado como uno de los conceptos más poderosos de la
filosofía moral de todos los tiempos: obrar de modo que un horizonte de
infinitos retornos no intimide, elegir de forma que si uno tuviera que volver a
vivir toda su vida de nuevo, pudiera hacerlo sin temor. Nietzsche, en su teoría
del eterno retorno, enseña sólo una cosa: el ser humano logrará transformarse
en el Übermensch cuando logre vivir sin miedo, y por consiguiente, amar la
vida, para así desear el eterno retorno.
La idea de eterno retorno se refiere a
un concepto circular de la historia o
los acontecimientos-. La historia no sería
lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a
ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes.
Es propio del
pensamiento occidental la idea de que el progreso es indefinido y siempre hacia adelante. En
otros sistemas filosóficos, como los orientales, l, se
encuentra la idea de ciclos que se van perfeccionando, retornando eternamente
hasta alcanzar la forma perfecta tras muchas fases erróneas. En literatura se
encuentran ejemplos notables de esta idea: `Madame Bovary, en `Cien años de soledad´ . Borges hace
uso de este concepto cuando su protagonista, quien lleva el mismo nombre de la
obra, mira cómo la historia de desobediencia y sufrimiento que vivieron él y su
padre respectivamente se repite entre él y su hijo.
La idea del
eterno retorno también forma parte central de la obra del escritor checo Milan
Kundera La
insoportable levedad del ser, en
donde relaciona el concepto de gravedad o pesadez con el eterno retorno (tal
como lo hiciera Nietzsche), lo cual se encuentra según el autor en oposición a
la levedad, caracterizada por una condición de frivolidad propia de la
posmodernidad. Los personajes desarrollan sus historias y su interacción social
en medio de la dicotomía de la pesadez y la levedad.
En La
historia interminable,
de Michael Ende , cuando la Emperatriz
Niña le ordena al Viejo de la Montaña Errante que le cuente la historia
interminable, el Viejo le advierte que en ese caso tendría que escribirla otra
vez, y lo que escriba sucederá de nuevo, dando lugar a un "final sin
final": entrarían al círculo del Eterno Retorno, del cual es imposible
salir. En la novela, la imagen del Eterno Retorno son dos serpientes
entrelazadas que se muerden la cola mutuamente.
El concepto de eterno retorno ocupa un lugar central en
ciertas obras de Nietzsche. Aparece explícitamente mencionada en La Gaya Ciencia (1882), Así Habló Zaratustra (1885) y En Ecce
Homo (1888)La doctrina de Nietzsche no es en absoluto
nihilista, pero su complejidad puede inducir a confusión. La idea de ser un superhombre entre hombres
Así Hablo
Zaratustra, trata deque únicamente abrazando al dolor y a la soledad, se puede
llegar a tan brillante y dorado destino. El eterno retorno es la doctrina de
vida del superhombre, dispuesto a crear una nueva moral, y destruir aquella
moral mermada y corrompida por el cristianismo, junto a aquellos rebaños que
obedecen y a aquellos pastores que la predican. El superhombre viviría su vida,
una y otra vez, sin arrepentirse jamás de alguna de sus decisiones, ya que las
mismas le llevaron a crear una nueva forma de anhelar la vida, la creación de
nuevos principios y valores, en la cual él mismo, es su juez y su verdugo.
Esta posibilidad
se nos muestra terrible, ya que, según Nietzsche, la mayoría de las personas
viven la vida sin la intensidad necesaria y sin la pretensión y anhelo de
convertir cada instante de ella en algo maravilloso en sí mismo hasta el punto
de justificar la existencia. Nietzsche afirma que el « superhombre»
(uno que se eleva por encima) es quien considera el eterno retorno como algo
positivo, ya que ha sido capaz de crear una vida tan intensa que la posibilidad
de que esta pueda ser repetida infinitas veces le parece maravillosa. Ante la
elección de repetir la misma vida o de tener otra vida diferente, el
superhombre desearía volver a vivir la vida que tien
“ Suponiendo que un día, o una noche, un
demonio te siguiera a tu soledad última, y te dijera: esta vida, tal como la
has vivido y estás viviendo, la tendrás que vivir otra vez, otras infinitas
veces; y no habrá en ella nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer y cada
pensamiento y suspiro y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida te
llegará de nuevo, y todo en el mismo orden de sucesión, también esta araña y
este claro de luna entre los árboles, y este instante, y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia
es dado la vuelta una y otra vez, ¡y tú con él, polvillo de polvo! Suponiendo
que así te hablara un demonio, ¿te arrojarías al suelo rechinado los dientes y
maldiciendo al demonio que así te habló? O has experimentado alguna vez un
instante tremendo en el que
contestarías: “¡eres un dios y jamás he oído decir nada tan divino!”. Si
esa noción llega a dominarte, te transformará y tal vez te aplastará. ¡La
pregunta ante todas las cosas -¿quieres esto otra vez, infinitas veces?-
pesaría como el peso más pesado sobre todos tus actos! O si no, ¿qué
categóricamente tendrías que llegar a decir sí a ti mismo y a la vida para no
aceptar nada más anhelosamente que esta ratificación última, eterna?-“ Friedrich Nietzsche La Gaya Ciencia; aforismo
341; p.225
Éste
es uno de los aforismos más conocidos y comentados de Nietzsche. Muchos lo
toman de manera literal; basados en la errónea idea propuesta por el mismo
filósofo: si la materia o la energía es limitada, y el tiempo es infinito, de
esto se deduce que a los largo del tiempo la materia cobrará la misma forma que
antes, al menos en algún momento de la eternidad. Y no sólo una, sino infinitas
veces.
El
problema, aquí, es que nadie dijo que el tiempo fuera infinito; así que la cosa
debe ir por otro lado. ¿Y cuál sería ese otro camino al que apunta Nietzsche
con su idea del eterno retorno? Pues está bastante más claro hacia el final de
la cita y podría resumirse así: Si tuvieses que vivir infinitas veces
tu vida ¿Estarías satisfecho o feliz de hacerlo? Si la respuesta es
«no» entonces aparece la pregunta más importante: ¿Y qué estás
haciendo, entonces, para que tu vida sea digna de ser vivida infinitas
veces?
Es otro
de los temas centrales de la filosofía nietzscheana: la voluntad de poder En síntesis: Vive como si fueras a
repetir cada acto de tu vida infinitas veces. ¿Por qué dañar a
alguien? ¿Es esto lo que quiero? ¿Debo decir Sí cuando quiero decir No o
viceversa? Preguntas de este tenor son las que deberíamos hacernos cada vez que
nos enfrentamos a una decisión de importancia; y responderlas bajo la
perspectiva de eterno retorno nos ayudará a tomar la mejor de ellas, aún cuando
no sea del agrado de la mayoría de las personas que las conocen.
El mito del eterno retorno. es la principal obra
del filósofo, historiador y novelista rumano Mircea Eliade escrita en 1949. Considerada como un clásico
o una particular introducción a la filosofía de la historia, el autor
reflexiona en esta obra sobre aspectos fundamentales de las sociedades arcaicas.
Eliade se cuestiona sobre ciertos elementos que constituyen las concepciones
del ser y de la realidad basándose en el comportamiento de las sociedades
premodernas, como los mitos, rituales, lo sagrado y lo profano y,
especialmente, la diferencia entre el hombre moderno y el hombre primitivo. El
mito y el ritual son vehículos de un "eterno retorno" al tiempo de
los orígenes. La vida del hombre tradicional está cargada de mitos y rituales
que constantemente lo unen con el tiempo sagrado, lo que le da valor a su
existencia.
Eliade estudia el concepto de realidad en las
sociedades indoeuropeas denominadas primitivas y arcaicas. El autor parte del
principio que en estas sociedades un objeto o gesto no es real porque repita
una acción efectuada in illo tempore (es decir, en
una época mítica, original), sino que adquiere sentido porque el ritual, que se
refiere a un arquetipo, se lo entrega por medio de una función o una fuerza
sagrada. Solo aquello que es sagrado es real. Por consiguiente, todo aquello
que no esté inmerso en el marco de un rito arquetípico no existe. Ciertas
actividades han experimentado lo que Eliade denomina largo
proceso de desacralización". Por ejemplo, la danza, la guerra e incluso la
ley. Estas en la actualidad han perdido su carácter sagrado, a pesar de que
cada una tiene un prototipo mítico.
Un acto no adquiere
un sentido hasta que repite un arquetipo ¿Qué
ocurre con la realidad del hombre? Esta no es real hasta que él se adentra en
esta esfera sagrada que es accesible gracias al rito. El resto de su vida
realmente no tiene importancia.
En las sociedades primitivas,
se encuentran ciertos motivos recurrentes relacionados con el paso del Caos al
Cosmos. Por ejemplo, la creencia en el regreso de los muertos al mundo de los
vivos, la extinción y la reanimación del fuego o las luchas rituales entre dos
personajes que simbolizan el combate entre el dios y el dragón primordial.
. La mayoría de los
eventos vividos fuera de los rituales se consideran como pecados de los que el
hombre debe liberarse. La vida en el tiempo profano es dolorosa, ya que carece
de sentido. Por ende, el hombre debe regenerarse en el tiempo mítico y para
esto efectúa ritos. En la medida que estos ritos repiten la cosmogonía, cada
nuevo rito es una nueva Creación. Algunos ejemplos de esto son la construcción
de altares védicos o la toma de posesión de territorios por los escandinavos.
Otro ejemplo del apego a la idea de las purificaciones periódicas es la
importancia de los ciclos lunares que se asimilaban a la existencia humana. Al
igual que la luna, la humanidad desaparecerá un día y luego renacerá. En este momento, la humanidad
volverá a sus orígenes. Por ende, «el pasado no es sino la prefiguración del
futuro»
Para los hebreos, las catástrofes cósmicas
eran en realidad llamados al orden de Yahué. Dado que provenían del propio
Dios, estos eventos tenían un cierto valor, un sentido, lo que contribuía a la
valorización de la Historia. La revelación forma parte de la Historia y, por
ende, no ocurrió en un tiempo mítico. El monoteísmo se diferencia incluso de
las creencias arcaicas por la visión lineal del tiempo resultante La abolición
de la historia ocurre después, de la degradación del Cosmos o del hombre
En el siglo I y II a. C., las sociedades
griegas y romanas retoman una teoría de las culturas arcaicas o primitivas:
la apocatástasis (mito de la conflagración universal).
Así, después de que el mundo haya sido consumido por el fuego, los buenos
(quienes saldrán indemnes) vivirán en la beatitud y la eternidad. Dicha
concepción también existe en ciertas creencias iranias donde el agua y el fuego
destruyen el mundo. En la tradición cristiana y hebrea, antes de esta
salvación, el mundo debe pasar por un periodo de tinieblas, indicio que anuncia
el fin del Cosmos. En su conjunto, la apocatástasis es una idea que tranquiliza
al hombre, ya que es un tránsito necesario para la llegada de tiempos mejores.
A principios del siglo XIX, las teorías de
Hegel tienden a revalorizar la historia. La noción de "necesidad
histórica" implica considerar los eventos por lo que son y no como frutos
del azar. Son lo que son porque deben serlo, "son la voluntad del Espíritu
Universal". Los profetas hebreos sostienen esta misma idea, ya que para ellos
cualquier evento es una teofanía, lo que le entrega validez. Los filósofos
historicistas tampoco ofrecen más escapatorias al problema del sufrimiento
debido a los eventos históricos.
Hasta hace poco, una parte relativamente
grande de la población toleraba la historia porque tenía un sentido "meta
histórico". Lo que sigue siendo el caso para las culturas denominadas
tradicionales. Para Eliade, solo las élites están involucradas en este asunto.
El autor cree en un regreso del hombre hacia las creencias arcaicas de
repetición arquetípica y en un rechazo o un olvido de todo gesto espontáneo que
no pertenezca a esta categoría y este objetivo de alejarse lo más posible de la
"historia".
Finalmente, el autor diferencia al hombre
moderno del hombre arcaico según el valor que cada uno otorga a los eventos
históricos. En este punto se basa toda la oposición entre estos hombres.
Después, Eliade los confronta y se pregunta qué críticas se les podrían hacer.
Por una parte, el hombre arcaico que rechaza "su historia" acepta
otra que no es la suya, aquella de los héroes civilizadores y que pertenece a
un tiempo mítico. También se puede criticar que el hombre arcaico vive en un
mundo exento de toda creatividad humana, ya que solo repite arquetipos. El
hombre moderno que se cree creador de la historia ve cómo su poder sobre esta
disminuye, ya sea porque esta se desarrolla por sí sola (como consecuencia de
los actos pasados) o porque solo una pequeña cantidad de hombres la construye.
Sin embargo, ambos han logrado combatir los sufrimientos de la historia: uno
por el retorno a los tiempos míticos gracias a los ritos y el otro por la
creencia en Dios.
Nietzsche, el filósofo
del martillo, se propuso como misión histórica e intelectual la destrucción de
los conceptos metafísicos sobre los que se cimentó la cultura de occidente –el
mismo que mató al dios cristiano y, por extensión, eliminó la importancia de
los dioses en la vida de los hombres–, el filósofo del materialismo del cuerpo
frente al idealismo de las mentes y las almas, el pensador solitario de la
tragedia y del superhombre… Ese filósofo irreverente al que le sobran las
razones transmundanas e inmateriales, acabó instalando todas sus grandes ideas
en el refugio teórico del tiempo eterno y la repetición permanente de lo
idéntico: todo cuanto ha existido
y existirá, todo cuanto es ahora, volverá a repetirse alguna vez bajo la misma
forma. Tú, que lees estas palabras ahora mismo. Y yo, que las escribo. Ya hemos
existido alguna vez y volveremos a existir siempre, idénticos a como somos
ahora, en el mismo sitio, en el mismo momento, con la misma apariencia que
ahora tenemos. Así de lapidarias suenan, a escuchas de
quienes se acercan a la filosofía de Nietzsche, las palabras que revelan la
realidad del eterno retorno.
Todos hemos sentido un
un déjà vu (sentir que ya has vivido antes una experiencia
del presente). La psicología incluye este fenómenos dentro de las paramnesias
del reconocimiento, perturbaciones que crean falsos recuerdos o experiencias
que el sujeto interpreta como si fueran reales. Según la teoría del Eterno Retorno, sentir que ya has vivido antes el
momento presente puede ser indicativo de que, efectivamente, alguna vez en
mitad de la inmensidad del tiempo, la misma configuración de la materia que se
da ahora tan sólo es la repetición de una configuración material que ya se dio
en el pasado. Y que volverá a darse otra vez, en algún momento (en infinitos
momentos), en el futuro.
. ¿Qué es el tiempo? ¿Cómo fluye? ¿Cuál es nuestro papel como
habitantes de sus ciclos vigorosos? Es un círculo donde pasado y presente se dan a la vez, en lo ilimitado,
formando parte de una misma cosa. El tiempo es como una serpiente que, al morderse
la cola, sitúa pasado y presente en un mismo comienzo y final. El círculo del
tiempo es pensado como una onda intramundana, como un anillo de momentos
temporales, de “ahoras”: todo cuanto acontece lo hace en el presente, en el
pasado y en el futuro; a la vez y siempre, eternamente.
No tenemos por ahora
ningún concepto ni ninguna representación que pertenezcan al tiempo mismo.
Todos nuestros conceptos temporales tienen una orientación intramundana; no
pensamos el todo del tiempo… Pensamos los momentos temporales. Tal vez el
pensar la totalidad universal del tiempo resulta posible tan sólo apartándonos
constantemente, por así decirlo, de representaciones temporales.
¿Qué significa
eternidad del tiempo? Eternidad del tiempo pasado, eternidad del tiempo
presente y eternidad del tiempo futuro. Si detrás del ahora yace una eternidad,
entonces cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber
recorrido ya, alguna vez, este espacio que recorremos ahora?
No es posible, en modo alguno, un pasado infinito como una cadena
infinita de acontecimientos siempre nuevos; si existe un pasado infinito,
entonces lo que puede en absoluto suceder ha tenido que haber sucedido ya; nada puede faltar en
él, estar todavía por venir, no haber sido ya, en algún momento: una eternidad
pasada no puede ser imperfecta, en ella no puede faltar nada.
El tiempo no puede tener ya nada fuera de sí mismo: todo cuanto puede
ocurrir, todo lo posible, debe haber ocurrida ya en algún momento. La eternidad
del pasado exige que haya sucedido ya todo lo que puede suceder, que haya
transcurrido ya un tiempo total. De igual manera, un futuro infinito, eterno,
exige que en él transcurran todos los acontecimientos intratemporales. Si el pasado y el
futuro son concebidos como eternidades, entonces debemos entenderlos como el
tiempo total incluyendo todo su posible contenido temporal: hechos,
acontecimientos, seres, estados de cosas; realidades posibles.
Todas las cosas, todo lo intratemporal, todo lo que transcurre dentro del
tiempo, tiene que haber transcurrido ya siempre y volver a transcurrir una vez
más en el futuro, si es que el tiempo es, como pasado y como futuro, el tiempo
total. El retorno de lo
mismo se basa en la eternidad del curso del tiempo. Todo tiene que haber
existido ya, todo tiene que volver a ser. Tal y como dice Nietzsche en Así
habló Zaratustra en una de las conversaciones que mantiene con el
enano que lleva sobre el hombro y que representa su soledad y su consciencia de
sí mismo y de todo lo rea.
El tiempo es eterno,
siempre ha sido y siempre será; pero las posibilidades de combinación de la
materia, en cambio, son limitadas. El número de posibilidades es incalculable, pero
limitado, al fin y al cabo. Esto quiere decir que si el tiempo es, efectivamente,
eterno e ilimitado, alguna vez a lo largo de esa eternidad se tendrán que
repetir, forzosamente, las mismas combinaciones de la materia que ya se han
dado alguna vez. Todo cuanto puede ser, todo lo posible, ha sido ya alguna vez
y volverá a serlo otras veces; y todo se repetirá de modo idéntico a
como es ahora, hasta el más mínimo detalle…
El gran William Shakespeare decía:
“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen,
muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan, pero para quienes
aman, el tiempo es eternidad. Todos tenemos la experiencia de
que el tiempo “vuela” cuando estamos disfrutando de una persona muy querida, o
de un acontecimiento apasionante. Pero también sentimos que el tiempo se
eterniza cuando asistimos a una actividad aburrida, que no nos interesa y de la
que no nos podemos librar, o cuando estamos con alguien que no es de nuestro
agrado. ¿De qué depende que el
tiempo se nos pase rápido o lento?
Básicamente,
podemos medir el tiempo de dos formas: objetiva y subjetivamente. El tiempo objetivo es,
por decirlo de una manera sencilla, el que mide el reloj, por lo que también
podríamos llamarlo “tiempo social”. Se trata de una convención, de un acuerdo
global entre todos los seres humanos. El tiempo subjetivo, sin embargo, es
nuestro reloj “interno”, que nos informa de nuestro propio ritmo con respecto
al social.
Todos aceptamos que la
hora “del reloj” es la hora con la que organizamos la vida, los hábitos, las
costumbres… Así tenemos, por ejemplo, nuestro horario para las comidas, para
trabajar, para el ocio, para descansar…Pero el tiempo subjetivo tiene, además,
otro matiz importante: ¿cómo
percibimos su transcurso?. Un momento puede parecernos una
eternidad, mientras que hay semanas que se nos pasan tan rápidas como un
suspiro. El tiempo se enlentece o se acelera según lo que está ocurriendo en
nuestro entorno, según la actividad que estamos desarrollando con quién estamos
en ese momento; es decir, está íntimamente relacionado con
nuestro interés nuestra motivación.
En realidad, vivir es convertir el
tiempo en experiencia; y si esta es grata… ¡muchísimo mejor! Sin embargo, todo
tiene su momento y cada cosa su tiempo, lo que significa que también debemos
dedicarnos a esos “tiempos de espera obligados” o hacer frente a situaciones difíciles en los que el tiempo se lentifica.
En muchas ocasiones, hacemos caso del
refrán “el tiempo es oro” y buscamos la manera de transformar los
tiempos “obligados” en tiempos “útiles”. Puede que
esta sea una manera sabia de aprovechar el tiempo, pero no es la reflexión que
nos ocupa. Se trataría de preguntarnos si, así, disfrutamos del tiempo.
¿Vibramos cada segundo de nuestra vida por el placer de estar vivos, por estar
haciendo lo que hacemos en cada momento?
Disfrutar no es
aprovechar el tiempo ni tampoco es divertirse. Disfrutar es la habilidad de
estar centrado en lo que se está haciendo o viviendo en cada momento.Disfrutar es aceptar cada
instante de nuestras vidas poniendo en él todos nuestros sentidos, dejándonos
sentir cada sensación, cada textura emocional, cada matiz
que nos aporta esa situación en la que estamos inmersos. Es fluir y dejarse
empapar por cada vibración de la vida.Incluso lo más aburrido o doloroso
resulta más pleno si estamos presentes, si nos entregamos
a ello con los cinco sentidos, con la totalidad de nuestro ser. Y es que solo
vivimos una vez, por lo que cada minuto es único e irrepetible.
El
secreto para disfrutar de nuestra vida es aprender a disfrutar de cada instante
de nuestra existencia, aceptando en cada momento lo que la
realidad nos pone delante. El escritor estadounidense Paul
Goodman decía en este sentido: “Vive la vida como tu corazón te diga que la
vida debe vivirse, y el mundo se volverá un lugar mejor para todos”.
1. Busca tu ritmo de vida. No
te cargues de actividades que lo único que consiguen es hacerte correr y estar
continuamente estresado. Procura dejarte tiempos libres para estar contigo mismo.
Y cuando no sean obligaciones, como el trabajo y otros compromisos realmente
ineludibles, ajusta tu tiempo a tu ritmo personal.
2. Sintoniza con tu reloj corporal. Acuérdate de que prácticamente todos los
procesos de tu cuerpo están controlados por tu reloj interno. El organismo
confiere a cada hora un tinte personal. Algunas personas son diurnas, mientras
que otras prefieren la noche. Ajustar una actividad a tu reloj corporal hace
milagros.
3. Disfruta tu tiempo libre. La actividad continua nos roba fuerza,
hace que los pensamientos profundos sean imposibles y desgasta las relaciones
con los demás. Por eso, necesitamos un tiempo de sosiego, de ocio, de descanso.
4. Vive cada instante. Entrena tu percepción y tus sentidos para
captar aquellos pequeños detalles del “aquí y ahora” que te reconfortan. Busca,
a lo largo del día, en cualquier momento, pequeñas satisfacciones y matices
nuevos en lo que estás haciendo. Encuentra la armonía que, a pesar del estrés y
la monotonía, haya tu alrededor.
5. Aprende estar centrado. Dedícate a hacer lo que estás haciendo
en cada momento. Recuerda que cada momento es único e irrepetible y está
cargado de magia. Aprende a descubrir esa magia.
Edward Hopper (1882-1967) fue
un pintor estadounidense que alcanzó la fama por sus retratos de la soledad en
la vida contemporánea. Mayormente conocido por sus pinturas al óleo,
Hopper también ganó reconocimiento por sus acuarelas y además produjo grabados
comercialmente exitosos.
Su pintura se caracteriza por un peculiar y rebuscado
juego entre las luces y las sombras, por la descripción de los interiores, que
aprendió de Degas y por el tema central de la soledad Se sintió atraído
por la obra de Manet, Pissarro, Monet, Sisley, Courbet, Daumier,
Toulouse-Lautrec y de Goya.La vida cotidiana estadounidense también fue un tema
que abordó en sus creaciones.
Se convirtió en uno de los primeros integrantes del Whitney Studio Club,
El Centro más dinámico para los artistas independientes de la época. Fue un
artista lento y metódico, a Hopper le tomaba un largo tiempo que una idea le
llegara, posteriormente la analizaba y no comenzaba a pintar hasta tener todo
solucionado en su mente. A menudo hacía bocetos previos hasta tener el perfecto
en el que se basaría para elaborar cuidadosamente sus composiciones, prueba de
ello es su obra New
Por Movie (1939) de la que realizó 53 bocetos. Su
efectivo uso de la luz y la sombra para crear un estado anímico fue
central en la obra del estadounidense.
Hopper estaba profundamente en el
discurso de Freud y
el poder del inconsciente. Escribió en 1939: “Tanto de cada obra de arte es la
expresión del subconsciente que me parece que la mayoría de las cualidades
importantes están colocadas inconscientemente, y pocas de importancia por el
intelecto consciente”.
Ningún artista como el neoyorquino nos habla
de lo que simboliza el confinamiento. Cuando vivía en Chicago, frecuentaba el
Art Institute para admirar los cuadros de Edward Hopper, especialmente Nighthawks.
Más tarde hacía lo mismo en Nueva York, en el Whitney; ambos museos cuentan con
una excelente colección del pintor. Recordé esas visitas cuando, en pleno
confinamiento, las redes se llenaron de imágenes de Hopper. Me preguntaba: ¿por qué Hopper nos
habla tan de cerca estos días?
Edward
Hopper es pintor de la soledad. De
la soledad y el aislamiento. En algunos idiomas hay dos palabras que se
traducen al castellano como soledad. En inglés hay la pareja solitude–loneliness,
significando la segunda una soledad triste, no buscada. La misma pareja
lingüística se encuentra en checo: samota–osamělost. Puede haber
distintos puntos de vista, pero Hopper pinta ambas soledades.
Nighthawks representa
a cuatro personajes en un bar nocturno: un hombre y una mujer que no son
pareja, sentados juntos, otro hombre más alejado en la barra, cada uno de ellos
sumergido en su melancolía. Completa la imagen de la desolación el camarero,
que lava las copas, y aunque contesta lo que le preguntan, su actitud muestra
que no pierde el tiempo en habladurías: le urge que esos últimos clientes se
marchen; en cambio ellos saben que si abandonan la ruidosa soledad del bar, su
desolación no hará sino crecer. Los personajes de Nighthawks son
un ejemplo de soledad en su acepción de loneliness. También lo
es Hotel Room: una mujer que lee, cansada, en una habitación de
hotel, con las maletas aún sin deshacer, detalle que proporciona un aire de
provisionalidad al espacio. La mujer en Automat está sentada
de noche en una cafetería vacía; su zozobra es patente también debido al hecho
de que la chica se ha quitado un solo guante.
Sus pinturas son un excelente ejemplo del llamado espacio
liminal. El término liminal deriva del latín: limen significa
umbral, de modo que espacio liminal se refiere al espacio que está más allá de
lo familiar. En los espacios liminales uno tiene la sensación de encontrarse
fuera de órbita, en lo desconocido. Es un espacio-tiempo transicional que puede
llegar a transformar a la gente. Los bares, aeropuertos, viajes en tren o avión
y hospitales pueden ser ejemplos de espacios liminales que casi siempre son
viajes en el tiempo. Al igual que lo es el sanatorio de Davos en el que Thomas
Mann situó su novela La montaña mágica, donde los enfermos intentan curarse de
la tuberculosis y mientras lo hacen se transforman.
Durante el confinamiento, contemplaba los cuadros de Hopper en la pantalla de mi ordenador y encontraba que se sitúan en espacios liminales. Me doy cuenta de ello con más agudeza tras la cuarentena que acabamos de pasar. Se trataba de un tránsito entre dos realidades: una conocida, la normalidad que dejamos atrás hace más de tres meses; la otra, ignorada, la que nos espera cuando se acabe el tiempo de nuestra soledad. En ese espacio liminal de recogimiento obligado, mientras los medios nos bombardean con mensajes sobre el mundo temible que encontraremos al salir del encierro, nos sentimos como los personajes de Hopper: solos y desasosegados por lo que nos aguarda. Hopper es el pintor que mejor expresa nuestra ansiosa soledad. Sus cuadros hoy resultan proféticos. Se le considera uno de los precursores del expresionismo abstracto.
Nacido en Nyack, una pequeña ciudad a orillas del río Hudson en una familia burguesa, Hopper entró en 1900 en la New York School of Art. En ese
instituto coincidirá con otros futuros protagonistas del arte estadounidense de
principios de los años cincuenta: Guy Pène du Bois, Rockwell
Kent, Eugene Speicher y George
Bellows.
Sin embargo, los contactos que
resultaron fundamentales para su formación y para su desarrollo como pintor son
tres de los profesores de la escuela: William Merrit Chase, que lo animó a estudiar y a copiar
lo que veía en los museos; Kenneth H. Miller, que lo educó en el gusto por una
pintura nítida y limpia, organizada en una composición espacial ordenada
y Robert Henri, que contribuyó a liberar el arte
de la época del peso de las normas académicas, ofreciendo de ese modo un
ejemplo activo al joven Hopper. Tras conseguir su título, Hopper obtuvo su
primer trabajo como ilustrador publicitario en la C. Phillips &
Company.
En 1906, viajó a Europa por
primera vez. En París,
experimentó con un lenguaje formal cercano al de los impresionistas.
Después, en 1907,
viajó a Londres, Berlín y Bruselas.
El estilo personal e inconfundible de Hopper, formado por elecciones expresivas
precisas, comenzó a forjarse en 1909, durante una segunda estancia en París de
seis meses, llegando también a pintar en Saint-Germain y Fontainebleau.
Su pintura se caracteriza por un
peculiar y rebuscado juego entre las luces y las sombras, por la descripción de
los interiores, que aprende en Degas y
que perfecciona en su tercer y último viaje al extranjero en 1910 a París y
a España,
y por el tema central de la soledad. Mientras en Europa se consolidaban
el fauvismo,
el cubismo y
el arte abstracto, Hopper se siente más atraído
por Manet, Pissarro, Monet, Sisley, Courbet, Daumier, Toulouse-Lautrec y por un pintor español
anterior a todos los mencionados: Goya,
cuyas obras ve en el Museo del Prado.
Regresó definitivamente a los Estados Unidos,
donde se estableció y permaneció hasta su muerte. En esos momentos Hopper
abandona las nostalgias europeas que le habían influido hasta entonces y
empieza a elaborar temas en relación con la vida cotidiana estadounidense,
modelando y adaptando su estilo a la vida cotidiana. Entre los temas que aborda,
abundan sobre todo las representaciones de imágenes urbanas de Nueva York y
de los acantilados y playas de la cercana Nueva Inglaterra.
En 1918 se convirtió en uno de los
primeros integrantes del Whitney Studio Club, el centro más dinámico para los
artistas independientes de la época. Entre 1915 y 1923 abandonó temporalmente
la pintura,
dedicándose a nuevas formas expresivas como el grabado,
usando la punta seca y el aguafuerte,
con los que obtuvo numerosos premios y reconocimientos, incluso alguno de la
prestigiosa National Academy.
El éxito conseguido con una exposición de acuarelas (1923) y otra de lienzos (1924) hicieron de Hopper el autor de
referencia de los realistas que pintaban escenas estadounidenses.
Como es por ejemplo Habitación en Nueva
York. Su evocadora vocación artística
evolucionó hacia un fuerte realismo, que resulta ser la síntesis de la visión
figurativa unida al sentimiento poético que Hopper percibe en sus objetos.
A través de imágenes urbanas o rurales,
inmersas en el silencio, en un espacio real y metafísico a la vez, Hopper
consigue proyectar en el espectador un sentimiento de alejamiento del tema y
del ambiente en el que está fuertemente inmerso, por medio de una esmerada
composición geométrica del lienzo, por un sofisticado juego de luces, frías,
cortantes e intencionadamente «artificiales», y por una extraordinaria síntesis
de los detalles. La escena aparece casi siempre desierta; en sus cuadros casi
nunca encontramos más de una figura humana, y cuando hay más de uno lo que
destaca es la alienación de los temas y la imposibilidad de comunicación
resultante, que agudiza la soledad. Algunos ejemplos de este tipo de obras
son Nighthawks o Despacho en una
ciudad pequeña (1953).
Para 1923, la lenta subida de Hopper finalmente produjo un gran avance.
Se reencontró con Josephine Nivison, artista y exalumna de Robert Henri,
durante un viaje de pintura de verano en Gloucester, Massachusetts. Eran
opuestos: ella era baja, abierta, gregaria, sociable y liberal, mientras que él
era alto, reservado, tímido, callado, introspectivo y conservador. Se
casaron un año después. Ella comentó: "A veces hablar con Eddie es como
tirar una piedra en un pozo, excepto que no golpea cuando toca el fondo".3
Ella subordinó su carrera a la de él y compartió su estilo de vida solitario.
El resto de sus vidas giraron en torno a su apartamento libre en la ciudad y
sus veranos en South Truro en Cape Cod. Ella manejó su carrera y sus
entrevistas, fue su modelo principal y su compañera de vida. 3
acuarelas El artista había
demostrado su habilidad para transferir su atracción por la arquitectura
parisina a la arquitectura urbana y rural estadounidense. A los cuarenta y uno,
Hopper recibió más reconocimiento por su trabajo. Continuó albergando amargura
por su carrera, luego rechazó apariciones y premios. Con su estabilidad
financiera asegurada por ventas constantes, Hopper viviría una vida simple y
estable y continuaría creando arte en su estilo personal durante cuatro décadas
más.
Su Two on the Aisle (1927) se vendió
por un récord personal de 1,500 dólares, lo que le permitió a Hopper comprar un
automóvil, que solía hacer excursiones a áreas remotas de Nueva Inglaterra. En
1929, produjo Chop Suey y Railroad Sunset. Al año siguiente, el mecenas de arte
Stephen Clark donó House by the
Railroad (1925)
al Museo de Arte Moderno, la primera pintura al óleo que
adquirió para su colección.7
Hopper pintó su último autorretrato al óleo alrededor de 1930. Aunque Josephine
posó para muchas de sus pinturas, se sentó para un solo retrato formal al óleo
de su marido; Jo Painting (1936).
A Hopper le fue mejor que a muchos
otros artistas durante la Gran Depresión.
Su estatura aumentó notablemente en 1931 cuando los principales museos,
incluido el Museo Whitney de
Arte Estadounidense y
el Museo Metropolitano
de Arte, pagaron miles
de dólares por sus obras. Vendió 30 pinturas ese año, incluidas 13 acuarelas.
Al año siguiente participó en el primer Whitney Annual, y continuó exhibiendo
en cada anual en el museo por el resto de su vida
1930, los Hoppers alquilaron una cabaña en
South Truro, en Cape Cod. Regresaron todos los veranos por el resto de sus
vidas, y construyeron una casa de verano allí en 1934.10
Desde allí, viajarían en automóvil a otras áreas cuando Hopper necesitaba
buscar material fresco para pintar. En los veranos de 1937 y 1938, la pareja
pasó largas temporadas en Wagon Wheels Farm en South Royalton, Vermont, donde
Hopper pintó una serie de acuarelas a lo largo del Río Blanco. Estas escenas
son atípicas entre las obras maduras de Hopper, ya que la mayoría son paisajes
"puros", desprovistos de arquitectura o figuras humanas. First Branch
of the White River (1938), ahora en el Museo de Bellas
Artes de Boston,
es el más conocido de los paisajes de Hopper en Vermont.
Hopper murió en su estudio cerca
de Washington Square
Park en la ciudad de Nueva York el
15 de mayo de 1967. Fue enterrado dos días más tarde en la parcela de su
familia en el Oak Hill Cementery en Nyack, Nueva York, el lugar donde nació. Su mujer falleció diez meses
más tarde y fue enterrada junto a él.
Su mujer legó su colección conjunta
de más de tres mil obras al Museo Whitney de Arte
Estadounidense. Otras
obras significativas de Hopper se encuentran en el Museum of Modern Art en Nueva York, el centro de
arte Des Moines y el Art Institute of
Chicago.
Siempre reticente a la hora de
hablar sobre sí mismo y su obra, Hopper simplemente dijo: "La respuesta
completa está en el lienzo."9
Hopper era estoico y fatalista — un hombre silencioso e introvertido con un
amable sentido del humor y de conducta franca. Hopper se sentía atraído por un
simbolismo emblemático y anti-narrativo, 16
que "pintaba breves momentos de configuración, saturados de
sugestión". 17
Sus espacios silenciosos e intranquilos encuentros "nos tocan donde más
vulnerables somos",17
y tienen "una sugestión de melancolía, siendo esa melancolía
representada". 18
Su sentido del color le delató como un pintor puro. 19
cuando él "transformaba lo puritano en purista, en sus silenciosos lienzos
en los que las manchas y las bendiciones se equilibran". Según el crítico Lloyd Goodrich,
él era "un pintor eminentemente nativo, quien más que nadie estaba
captando más la calidad de América en sus lienzos".2122
Conservador en política y asuntos
sociales (Hopper afirmó, por ejemplo, que “las vidas de los artistas deberían
ser escritas por personas muy cercanas a ellos”)23
aceptaba las cosas tal y como eran y mostraba una ausencia de idealismo. Culto
y sofisticado, fue un hombre bien leído, y muchos de sus cuadros muestran
personas leyendo. Él fue por lo general buena compañía y no le perturbaba
el silencio, aunque era a menudo taciturno, gruñón o desinteresado. Siempre
serio sobre su arte y el ajeno, y cuando le preguntaban respondía francamente.
El buen arte es la expresión
exterior de la vida interior del artista, y su vida interior resultará en su
visión personal del mundo. Ninguna cantidad de invención talentosa puede
reemplazar el elemento esencial de la imaginación. Una de las debilidades de
las pinturas mucho más abstractas es el intento de sustituir las invenciones
del intelecto humano por una concepción imaginativa privada.
La vida interior de un ser humano es
un campo vasto y variado y no se ocupa solo de estimulantes disposiciones de
color, forma y diseño.
A pesar de que Hopper reclamó que él
no introdujo significados psicológicos en sus pinturas, él estaba profundamente
interesado en Freud y
el poder del inconsciente. Escribió en 1939, “Tanto de cada obra de arte es la
expresión del subconsciente que me parece que la mayoría de las cualidades
importantes están colocadas inconscientemente, y pocas de importancia por el
intelecto consciente.”26
Mayormente conocido por sus pinturas
al óleo, Hopper comenzó a ganar reconocimiento por sus acuarelas y además
produjo algunos grabados comercialmente exitosos. Adicionalmente, sus cuadernos
contienen bocetos a lápiz y bolígrafo de alta calidad, que no fueron hechos para
ser vistos por el público.
Hopper prestaba particular atención
al diseño geográfico y la cuidadosa localización de figuras humanas en
equilibrio con el entorno. Él fue un artista lento y metódico. A menudo hacía
bocetos previos para elaborar sus cuidadosamente calculadas composiciones. Él y
su mujer mantenían un detallado libro con sus
Su efectivo uso de la luz y la sombra para crear un estado anímico es central en los métodos de Hopper. La brillante luz solar (como emblema de la introspección o la revelación), y las sombras que arroja también juegan roles simbólicamente poderosos en las pinturas de Hopper Su uso de efectos de luz y la sombra se han comparado con la cinematografía del cine negro.
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