Segovia y Valladolid tuvieron su momento de mayor esplendor en el siglo XVI: Segovia como capital industrial de la Península, merced a la gran importancia de su actividad textil lanera; Valladolid en tanto que capital política de la Corona de Castilla y, de alguna manera, del imperio de Carlos V. No eran núcleos competidores sino complementarios. No entorpecían su desarrollo mutuo, se potenciaban. No ocurría lo que con otras ciudades rivales: la mercantil Burgos, la universitaria Salamanca, la financiera Medina del Campo.
Valladolid fue sede de la corte castellana durante la primera
mitad del siglo XVI, cuando en 1517
Carlos I traslada a ella sus principales instituciones: la Real Cancillería,
máximo tribunal de justicia del reino; las Cortes que, dentro de su tradición
itinerante, pasan a celebrarse fundamentalmente en la ciudad; los Consejos,
órgano asesor del monarca cuya norma era establecerse allí donde el
permaneciese habitualmente; o el Tribunal del Santo Oficio. La ciudad pasa de
6.640 vecinos a 35.000 y rebosa de
nobles, funcionarios y letrados,
eclesiásticos, adinerados burgueses, banqueros, artesanos de lujo y mercaderes.
La capitalidad y su inmejorable situación estratégica la convierten en gran
consumidora de capitales, trabajo, cultura, honores y poder, núcleo y factor
estimulante del desarrollo de las
actividades agrícolas, secundarias y terciarias de las zonas cercanas.
Es entonces la principal de las capitales europeas, escenario de
innumerables acontecimientos de la gran política del emperador Carlos V. En
muchos momentos fue la cabecera del mundo, y su desarrollo continuaría hasta
que en 1559 el vallisoletano Felipe II traslada la Corte a Madrid,
geopolíticamente mucho más cerca del oro sevillano. Consejos, cortesanos,
funcionarios, burgueses y banqueros salen para la nueva Corte, entrando así
Valladolid en una larga fase de crisis y
decadencia secular.
Intereses económicos, políticos y administrativos unían pues a
estas dos grandes ciudades, mientras las
malas comunicaciones la separaban. Una densa red viaria se tejió entre Valladolid y Toledo, pero sus
principales caminos no pasaban por Segovia, y eso que estaba a poca distancia,
dos jornadas de correo. Para bien y para mal, Segovia siempre estuvo mucho más
cerca de Madrid, mientras Valladolid era fundamentalmente un céntrico punto de
destino.
Y de este pasado de
esplendor y decadencia de Segovia y Valladolid y del camino que los une habla
este libro. También de unas técnicas
tradicionales que durante siglos se han utilizado para construir las infraestructuras
de comunicaciones; de estructuras como los puentes; de la decadencia de
Castilla y de otros caminos, como los de la seda o
la lana. Un camino simbolizado en el pino, pues no en balde el camino
discurre a lo largo de 65 kilómetros por la denominada Tierra de pinares, el mar de Castilla, un espléndido y desconocido
paisaje pleno de posibilidades para el turismo rural. Y el recorrido del
caminante por este itinerario deviene un viaje sentimental por sus núcleos
urbanos más significativos, y las impresiones que le sugieren su patrimonio
monumental y su configuración urbana, el arte y
la cultura.
Ciudades vecinas, aliadas y rivales
Durante mucho tiempo los intereses castellanos unieron, mientras
las malas comunicaciones separaban, a estas dos ciudades principales.
Básicamente, el periodo entre 1480 y 1580 supuso, en todos los aspectos, el
momento de mayor esplendor de ambas. Muchos factores contribuyeron a su crisis
posterior.
Pese a la densa red viaria tejida en la Castilla interior entre
Valladolid y Toledo, los principales caminos desde Valladolid hacia el sur no
pasaban por Segovia, y eso que estaban a poca distancia: a dos jornadas de
correo. Para bien y para mal, Segovia siempre estuvo mucho más cerca de Burgos
y de Madrid, mientras Valladolid era fundamentalmente un céntrico punto de
destino.
No eran núcleos competidores sino complementarios. No
entorpecieron su desarrollo mutuo, como sí ocurría al comparar a ambas ciudades
con sus rivales Burgos o Salamanca. Segovia, situada en zona de pastizales y en
el eje de las cañadas de la trashumancia, organizaba la gran industria de lanas
y paños; por el contrario, Valladolid, gran consumidora de capitales, trabajo,
cultura, honores y poder, estimulaba el desarrollo de las actividades
agrícolas, secundarias y terciarias de las zonas cercanas y de su propia
estructura socio profesional. Segovia era la 'fábrica de Castilla', mientras
que Valladolid, presentando una inmejorable situación estratégica para convertirse
en la gran sede comercial y financiera castellana o en el centro intelectual
del país, pasaría a ser la capital política, pero no fija ni mucho menos
definitiva de la corte y de las reuniones de Cortes, tras fracasar en su empeño
por alcanzar la primacía ferial y universitaria o acaparar otras funciones
urbanas relevantes: dependía de las actividades de toda la región circundante.
La 'Comunidad de Villa y Tierra' de Segovia constituye un ejemplo
perfecto de cooperación; Valladolid también contaba con una amplia
jurisdicción, aunque menor. Ambas eran ciudades
realengas, que pagan a su majestad -que Dios guarde- todas las contribuciones
generales establecidas. Y las dos tenían voto en Cortes, entre las
dieciocho castellanas. Aunque con diferente peso específico individual,
presentan una misma evolución privilegiada y ascendente hasta finales del siglo
XVI, dentro de la tónica general de la Castilla del momento.
También eran 'ciudades de acarreo'. El transporte de mercancías
para abastecerse multiplicaba la llegada de las carretas. Trajinantes que iban
cargados de cereales, de vino y del resto de alimentos y materias primas
necesarias para la supervivencia urbana. Un acarreo asimismo favorecido por la
recepción de las rentas feudales y los diezmos correspondientes a los grupos
privilegiados y perceptores de derechos sobre las cosechas, alto clero
diocesano, monasterios, terratenientes acomodados y nobles con mayorazgos,
quienes además solían vedar la introducción del vino forastero hasta no
consumir el propio (prerrogativa de 'la vida'), impidiendo a las tabernas
locales vender otros caldos ordinarios a los vecinos. Valladolid tenía en 1561
cerca de 7.000 habitantes y 9.000 en 1590.
Segovia 4.500 en 1561 y 6.000 en 1590.
Siguiendo la ruta de Valladolid a Segovia, durante el Antiguo
Régimen, dentro del transporte con animales de carga se diferenciaban el arriero
que conducía géneros por encargo, y el trajinante, que compraba y vendía los
mismos por cuenta propia. En realidad casi todos eran personajes mixtos, como
los maragatos o los miembros de la 'Real Cabaña de Carreteros del Reino'
rodante desde finales del XV (Arrieritos
somos y en el camino nos encontraremos; Jurar como un
carretero; Quien hace la carreta, sabrá desacella). Así, por ejemplo, como Segovia dependía mucho del exterior, a
mediados del siglo XVIII contaba con doce arrieros de recua, doce acarreadores,
catorce alquiladores de mulas, setenta y cuatro gabarreros (para aportar la
leña suficiente a la ciudad), cuatro caleseros, doce mesones y algunos otros
carreteros, cocheros, maestros de coches y oficiales de hacer carros.
Aunque no de forma lineal, Valladolid experimentó un notable
crecimiento en las primeras seis décadas del siglo XVI. Fundamentalmente entre 1517
y 1559, años de residencia cuasi definitiva de la corte en la villa, tuvo lugar
su más espectacular expansión. Extranjeros, castellanos y gentes de toda la
Península se acercaban entonces a sus palacios. La población crecía
constantemente y se veía mejorar: en 1548 Pedro de Medina decía que es la villa más grande, noble y principal de
todas las de Castilla.
Tras la marcha de la corte, no obstante, se paralizó y comenzó a
perder su posición cabecera como la más poblada y una de las más ricas del
reino. Entre tanto, se remodeló su casco urbano, la construcción florecía y
todo tipo de oficios se asentaban en sus barrios céntricos y periféricos. Era
una típica 'ciudad terciaria' y 'bien abastecida', y su estructura social así
lo ilustra claramente: más aún, en contraposición con las ciudades de su
entorno, estaba especializada en el sector servicios, en función de las enormes
necesidades de todo tipo de los privilegiados nobles, muchos de ellos con
funciones administrativas cortesanas, y al concentrar, además de a numerosos
hidalgos en el entorno judicial, a la mayor parte de la aristocracia de la
época. En ningún otro lugar convivían tantos títulos y grandes.
Su amplio prestigio social y capacidad económica posibilitaron su
especial configuración como gran mercado que ofertaba servicios muy
cualificados, suntuarios, artísticos y de lujo. Por otra parte, aunque no fue
obispado -ni ciudad- hasta finales del siglo XVI, sin embargo, el abad y los
grandes monasterios regulares (San Benito, San Pablo, Nuestra Señora de Prado o
Las Huelgas) también la caracterizaban, máxime al marchar la corte, como
'levítica'. El resto de la masa social dependía de aquellos privilegiados,
trabajando en la Chancillería, en la Universidad o en el Santo Oficio de
Inquisición, y como comerciantes importadores o artesanos de todo tipo, junto a
mesoneros y taberneros y muchos mendigos, pícaros, delincuentes, ladrones,
pobres y prostitutas. Por eso mismo, muchas distracciones, fiestas,
representaciones teatrales, actos religiosos, tertulias, toros, alardes y
juegos de cañas se sucedieron en sus calles hasta 1559. Después, el pavoroso
incendio de su zona más céntrica, en 1561, constituyó otro de los hitos
negativos más definitivos para la urbe.
En definitiva, Valladolid no era mercantil como Burgos, ni
industrial como Segovia, ni financiera como Medina, ni tan universitaria como
Salamanca. Eso sí, era la capital política, y la sede más frecuente de las
reuniones de Cortes, hasta que Madrid tomó el relevo desde los años sesenta:
una ciudad de funcionarios y letrados, de ricos hombres, rentistas y nobles, y
de artesanos de lujo y mercaderes.
Por su parte, 'hacer los paños' constituyó el gran negocio de Segovia
y la base de su prosperidad. El oficio continuo de su vecindario, incluyendo a
muchas mujeres, era hilar la lana para labrar posteriormente los paños, de los
que llegaron a producir más de trece mil piezas de gran calidad anualmente. El
obraje de los más finos estructuró aquella urbe: y casi todos viven de este trato (Cock, 1592).
Así, el proceso explicativo de su trayectoria histórica se centra
en los avatares de su principal actividad económica. La historia demográfica,
social, política y artística segoviana, su esplendor y decadencia, estuvo
determinada por la coyuntura de la pañería. Siempre fue conocida
internacionalmente por la importancia que en su estructura laboral tuvieron las
ocupaciones relacionadas con el sector textil lanero: cuando a mediados del
Setecientos no se fabricaban ya ni la mitad de paños que hacia 1580, y veía
reducida su población en la misma medida, seguía siendo la actividad clave y el
motor, gripado, de la urbe.
Los segovianos fueron conscientes de su trascendencia, bien para
reforzar y defender sus obrajes o para buscar su recuperación. Esa es la causa
de que (aunque el clero catedralicio y regular fuesen los principales
propietarios de los inmuebles situados dentro de sus murallas) el 70% de su
vecindario se concentraba en las parroquias obreras de su arrabal, extramuros,
marcando también la dicotomía funcional y social de la ciudad; y por eso
también las nuevas fortunas segovianas, fruto del comercio de las lanas o de la
fabricación de sus paños, siempre consideraron sus riquezas un instrumento para
ennoblecerse y adoptar formas de vida nobiliarias, abandonando rápidamente sus
actividades burguesas. Lanas y paños fueron las claves de su éxito, a la par
que lastre decisivo para el fracaso de la consolidación de su proceso
innovador.
En suma: conoció sus
mejores momentos en el periodo 1570 - 1590; sus intereses textiles colisionaron
siempre con los exportadores burgaleses. Y el carácter monolítico de su
economía aceleró su decadencia cuando llegó la crisis general.
El movimiento comunero: la
derrota de una causa segoviana y vallisoletana
La ausencia de un poder central fuerte y el ansia de la nobleza
para recuperar poder, el antagonismo de intereses entre la burguesía
castellana, el malestar de los conversos o los intentos de acabar con las
cargas feudales rurales, junto a las aspiraciones de las capas medias populares
por lograr una representación política en los poderes municipales y en la
procuración del reino en Cortes más acorde con su peso social se unen para
desencadenar aquel estallido revolucionario (1520 - 1521). El discurso
eclesiástico, la presión fiscal, el alza de precios y los beneficios a los
flamencos, junto a la defensa de los intereses de doña Juana y la crítica a la
salida de dinero hacia Europa, acaban precipitando el enfrentamiento civil.
Así, en León, Segovia y Valladolid, ya desde 1518, se incuba entre una minoría
urbana cada vez más numerosa un estado de ánimo opuesto a Carlos.
La amplitud de las protestas contra los impuestos, rápidamente
aprovechadas por Toledo en el plano político, colocan a Adriano de Utrecht y al poder central en una
posición muy delicada. El 8 de junio de 1520 Toledo propone a las ciudades
representadas en Cortes celebrar una reunión urgente con el fin de poner orden
en el reino: es la base de la 'Junta de Ávila' (1 de agosto): Segovia,
Salamanca, Toro y Zamora son las primeras en apoyar dicho proyecto. Por el
contrario, el regente se instalaba en Valladolid el 5 de junio, donde
permanecería aislado junto al Consejo.
Ante la aprobación de los servicios extraordinarios solicitados
por Carlos y la desconexión entre los poderes municipales y los delegados en
Cortes, Toledo fue la primera en levantarse y expulsar a su corregidor,
sustituyéndole por una comunidad. Segovia ejecutó a uno de sus procuradores.
Ambas ciudades comenzaron a organizar sus milicias urbanas, dirigidas,
respectivamente, por Juan de Padilla y Juan Bravo. Adriano de Utrecht optó por
la represión. Entonces, las más importantes ciudades castellanas expulsaron a
los funcionarios regios, aunque Valladolid tardó en sumarse de forma manifiesta
a la revuelta, pues el regente y el Consejo Real permanecieron en dicha villa.
La 'Santa Junta' comunera, ya en Tordesillas, decretó la disolución del
Consejo, estableciendo la prisión de sus miembros, quienes se refugiaron en
Medina de Rioseco el 15 de octubre, después de que Valladolid acabase con su
moderantismo anterior y se convirtiese en el centro de la revolución, tras la
caída de Tordesillas en manos reales en diciembre de 1520.
La convocatoria de las
Cortes de Valladolid de 1518 había preparado el terreno para la agitación y el
agravamiento de las tensiones relacionadas con las Comunidades, al pedir la
prohibición de la salida de dinero del país y la reserva a los castellanos de
los cargos públicos y los beneficios eclesiásticos, reafirmando los derechos al
trono de la reina Juana como superiores a los de su hijo y acusando al rey de
no estar al servicio de la nación, tras recordarle todos sus deberes. Aún sin
atacarle, la xenofobia, la oposición a la corte flamenca y la inquietud por los
intereses de Castilla estaban muy presentes entre amplios sectores de la
población por aquellos días, como muestran los carteles y libelos, los
numerosos sermones y prédicas que aludían abiertamente a los males del reino.
La solución de los
problemas estaba en el acceso de los medianos a la gobernación del reino. Así,
cuando Carlos regresó a Valladolid en marzo de 1520 camino de las Cortes de
Santiago fue recibido con escaso aplauso: pocas fechas antes los delegados de
catorce cuadrillas locales se habían pronunciado contra la aprobación de un
nuevo servicio (en La Coruña, los procuradores vallisoletanos, al igual que los
de Zamora y León, acabaron votándolo). Apenas permaneció aquí cuatro días: las
campanas de San Miguel tocaron a rebato, al tiempo que el pueblo en armas trataba
de impedir la salida del cortejo real, que, sólo gracias a los soldados, logró
abrirse camino y abandonar precipitadamente la villa.
Una vez que el capitán Juan Bravo se convirtió en su jefe comunero (se encargó del reclutamiento de la llamada 'gente de ordenanza', a la que Segovia aportaría, igual que Ávila, dos mil hombres armados como infantería popular), los primeros brotes se dirigieron contra los recaudadores de impuestos, las autoridades locales y el entorno regio. Desde entonces Segovia sería escenario de los primeros y más violentos incidentes: aprovechando la reunión de los cuadrilleros encargados de la siempre gravosa recaudación hacendística municipal, el 29 de mayo de 1520, en la iglesia del Corpus Christi, se acusaba a los representantes del poder central y al corregidor. El oficial López Melón denunció tales sediciones como un crimen de lesa majestad. Le lincharon sin proceso previo, mientras otro compañero que protestó por aquellos actos también corrió la misma suerte. Al día siguiente, y en ese clima de excitación, el segoviano Rodrigo de Tordesillas debía a dar cuenta de su actuación como procurador en Cortes. La multitud se agolpó en torno al templo de San Miguel donde el regimiento le esperaba. No le escucharon. Le arrastraron a prisión: entre golpes e insultos acabaron estrangulándole en plena calle; luego también sería colgado junto a las dos víctimas de la jornada precedente. Todos eran traidores, y cómplices de los flamencos y de los cortesanos; se oponían a la comunidad.
El rey quería gobernar sin interferencias. Se trató de intimidar a los rebeldes. La represión incrementó la determinación segoviana, generando un movimiento de simpatía y solidaridad, preludio de la inminente guerra civil. El juez Ronquillo recibió la orden de abrir una investigación sobre el asesinato de Tordesillas. Sus amenazas exasperaron a los segovianos cuando transformó la pesquisa en una expedición de castigo. Desde Santa María de Nieva, trató de aislar completamente la ciudad. La repulsa del vecindario les unió como nunca en torno a los jefes de la comunidad y de Juan Bravo: a más presión más determinación de armarse, defenderse y resistir. Toledo puso su milicia, con Juan de Padilla al frente, en pie de guerra para auxiliar a Segovia. Este detonante provocaría todo el levantamiento revolucionario final.
La La situación de Valladolid sería mucho más crítica que la primera
segoviana cuando el peso político y militar se fue desplazando desde Toledo,
Ávila y Segovia hacia Medina del Campo, Tordesillas, Torrelobatón, Simancas,
Villabrágima, Medina de Rioseco, Cigales, Valladolid y Villalar (sólo
finalmente el movimiento comunero abandonaría tierras vallisoletanas para
permanecer únicamente y por no mucho más tiempo en la zona toledana). Pese a
que Toledo fue cuna comunera y la última en rendirse, realmente sólo alcanzó su
pleno desarrollo en la Castilla meseteña.
Sal Simancas, Toledo y Valladolid, los más intransigentes. Por eso
también, entre los finalmente amnistiados con el perdón general regio, la mayor
cantidad de indultados era vallisoletana (casi una cuarta parte: un mínimo de
67) y de Segovia, con 24.
Valll Valladolid albergaba al regente y al Consejo Real por lo que tardó en sumarse al levantamiento. El incendio provocado de Medina precipitó la adhesión de la villa, iniciándose el motín descrito. En los días siguientes huyeron varios consejeros, y el 15 de octubre Adriano, aislado y sometido a vigilancia, también huyó. A pesar de la fuerza de la presión vecinal, estimulada por el clero y los soldados, aún prevalecían los planteamientos mesurados que bloqueaban las iniciativas más revolucionarias de Toledo y Segovia. Con todo, la línea más radical logró el control local en noviembre, convirtiendo a Valladolid en el más sólido sostén de la Junta y núcleo central del movimiento. Así, el 5 de diciembre se convirtió en la tercera sede de la Junta y en capital comunera hasta el 23 de abril de 1521. Etapa final en la que su comunidad (al tener un reclutamiento muy popular) fue la más dinámica de todas, rechazando toda posibilidad de compromiso.
Sig Sigiendo la secuencia: calma relativa inicial, incorporación
tardía, dirección moderada, explosión violenta y radicalización final, en
noviembre, la Junta triunfó definitivamente en Valladolid. Desde entonces se
convirtió en el más sólido bastión del movimiento comunero, lo que quedó
patente tras la toma de Tordesillas por las tropas reales y valorando la
acogida dada a la Junta y su labor de vigilancia y control posterior de las
decisiones: en realidad, más que en la Junta general, era en las cuadrillas de
Valladolid donde se trazaba la política a seguir. Los virreyes trataron de
doblegar tal determinación, sacando de allí a la Chancillería y presionando
sobre su estudio universitario. Pese a todo, continuó hasta el último momento
apoyando la causa comunera, por lo que, al final, sufriría más las
consecuencias de su papel capitalino: sería la más duramente castigada por su
participación en la guerra.
Con anterioridad y cuando todavía creían poder restablecer los poderes de la reina Juana, había nacido la 'Santa Junta de Tordesillas' a partir del 19 de septiembre, contando con la presencia de las trece ciudades con voto en Cortes al norte de Sierra Morena. Poco duraría la unidad de todos, pues muy pronto Burgos y Valladolid abandonarían. Unidas en el último momento (aunque el poder real triunfó en la primera, no ocurrió así en la segunda), precisamente eran las que bloquearon entonces más abiertamente las expectativas toledanas, salmantinas y segovianas de lograr un verdadero gobierno provisional.
más Después de la toma de Tordesillas por las tropas realistas, éstas pudieron finalizar la rebelión marchando raudas sobre Valladolid. Sin embargo, sus jefes prefirieron esperar, dando tiempo a la Junta a reorganizar su mando militar tras la dimisión de Girón. Tampoco ellos supieron golpear con eficacia tras controlar Tierra de Campos y apoderarse de Torrelobatón: estaban divididos, política y militarmente. Los dos bandos confiaban más en la dialéctica que en las armas para imponerse, y entre diciembre y abril se sucedieron las negociaciones. Los comuneros, agotados por estas dilaciones más que por los combates, se hundirían definitivamente en Villalar; derrota que provocó la inmediata dispersión de la Santa Junta. De hecho, la pérdida de Tordesillas había supuesto ya el inicio de su fracaso. Entonces todos buscaban ya la salida más honrosa posible.
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