sábado, 10 de junio de 2023

IV. 1 El camino de pinares: presentación

 


         Segovia y Valladolid tuvieron su momento de mayor esplendor en el siglo XVI: Segovia como capital industrial de la Península, merced a la gran importancia de su actividad textil lanera; Valladolid en tanto que capital política de la Corona de Castilla y, de alguna manera,  del imperio de Carlos V. No eran núcleos competidores sino complementarios. No entorpecían su desarrollo mutuo, se potenciaban. No ocurría lo que con otras ciudades rivales: la mercantil  Burgos, la universitaria Salamanca, la financiera Medina del Campo.

            Segovia, situada en zona de pastizales y en el eje de las cañadas de la trashumancia, monopolizaba  la industria textil lanera. Hacer los paños constituía su gran negocio y la base de su prosperidad, el oficio continuo de su vecindario, incluyendo a muchas mujeres. Su historia demográfica, social, política y artística, su esplendor y decadencia, estuvo determinada por la coyuntura de la pañería: su prestigio internacional venía determinado por la importancia cuantitativa del sector textil lanero y por la calidad de sus tintes, admirados por franceses, italianos y flamencos.

                Segovia era la ciudad industrial por excelencia de Castilla: llegó a contar a finales del siglo XVI con cerca de veinte mil oficiales de la lana., Además del textil,  poseía una importante manufactura de sombreros, cueros y papelería, además de  su rica Casa de la moneda. Hasta que a mediados del siglo XVIII, con la primera revolución industrial, la rueca y el telar manual  son sustituidos por los grandes inventos ingleses en este campo y la aplicación a los mismos de la fuerza de vapor. La mecanización desplaza a Inglaterra la supremacía mundial del sector. Segovia no fabrica entonces ni la mitad de paños que hacia 1580, y ve reducida su población en la misma medida, aunque la industria textil sigue siendo su actividad clave y el motor, gripado, de la urbe.

 

Valladolid fue sede de la corte castellana durante la primera mitad del siglo XVI,  cuando en 1517 Carlos I traslada a ella sus principales instituciones: la Real Cancillería, máximo tribunal de justicia del reino; las Cortes que, dentro de su tradición itinerante, pasan a celebrarse fundamentalmente en la ciudad; los Consejos, órgano asesor del monarca cuya norma era establecerse allí donde el permaneciese habitualmente; o el Tribunal del Santo Oficio. La ciudad pasa de 6.640 vecinos a 35.000 y rebosa  de nobles,  funcionarios y letrados, eclesiásticos, adinerados burgueses, banqueros, artesanos de lujo y mercaderes. La capitalidad y su inmejorable situación estratégica la convierten en gran consumidora de capitales, trabajo, cultura, honores y poder, núcleo y factor estimulante  del desarrollo de las actividades agrícolas, secundarias y terciarias de las zonas cercanas.

 

Es entonces la principal de las capitales europeas, escenario de innumerables acontecimientos de la gran política del emperador Carlos V. En muchos momentos fue la cabecera del mundo, y su desarrollo continuaría hasta que en 1559 el vallisoletano Felipe II traslada la Corte a Madrid, geopolíticamente mucho más cerca del oro sevillano. Consejos, cortesanos, funcionarios, burgueses y banqueros salen para la nueva Corte, entrando así Valladolid en  una larga fase de crisis y decadencia secular.

 

Intereses económicos, políticos y administrativos unían pues a estas dos grandes ciudades,  mientras las malas comunicaciones la separaban. Una densa red viaria se tejió  entre Valladolid y Toledo, pero sus principales caminos no pasaban por Segovia, y eso que estaba a poca distancia, dos jornadas de correo. Para bien y para mal, Segovia siempre estuvo mucho más cerca de Madrid, mientras Valladolid era fundamentalmente un céntrico punto de destino.

 

  Y de este pasado de esplendor y decadencia de Segovia y Valladolid y del camino que los une habla este  libro. También de unas técnicas tradicionales que durante siglos se han utilizado para construir las infraestructuras de comunicaciones; de estructuras como los puentes; de la decadencia de Castilla y de otros caminos, como los de la seda o

la lana.  Un camino  simbolizado en el pino, pues no en balde el camino discurre a lo largo de 65 kilómetros por la denominada Tierra de pinares, el mar de Castilla, un espléndido y desconocido paisaje pleno de posibilidades para el turismo rural. Y el recorrido del caminante por este itinerario deviene un viaje sentimental por sus núcleos urbanos más significativos, y las impresiones que le sugieren su patrimonio monumental y su configuración urbana, el arte y  la cultura.

 

  Ciudades vecinas, aliadas y rivales

 

Durante mucho tiempo los intereses castellanos unieron, mientras las malas comunicaciones separaban, a estas dos ciudades principales. Básicamente, el periodo entre 1480 y 1580 supuso, en todos los aspectos, el momento de mayor esplendor de ambas. Muchos factores contribuyeron a su crisis posterior.

 

Pese a la densa red viaria tejida en la Castilla interior entre Valladolid y Toledo, los principales caminos desde Valladolid hacia el sur no pasaban por Segovia, y eso que estaban a poca distancia: a dos jornadas de correo. Para bien y para mal, Segovia siempre estuvo mucho más cerca de Burgos y de Madrid, mientras Valladolid era fundamentalmente un céntrico punto de destino.

 

No eran núcleos competidores sino complementarios. No entorpecieron su desarrollo mutuo, como sí ocurría al comparar a ambas ciudades con sus rivales Burgos o Salamanca. Segovia, situada en zona de pastizales y en el eje de las cañadas de la trashumancia, organizaba la gran industria de lanas y paños; por el contrario, Valladolid, gran consumidora de capitales, trabajo, cultura, honores y poder, estimulaba el desarrollo de las actividades agrícolas, secundarias y terciarias de las zonas cercanas y de su propia estructura socio profesional. Segovia era la 'fábrica de Castilla', mientras que Valladolid, presentando una inmejorable situación estratégica para convertirse en la gran sede comercial y financiera castellana o en el centro intelectual del país, pasaría a ser la capital política, pero no fija ni mucho menos definitiva de la corte y de las reuniones de Cortes, tras fracasar en su empeño por alcanzar la primacía ferial y universitaria o acaparar otras funciones urbanas relevantes: dependía de las actividades de toda la región circundante.

 

La 'Comunidad de Villa y Tierra' de Segovia constituye un ejemplo perfecto de cooperación; Valladolid también contaba con una amplia jurisdicción, aunque menor. Ambas eran ciudades realengas, que pagan a su majestad -que Dios guarde- todas las contribuciones generales establecidas. Y las dos tenían voto en Cortes, entre las dieciocho castellanas. Aunque con diferente peso específico individual, presentan una misma evolución privilegiada y ascendente hasta finales del siglo XVI, dentro de la tónica general de la Castilla del momento.

 

También eran 'ciudades de acarreo'. El transporte de mercancías para abastecerse multiplicaba la llegada de las carretas. Trajinantes que iban cargados de cereales, de vino y del resto de alimentos y materias primas necesarias para la supervivencia urbana. Un acarreo asimismo favorecido por la recepción de las rentas feudales y los diezmos correspondientes a los grupos privilegiados y perceptores de derechos sobre las cosechas, alto clero diocesano, monasterios, terratenientes acomodados y nobles con mayorazgos, quienes además solían vedar la introducción del vino forastero hasta no consumir el propio (prerrogativa de 'la vida'), impidiendo a las tabernas locales vender otros caldos ordinarios a los vecinos. Valladolid tenía en 1561 cerca de 7.000 habitantes y 9.000 en 1590.  Segovia 4.500 en 1561 y 6.000 en 1590.

 

Siguiendo la ruta de Valladolid a Segovia, durante el Antiguo Régimen, dentro del transporte con animales de carga se diferenciaban el arriero que conducía géneros por encargo, y el trajinante, que compraba y vendía los mismos por cuenta propia. En realidad casi todos eran personajes mixtos, como los maragatos o los miembros de la 'Real Cabaña de Carreteros del Reino' rodante desde finales del XV (Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos; Jurar como un carretero; Quien hace la carreta, sabrá desacella). Así, por ejemplo, como Segovia dependía mucho del exterior, a mediados del siglo XVIII contaba con doce arrieros de recua, doce acarreadores, catorce alquiladores de mulas, setenta y cuatro gabarreros (para aportar la leña suficiente a la ciudad), cuatro caleseros, doce mesones y algunos otros carreteros, cocheros, maestros de coches y oficiales de hacer carros.

 

               Aunque no de forma lineal, Valladolid experimentó un notable crecimiento en las primeras seis décadas del siglo XVI. Fundamentalmente entre 1517 y 1559, años de residencia cuasi definitiva de la corte en la villa, tuvo lugar su más espectacular expansión. Extranjeros, castellanos y gentes de toda la Península se acercaban entonces a sus palacios. La población crecía constantemente y se veía mejorar: en 1548 Pedro de Medina decía que es la villa más grande, noble y principal de todas las de Castilla.

 

Tras la marcha de la corte, no obstante, se paralizó y comenzó a perder su posición cabecera como la más poblada y una de las más ricas del reino. Entre tanto, se remodeló su casco urbano, la construcción florecía y todo tipo de oficios se asentaban en sus barrios céntricos y periféricos. Era una típica 'ciudad terciaria' y 'bien abastecida', y su estructura social así lo ilustra claramente: más aún, en contraposición con las ciudades de su entorno, estaba especializada en el sector servicios, en función de las enormes necesidades de todo tipo de los privilegiados nobles, muchos de ellos con funciones administrativas cortesanas, y al concentrar, además de a numerosos hidalgos en el entorno judicial, a la mayor parte de la aristocracia de la época. En ningún otro lugar convivían tantos títulos y grandes.

 

 

Su amplio prestigio social y capacidad económica posibilitaron su especial configuración como gran mercado que ofertaba servicios muy cualificados, suntuarios, artísticos y de lujo. Por otra parte, aunque no fue obispado -ni ciudad- hasta finales del siglo XVI, sin embargo, el abad y los grandes monasterios regulares (San Benito, San Pablo, Nuestra Señora de Prado o Las Huelgas) también la caracterizaban, máxime al marchar la corte, como 'levítica'. El resto de la masa social dependía de aquellos privilegiados, trabajando en la Chancillería, en la Universidad o en el Santo Oficio de Inquisición, y como comerciantes importadores o artesanos de todo tipo, junto a mesoneros y taberneros y muchos mendigos, pícaros, delincuentes, ladrones, pobres y prostitutas. Por eso mismo, muchas distracciones, fiestas, representaciones teatrales, actos religiosos, tertulias, toros, alardes y juegos de cañas se sucedieron en sus calles hasta 1559. Después, el pavoroso incendio de su zona más céntrica, en 1561, constituyó otro de los hitos negativos más definitivos para la urbe.

 

En definitiva, Valladolid no era mercantil como Burgos, ni industrial como Segovia, ni financiera como Medina, ni tan universitaria como Salamanca. Eso sí, era la capital política, y la sede más frecuente de las reuniones de Cortes, hasta que Madrid tomó el relevo desde los años sesenta: una ciudad de funcionarios y letrados, de ricos hombres, rentistas y nobles, y de artesanos de lujo y mercaderes.

 

Por su parte, 'hacer los paños' constituyó el gran negocio de Segovia y la base de su prosperidad. El oficio continuo de su vecindario, incluyendo a muchas mujeres, era hilar la lana para labrar posteriormente los paños, de los que llegaron a producir más de trece mil piezas de gran calidad anualmente. El obraje de los más finos estructuró aquella urbe: y casi todos viven de este trato (Cock, 1592).

 

Así, el proceso explicativo de su trayectoria histórica se centra en los avatares de su principal actividad económica. La historia demográfica, social, política y artística segoviana, su esplendor y decadencia, estuvo determinada por la coyuntura de la pañería. Siempre fue conocida internacionalmente por la importancia que en su estructura laboral tuvieron las ocupaciones relacionadas con el sector textil lanero: cuando a mediados del Setecientos no se fabricaban ya ni la mitad de paños que hacia 1580, y veía reducida su población en la misma medida, seguía siendo la actividad clave y el motor, gripado, de la urbe.

 

Los segovianos fueron conscientes de su trascendencia, bien para reforzar y defender sus obrajes o para buscar su recuperación. Esa es la causa de que (aunque el clero catedralicio y regular fuesen los principales propietarios de los inmuebles situados dentro de sus murallas) el 70% de su vecindario se concentraba en las parroquias obreras de su arrabal, extramuros, marcando también la dicotomía funcional y social de la ciudad; y por eso también las nuevas fortunas segovianas, fruto del comercio de las lanas o de la fabricación de sus paños, siempre consideraron sus riquezas un instrumento para ennoblecerse y adoptar formas de vida nobiliarias, abandonando rápidamente sus actividades burguesas. Lanas y paños fueron las claves de su éxito, a la par que lastre decisivo para el fracaso de la consolidación de su proceso innovador.

 

    En suma: conoció sus mejores momentos en el periodo 1570 - 1590; sus intereses textiles colisionaron siempre con los exportadores burgaleses. Y el carácter monolítico de su economía aceleró su decadencia cuando llegó la crisis general.

 

 

        El movimiento comunero: la derrota de una causa segoviana y vallisoletana

 

La ausencia de un poder central fuerte y el ansia de la nobleza para recuperar poder, el antagonismo de intereses entre la burguesía castellana, el malestar de los conversos o los intentos de acabar con las cargas feudales rurales, junto a las aspiraciones de las capas medias populares por lograr una representación política en los poderes municipales y en la procuración del reino en Cortes más acorde con su peso social se unen para desencadenar aquel estallido revolucionario (1520 - 1521). El discurso eclesiástico, la presión fiscal, el alza de precios y los beneficios a los flamencos, junto a la defensa de los intereses de doña Juana y la crítica a la salida de dinero hacia Europa, acaban precipitando el enfrentamiento civil. Así, en León, Segovia y Valladolid, ya desde 1518, se incuba entre una minoría urbana cada vez más numerosa un estado de ánimo opuesto a Carlos.

 

La amplitud de las protestas contra los impuestos, rápidamente aprovechadas por Toledo en el plano político, colocan  a Adriano de Utrecht y al poder central en una posición muy delicada. El 8 de junio de 1520 Toledo propone a las ciudades representadas en Cortes celebrar una reunión urgente con el fin de poner orden en el reino: es la base de la 'Junta de Ávila' (1 de agosto): Segovia, Salamanca, Toro y Zamora son las primeras en apoyar dicho proyecto. Por el contrario, el regente se instalaba en Valladolid el 5 de junio, donde permanecería aislado junto al Consejo.

 

Ante la aprobación de los servicios extraordinarios solicitados por Carlos y la desconexión entre los poderes municipales y los delegados en Cortes, Toledo fue la primera en levantarse y expulsar a su corregidor, sustituyéndole por una comunidad. Segovia ejecutó a uno de sus procuradores. Ambas ciudades comenzaron a organizar sus milicias urbanas, dirigidas, respectivamente, por Juan de Padilla y Juan Bravo. Adriano de Utrecht optó por la represión. Entonces, las más importantes ciudades castellanas expulsaron a los funcionarios regios, aunque Valladolid tardó en sumarse de forma manifiesta a la revuelta, pues el regente y el Consejo Real permanecieron en dicha villa. La 'Santa Junta' comunera, ya en Tordesillas, decretó la disolución del Consejo, estableciendo la prisión de sus miembros, quienes se refugiaron en Medina de Rioseco el 15 de octubre, después de que Valladolid acabase con su moderantismo anterior y se convirtiese en el centro de la revolución, tras la caída de Tordesillas en manos reales en diciembre de 1520.

 

     La convocatoria de las Cortes de Valladolid de 1518 había preparado el terreno para la agitación y el agravamiento de las tensiones relacionadas con las Comunidades, al pedir la prohibición de la salida de dinero del país y la reserva a los castellanos de los cargos públicos y los beneficios eclesiásticos, reafirmando los derechos al trono de la reina Juana como superiores a los de su hijo y acusando al rey de no estar al servicio de la nación, tras recordarle todos sus deberes. Aún sin atacarle, la xenofobia, la oposición a la corte flamenca y la inquietud por los intereses de Castilla estaban muy presentes entre amplios sectores de la población por aquellos días, como muestran los carteles y libelos, los numerosos sermones y prédicas que aludían abiertamente a los males del reino.

 

 La solución de los problemas estaba en el acceso de los medianos a la gobernación del reino. Así, cuando Carlos regresó a Valladolid en marzo de 1520 camino de las Cortes de Santiago fue recibido con escaso aplauso: pocas fechas antes los delegados de catorce cuadrillas locales se habían pronunciado contra la aprobación de un nuevo servicio (en La Coruña, los procuradores vallisoletanos, al igual que los de Zamora y León, acabaron votándolo). Apenas permaneció aquí cuatro días: las campanas de San Miguel tocaron a rebato, al tiempo que el pueblo en armas trataba de impedir la salida del cortejo real, que, sólo gracias a los soldados, logró abrirse camino y abandonar precipitadamente la villa.

        Segovia el movimiento comunero fue en parte una lucha contra Burgos: la ciudad manufacturera frente a la mercantil, dados los intereses económicos opuestos entre productores y exportadores de lana; el centro contra la periferia. Tras las revueltas de junio de 1520, ante el incremento de las alcabalas y las votaciones impositivas, también fue una agitación anti fiscal... y mucho más. Máxime porque, con Cuenca y Murcia, fue la primera en seguir a Toledo frente a Carlos, y cuando sus procuradores pagaron pronto muy cara su defección al aprobar aquel batallado servicio extraordinario imperial en las Cortes de Santiago - La Coruña.

             Una vez que el capitán Juan Bravo se convirtió en su jefe comunero (se encargó del reclutamiento de la llamada 'gente de ordenanza', a la que Segovia aportaría, igual que Ávila, dos mil hombres armados como infantería popular), los primeros brotes se dirigieron contra los recaudadores de impuestos, las autoridades locales y el entorno regio. Desde entonces Segovia sería escenario de los primeros y más violentos incidentes: aprovechando la reunión de los cuadrilleros encargados de la siempre gravosa recaudación hacendística municipal, el 29 de mayo de 1520, en la iglesia del Corpus Christi, se acusaba a los representantes del poder central y al corregidor. El oficial López Melón denunció tales sediciones como un crimen de lesa majestad. Le lincharon sin proceso previo, mientras otro compañero que protestó por aquellos actos también corrió la misma suerte. Al día siguiente, y en ese clima de excitación, el segoviano Rodrigo de Tordesillas debía a dar cuenta de su actuación como procurador en Cortes. La multitud se agolpó en torno al templo de San Miguel donde el regimiento le esperaba. No le escucharon. Le arrastraron a prisión: entre golpes e insultos acabaron estrangulándole en plena calle; luego también sería colgado junto a las dos víctimas de la jornada precedente. Todos eran traidores, y cómplices de los flamencos y de los cortesanos; se oponían a la comunidad.

            El rey quería gobernar sin interferencias. Se trató de intimidar a los rebeldes. La represión incrementó la determinación segoviana, generando un movimiento de simpatía y solidaridad, preludio de la inminente guerra civil. El juez Ronquillo recibió la orden de abrir una investigación sobre el asesinato de Tordesillas. Sus amenazas exasperaron a los segovianos cuando transformó la pesquisa en una expedición de castigo. Desde Santa María de Nieva, trató de aislar completamente la ciudad. La repulsa del vecindario les unió como nunca en torno a los jefes de la comunidad y de Juan Bravo: a más presión más determinación de armarse, defenderse y resistir. Toledo puso su milicia, con Juan de Padilla al frente, en pie de guerra para auxiliar a Segovia. Este detonante provocaría todo el levantamiento revolucionario final.

 

La  La situación de Valladolid sería mucho más crítica que la primera segoviana cuando el peso político y militar se fue desplazando desde Toledo, Ávila y Segovia hacia Medina del Campo, Tordesillas, Torrelobatón, Simancas, Villabrágima, Medina de Rioseco, Cigales, Valladolid y Villalar (sólo finalmente el movimiento comunero abandonaría tierras vallisoletanas para permanecer únicamente y por no mucho más tiempo en la zona toledana). Pese a que Toledo fue cuna comunera y la última en rendirse, realmente sólo alcanzó su pleno desarrollo en la Castilla meseteña.

          Segovia, la comunidad amenazada, desplegó todas sus energías para defenderse de Ronquillo y del ejército de Fonseca; fue administrada por comerciantes e hilanderos; de sus talleres artesanales y de 'su Tierra' procedían los combatientes de Bravo (controlando toda la ciudad salvo el Alcázar); sin embargo, cada vez quedaba más alejada del centro del conflicto comunero, de la primera Junta de Ávila y de los escenarios bélicos. Aún así, hasta el último momento se alineó junto a

Sal          Simancas, Toledo y Valladolid, los más intransigentes. Por eso también, entre los finalmente amnistiados con el perdón general regio, la mayor cantidad de indultados era vallisoletana (casi una cuarta parte: un mínimo de 67) y de Segovia, con 24.

        Segovia y Toledo movilizadas en pie de guerra la inquietud también cundía en Valladolid. El jefe del ejército realista, Antonio de Fonseca, recibió la orden de dirigirse a Medina del Campo, tomar la artillería e impedir el paso a Padilla: sus llamas incendiaron toda Castilla. Ante el hundimiento momentáneo del poder real se inició la revolución. En agosto de 1520 toda la población vallisoletana estaba impaciente por adherirse abiertamente al resto de las ciudades en armas: la multitud incendió la casa de Fonseca, la de un rico recaudador de impuestos, Pero del Portillo, y una tercera propiedad del procurador en Cortes Francisco de la Serna; el presidente del Consejo Real casi perdió la vida en los tumultos y muchos notables huyeron. Valladolid se dio a sí misma un gobierno popular, una comunidad, a imagen de Toledo y Segovia, pero presidida por el Infante de Granada y dominada por numerosos nobles moderados que lo único que querían era mantener el orden interno. Como se escribió desde Segovia: todo el reino tenía sus miradas puestas en Valladolid; ansi ha de ser la luz y claridad para la vista destos reynos.

Valll       Valladolid albergaba al regente y al Consejo Real por lo que tardó en sumarse al levantamiento. El incendio provocado de Medina precipitó la adhesión de la villa, iniciándose el motín descrito. En los días siguientes huyeron varios consejeros, y el 15 de octubre Adriano, aislado y sometido a vigilancia, también huyó. A pesar de la fuerza de la presión vecinal, estimulada por el clero y los soldados, aún prevalecían los planteamientos mesurados que bloqueaban las iniciativas más revolucionarias de Toledo y Segovia. Con todo, la línea más radical logró el control local en noviembre, convirtiendo a Valladolid en el más sólido sostén de la Junta y núcleo central del movimiento. Así, el 5 de diciembre se convirtió en la tercera sede de la Junta y en capital comunera hasta el 23 de abril de 1521. Etapa final en la que su comunidad (al tener un reclutamiento muy popular) fue la más dinámica de todas, rechazando toda posibilidad de compromiso.

 

Sig        Sigiendo la secuencia: calma relativa inicial, incorporación tardía, dirección moderada, explosión violenta y radicalización final, en noviembre, la Junta triunfó definitivamente en Valladolid. Desde entonces se convirtió en el más sólido bastión del movimiento comunero, lo que quedó patente tras la toma de Tordesillas por las tropas reales y valorando la acogida dada a la Junta y su labor de vigilancia y control posterior de las decisiones: en realidad, más que en la Junta general, era en las cuadrillas de Valladolid donde se trazaba la política a seguir. Los virreyes trataron de doblegar tal determinación, sacando de allí a la Chancillería y presionando sobre su estudio universitario. Pese a todo, continuó hasta el último momento apoyando la causa comunera, por lo que, al final, sufriría más las consecuencias de su papel capitalino: sería la más duramente castigada por su participación en la guerra.

         Con anterioridad y cuando todavía creían poder restablecer los poderes de la reina Juana, había nacido la 'Santa Junta de Tordesillas' a partir del 19 de septiembre, contando con la presencia de las trece ciudades con voto en Cortes al norte de Sierra Morena. Poco duraría la unidad de todos, pues muy pronto Burgos y Valladolid abandonarían. Unidas en el último momento (aunque el poder real triunfó en la primera, no ocurrió así en la segunda), precisamente eran las que bloquearon entonces más abiertamente las expectativas toledanas, salmantinas y segovianas de lograr un verdadero gobierno provisional.

más          Después de la toma de Tordesillas por las tropas realistas, éstas pudieron finalizar la rebelión marchando raudas sobre Valladolid. Sin embargo, sus jefes prefirieron esperar, dando tiempo a la Junta a reorganizar su mando militar tras la dimisión de Girón. Tampoco ellos supieron golpear con eficacia tras controlar Tierra de Campos y apoderarse de Torrelobatón: estaban divididos, política y militarmente. Los dos bandos confiaban más en la dialéctica que en las armas para imponerse, y entre diciembre y abril se sucedieron las negociaciones. Los comuneros, agotados por estas dilaciones más que por los combates, se hundirían definitivamente en Villalar; derrota que provocó la inmediata dispersión de la Santa Junta. De hecho, la pérdida de Tordesillas había supuesto ya el inicio de su fracaso. Entonces todos buscaban ya la salida más honrosa posible.




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