Favorecida por el afecto que le Enrique IV de Trastámara, rey de Castilla desde 1454 hasta su muerte en 1474, hijo de Juan II y de María de Aragón, y hermano paterno de Isabel la Católica, que se proclamó reina a su muerte, y del infante Alfonso, que le disputó el trono en vida., la ciudad de Segovia es, en la segunda mitad del siglo XV, un lugar habitual de residencia de la corte regia. Esta circunstancia no deja de tener inconvenientes para la población, pero también proporciona indiscutibles ventajas: una de ellas es el impulso que el monarca da al reparo del acueducto y de toda la canalización del agua, desde el origen de la toma en el Río Frío, hasta su distribución por la ciudad, que se realiza a través de una vía principal, llamada 'madre del agua', y otras conducciones secundarias.
Ello contribuye a
ennoblecer y prestigiar a Segovia, que es
una activa localidad, con una extensa Tierra sometida a su jurisdicción,
además de sede episcopal, y residencia
real. La reina doña Juana vive en sus palacios reales, en los que también llega
a residir la futura Reina Católica siendo adolescente. Su alcázar guarda el
tesoro real, además de servir de eventual residencia para los reyes y su corte,
o de lugar de amparo cuando las circunstancias lo exigían, como cuando acoge a
la reina Juana en aquellos días de 1467, en los que las tropas rebeldes al rey
entran en la ciudad, poniendo en peligro
su integridad.
La ciudad es unos años después testigo de excepción del acceso al trono de una nueva reina, Isabel I. El acontecimiento tiene lugar en los últimos días de 1474, cuando, fallecido Enrique IV, su medio hermana opta por la única opción que tenía a su alcance para reinar en Castilla, hacerse proclamar reina sin esperar la adhesión explícita de algunos nobles y ciudades, ni la llegada de su marido, Fernando de Aragón. El camino hasta llegar a esa meta había sido largo y espinoso, pero en todo momento la joven Trastámara muestra una muy firme determinación, voluntad y claridad de ideas. Seguramente ese saber lo que quería y cómo alcanzarlo, está en la base del éxito logrado por la que a va a ser conocida en la historiografía como la Reina Católica.
El sistema hereditario castellano no niega la posibilidad de que una mujer sea reina, pero prevalece la precedencia masculina, de manera que el varón estará siempre por delante de la mujer. Conforme a este principio, el testamento de Juan II es claro en su especificación de la línea sucesoria: el heredero del trono será su hijo primogénito, Enrique. Si por alguna razón éste muriera antes de tener descendencia legítima, sería llamado a ceñir la corona de Castilla su hermano menor, Alfonso. Isabel quedaba en el último lugar, sólo en el caso de que sus dos hermanos murieran sin sucesión legítima podría llegar a tan alto lugar. Las circunstancias fueron tales que esta última, y en principio poco probable, hipótesis se cumplió.
Isabel pasa a ser princesa heredera de los reinos de Castilla y de León tras alcanzar un punto de consenso con su hermano, que acepta apartar a su hija Juana de la herencia del trono; el acuerdo se hizo público en los Toros de Guisando, el 18 de septiembre de 1468, causa por la cual es conocido como 'pacto de Guisando'. A partir de ese momento, y hasta su proclamación seis años después, la heredera va a defender su posición con fuerza y gran habilidad política. En ese corto período de tiempo los acontecimientos en torno a la sucesión de Enrique IV se suceden con rapidez, en una Castilla en la que tanto el rey como la princesa buscan aliados a su causa. La victoria final será de ella, pero no le fue fácil llegar a la meta propuesta, debido a que al problema de la herencia del trono se suman los inconvenientes que va a encontrar por ser mujer. Son precisamente estos últimos los que explican el acto de proclamación en Segovia en diciembre de 1474.
Durante el primer año ella sola con sus partidarios y, a partir de octubre de 1469, con éstos y su marido Fernando, la princesa busca y logra partidarios a su causa, pues sabe que por muchas declaraciones que pueda hacer sobre sus derechos a la herencia castellana, su acceso al trono está ligado indefectiblemente a los apoyos políticos con que pueda contar. Precisamente por eso, no desprecia nunca el peligro que representa su sobrina Juana, a la que el rey vuelve a reconocer heredera en 1470; y por eso también procura atraer a su lado al mayor número posible de nobles y ciudades, presentándose en todo momento como la defensora de la legitimidad monárquica y de los intereses del reino. Así, paso a paso, las filas de sus seguidores va engrosando, y logra llegar a diciembre de 1474 con bastante ventaja sobre quienes se oponen a ella.
Hasta ese momento Isabel había buscado también rehacer la amistad con su hermano el rey, rota a causa de su matrimonio con Fernando de Aragón. Lo logra un año antes de la proclamación, en los últimos días de 1473, gracias al buen hacer del mayordomo real, Andrés de Cabrera, y su mujer, Beatriz de Bobadilla, antigua amiga de la infancia. Ambos facilitan las cosas, al lograr convencer al rey de la oportunidad de reconciliarse con ella. Ante estos requerimientos Enrique acepta entrevistarse con su hermana, quien con este motivo se traslada a Segovia, donde reside el monarca; entra en la ciudad poco después de las fiestas de Navidad, el 29 de diciembre.
El clima que se crea entre ellos es cordial. Se entrevistan varias veces, comen juntos, celebran fiestas e, incluso, pasean en amable compañía por la ciudad. Para afianzar más la nueva amistad, y viendo que el ambiente era favorable, Isabel llama a su marido para que acuda a verse con el rey: Fernando llega a Segovia al iniciarse el año 1474. Aunque la princesa no alcanza su principal objetivo, que es lograr que Enrique IV vuelva a presentarla como su heredera, el paso dado en el camino hacia el trono es grande, pues se había hecho evidente para quienes quisieran verlo que el rey y su hermana están unidos por amistad y afecto fraternal.
Después de ese encuentro, Isabel permanece en la ciudad del acueducto, y desde aquí despide a Fernando, que en el mes de julio acude a Aragón, para ocuparse de los asuntos de este reino. Meses después, el día 11 de diciembre, la sorprende aquí la muerte el rey. Al conocer la noticia, la heredera muestra profunda tristeza, pero no abandona sus intereses políticos. Como era preceptivo, ordena inmediatamente que se celebren honras fúnebres por el recién fallecido monarca. La ceremonia, a la que la princesa acude vestida de luto, tiene lugar el 12 de diciembre en la iglesia de San Miguel de Segovia. Después de esto, el día 13, al pie de ese templo, frente a la plaza principal de la ciudad, Isabel es proclamada por sus partidarios reina de Castilla.
Tras las honras fúnebres, los lutos se tornan trajes de fiesta y magnificencia real, en una ceremonia en la que queda patente que la reina es Isabel y no su marido. Teme que su condición de mujer pueda apartarla del ejercicio directo del poder, por eso se hace proclamar sin dar ocasión a la llegada de Fernando, al que ni siquiera avisa de lo que está sucediendo. Se prepara un estrado junto a la iglesia de San Miguel, al que llega Isabel desde su residencia, montando un caballo engalanado para la ocasión, bajo palio y rodeada por los nobles que se encontraban en Segovia. Va vestida con un riquísimo traje, adornada con joyas resplandecientes de oro y piedras preciosas, resaltando su belleza, pero sobre todo poniendo de manifiesto el poder y la magnificencia de la persona así vestida, aquella que en breves momentos sería la soberana de uno de los más destacados reinos europeos de la época; Para completar la solemnidad del acto, el cortejo lleva el adecuado acompañamiento musical de atabales, clarines, trompetas y otros instrumentos, cuya música venía a expresar la importancia del acontecimiento y el poder de su protagonista, Isabel de Trastámara.
Así, de forma indiscutible, Isabel I es reconocida como reina y señora por la nobleza presente en Segovia, y por los segovianos que, encabezados por sus regidores, la jurar como tal. Acabado este acto, la comitiva se dirige al templo donde la nueva reina ofrece el pendón real. Isabel va de nuevo sobre un caballo ricamente enjaezado, la rodea la nobleza que marcha a pie llevando el palio y la cola del vestido regio, y la siguen los segovianos; pero lo más relevante de la escenificación es que, tal y como era costumbre que hicieran los reyes, ella se hace preceder por un caballero de su entera confianza, Gutierre de Cárdenas, portando en la mano derecha la espada desnuda levantada y cogida por la punta, de manera que la empuñadura quedaba en alto, como símbolo inequívoco del poder y autoridad regia incuestionable de la persona que cabalgaba detrás. Acabada la ceremonia, la comitiva se encamina al alcázar.
Pocos días después, al iniciarse el nuevo año, Fernando, que había emprendido el viaje a Castilla nada más enterarse de la muerte de Enrique IV, llega a Segovia. A la entrada de la ciudad, tiene que comprometerse a conservar y preservar los privilegios, franquezas y libertades de los segovianos, hecho lo cual es reconocido, como marido legitimo de Isabel, asistiendo acto seguido a la iglesia en señal de acción de gracias, tal y como había hecho su mujer unos días antes. A continuación, los esposos se reunieron en el alcázar de la ciudad, donde ella esperaba a su marido, bajo el umbral de la puerta y con la casa preparada, cumpliendo así con la conducta que se esperaba de una buena esposa.
Ambos festejan el acontecimiento. Pero Fernando albergaba esperanzas de gobernar Castilla, por lo que desde el primer momento se muestra molesto con lo que había sucedido, tanto en la proclamación de su mujer como en su posterior reconocimiento. Además, una parte de los partidarios de Isabel, que veían a las mujeres más como transmisoras de derechos que como titulares en ejercicio de los mismos, y que preferían al príncipe aragonés, se muestran partidarios de que fuera el rey quien realmente ejerciera el poder, en lugar de la reina. No es extraño, por tanto, que estalle enseguida la primera crisis política del reinado.
Segovia vuelve a ser escenario y testigo de un trascendente acontecimiento, la firma de un pacto que marcará la acción política de los nuevos reyes. El acuerdo se alcanza merced a la capacidad negociadora de la reina, que actúa consciente de que es preciso evitar divisiones en su bando, puesto que para afianzarse en el trono todavía es necesario vencer la oposición de su sobrina Juana, apoyada por una parte de la nobleza y por Portugal. La reina defiende sus derechos, y se muestra hábil en el pulso con Fernando, al que llega a poner ante la posibilidad de que
su posible heredera fuera apartada del tono por el
hecho de ser mujer (en ese momento la real pareja no cuenta más que con una
hija, la princesa Isabel). Tras una breve pero dura batalla dialéctica, en la
que priman los argumentos de tipo político, se llega al acuerdo conocido como
la 'Concordia de Segovia', firmado por los cónyuges el 15 de enero de 1475. El
compromiso establece entre otras cosas la participación de Fernando en el
gobierno castellano, y pone fin a las reticencias políticas que habían surgido
en la corte, a raíz de la proclamación de Isabel y de su afirmación como reina
titular de Castilla.
Estructura productiva
La estructura
económica de Segovia muestra el enorme peso y potencial de crecimiento de su
sector industrial desde el reinado de Isabel de Tarstámara hasta finales del
siglo XVI. La pañería, el entorno mesteño y la lana fueron las claves de su
desarrollo: las mejores lanas merinas eran exportadas de forma masiva hacia
Flandes, convirtiendo a la ciudad en el único centro castellano que producía
paños de calidad superiores a los países vecinos. Segovia es la ciudad
industrial por excelencia de la Castilla interior: además del textil, poseía
una importante manufactura a de sombreros, cueros y papelería, y su rica 'Casa
de la Moneda', todo lo cual otorgaba una fisonomía muy peculiar.
La industria textil convirtió a Segovia en la primera ciudad fabril de todos los reinos de Castilla y extendió su nombre por el orbe entero. Por eso la Segovia de los siglos XV al XVIII se la conoce como La Ciudad de los Paños.
La industria pañera segoviana alcanzó un auge notabilísimo entre
1480 y se sustentaba sobre una inmensa cabaña de ovejas merinas trashumantes
que, tras su paso por los numerosos esquileos de la zona, producían una lana
finísima que alcanzó justa fama en toda Europa, en una masa laboral de
tejedores, apartadores, cardadores, pelaires, tintoreros y tundidores y una nobleza urbana que difundió los productos
segovianos desde la mercados de Flandes e Italia a a América hispana Hacia
1580, casi el sesenta por ciento de la población segoviana -32.000 vecinos-
dependía de la industria textil. La ciudad contaba con unos seiscientos telares
y quince batanes, y producía más de 16.000 piezas de paño de a 40 varas de
longitud (33,4 metros)anuales.. Son los días que crearían la imagen del empresario
segoviano
Las cabañas de merinas solían tener por término medio unas 10.000 cabezas y a su frente se encontraba un
mayoral experimentado, auxiliado por unos 50 pastores – auxiliares, compañeros,
ayudadores, sobrados, zagales y gañanes-. Estos grandes rebaños acudías a los
esquileos segovianos en los primeros días de mayo, a la vuelta de los
invernaderos, prologándose las labores de cortar el vellón unas tres semanas,
en jornadas que corría de las 6 de la mañana a las 5 de la tarde.
Tras una época de auge más o menos constante, que concluye en torno a 1.960, coincidiendo con una gran
peste que asoló la ciudad, la industria pañera segoviana comenzó un lento
declive que no dejó de preocupar a gobernantes y a fabricantes, sucediéndose
los intentos por hallar remedios. Pronunciada ya la crisis industrial, será
durante el denostado reinado de Don Carlos II -la ciudad aún mantenía la cuarta
parte de los que funcionaban un siglo antes- cuando se lleven a la práctica
importantes reformas, iniciadas en 1680 con la creación de la Junta de Comercio, y continuada con la
denominada Fábrica de Paños de
Segovia, que era un gremio o sindicato de fabricantes.
Ya en la siguiente centuria, los monarcas de la Casa de Borbón se
distinguirán por su reformismo mercantilista -eliminación de barreras internas,
reformas tributarias y monetarias, fomento del comercio-, cuyas manifestaciones
en la industria textil de Segovia serán la institución de la Diputación
vitalicia del Sello Real de Paños el
7 de julio de 1708, y nuevas ordenanzas que se van sucediendo hasta 1789, en
que se publican las últimas ordenanzas textiles Una de estas ordenanzas
estableció el gobierno de la Fábrica segoviana mediante una Diputación
compuesta por doce diputados vitalicios nombrados por el Rey, que bajo la
supervisión del corregidor y del Ayuntamiento asistían a las labores de control
de calidad y de sellado. En la Casa del Sello se reunieron las juntas y
asambleas de la Fábrica de Paños, es decir el colegio de los fabricantes de
paños, para decidir y acordar sobre las cuestiones de su interés.
En el siglo XVIII la industria textil segoviana se había
recuperado pues se estima la producción media anual en algo menos de la mitad
de la alcanzada a finales del siglo XVI, su época de mayor auge. La instalación
de industrias fabriles modernas, como la Real
Compañía en 1763, la Real Fábrica de
Ortiz de Paz en 1779, supuso una notable innovación tecnológica basada en
el maquinismo. Pero quizá la novedad llegaba ya tarde a Segovia: apenas
existían en la ciudad ya los gruesos capitales necesarios para construir e
instalar las máquinas, y tampoco trabajadores especializados para manejar esas
máquinas.
A partir de la francesada de 1808, y de la terrible guerra que la
siguió, la producción pañera fue decayendo, sin que alcanzasen ya a recuperarla
los intentos de varios fabricantes, pues las máquinas que introdujeron para
mejorar la industria sufrieron sucesivos incendios (1817, 1820 y 1827),
seguramente intencionados. Tampoco dieron el resultado apetecido las uniones de
varios fabricantes, en 1836 y en 1842, para fundar nuevas industrias de hilar,
cardar, tundir, perchar y abatanar, aprovechando la fuerza hidráulica del río
Eresma. Se pasó así de una producción que todavía era digna en 1815 (4.271
paños), a otra meramente testimonial en 1849 (50 paños). La crisis era ya
insuperable, y por fin en 1862 se extinguió definitivamente la antiquísima
Fábrica segoviana, siendo enajenados sus bienes, tales como casas, industrias,
batanes o retinas. La Diputación Vitalicia
de la Fábrica de Paños segoviana, creada por decisión regia el 7 de julio de
1708 con sede en la Casa del Sello de Paños, supuso uno de los últimos intentos
realizados por la Corona y los fabricantes de paños para modernizar la entonces
decadente industria textil segoviana,
La otra industria segoviana fue la fabricación
de monedas. Fue en 1583 cuando Felipe II ordenó
la construcción de una ceca que introdujera en
España la técnica de acuñación en España mediante rodillo. La Real Casa de la
Moneda está reconocida como uno de los edificios de arquitectura industrial más
antiguos de toda Europa. Fue la primera casa
de la moneda mecanizada de España, también la primera que perteneció directamente
a la corona. El Real Ingenio de Segovia fue una innovadora y pionera fábrica de
moneda.
El edificio fue diseñado para guardar una moderna maquinaria,
conocidas como «ingenios», así como los diferentes departamentos del proceso
industrial. El nuevo sistema de fabricación producía monedas de forma
mecanizada y en serie, siendo precursora en más de doscientos años de las
modernas factorías de la revolución industrial. Esta tecnología renacentista
consistía en un sistema de laminación y acuñación mediante ingenios movidos por
ruedas hidráulicas. Esta técnica fue inventada en Augsburgo en 1550 y antes de su
implantación en Segovia se utilizaba en
otras ciudades europeas. La máquina construida en Burg Hasegg, Hall in Tirol (Austria), se trajo a España con el mayor convoy industrial que se conoce hasta el
momento. El diseño de esta vanguardista fábrica se debe a Juan de Herrera, uno de los arquitectos más influyentes de la historia
de España, quien lo llevó a cabo junto con los arquitectos austriacos. En 1771
el sistema de acuñación inicial, de rodillo hidráulico, fue reemplazado por
la prensa de volante.
Esta fue introducida en España desde Francia por la nueva Casa Real, los Borbones.
La tercera y última
tecnología que albergó la Real Casa de Moneda de Segovia fue la de acuñación
mediante prensa automática. Este sistema apenas funcionó tres años, pues a
principios de 1869 se llevaría a cabo la última acuñación
en Segovia, una medalla conmemorativa de la República. En 1879 el edificio
albergó una fábrica de harina que detuvo su actividad en el año 1968. Se trata de un complejo industrial del siglo XVI
que constituyó la primera casa de la moneda mecanizada de España. El complejo
también albergó una fábrica de harina desde mediados del siglo XIX, por lo que
también pueden verse instrumentos
industriales de la época, como la gran rueda hidráulica que ha sido
conservada. En España existían
casas de al moneda o cecas tanto estatales como privadas. Pero Felipe
V (el primer Borbón, ¡la que nos ha caído después!) decidió que el Estado
controlaría todas e hizo desaparecer las privadas. Existían 7: Segovia, Madrid,
Barcelona, Sevilla, Pamplona, Jubia (La Coruña) y Manila (Filipinas) Cada una
de ellas tenía su marca diferente de siglas, signos y estrellas. Todas menos la
de Madrid desaparecieron cuando el sistema monetario decidió hacer de
la peseta la moneda nacional.
La Casa de la Moneda de Madrid estaba ubicada en la calle de
Segovia. Con los años se había convertido en un edificio descuidado y casi
ruinoso. Cuando tuvieron que incorporar la primera prensa
llamada Thonnelier, una máquina bastante grande, muy moderna y necesaria,
vieron que no cabía en aquellas instalaciones, así que tuvieron que buscar algo
más apropiado y el 17 de febrero de 1861 se trasladaron a un edificio situado
en la Plaa de Colon, que fue toda una institución. Pero el progreso quiso
que también llegara el día en que este edificio resultara pequeño y anticuado y
tuvo que ser abandonado por otro, más moderno y más adecuado. Se trata de la
nueva Real Casa de la Moneda (Fábrica Nacional de Moneda y Timbre), situada en
la madrileña calle de Jorge Juan 106, inaugurada el 11 de julio de 1961. El
edificio de la plaza de Colón fue demolido en 1970 y en su lugar se
construyeron los Jardines del Descubrimiento el Cantero de Cultura de la Villa.
La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre - Real Casa de la Moneda (FNMT-RCM)
nació en 1893 de la fusión de otros dos organismos anteriores: la Casa de la
Moneda y la Fábrica del Sello.
Segovia llega a contar en su etapa más floreciente (finales del siglo XVI) con cerca de veinte mil oficiales de la lana. Mientras en otras ciudades había una variedad de oficios artesanales para satisfacer las demandas locales, Segovia mostraba el desarrollo y especialización de sus labores manufactureras, de forma que su mercado de exportación textil se extendía a espacios cada vez más amplios y alejados. La industria textil ocupaba a casi el 45% de sus vecinos y a cerca del 80% de los dedicados a actividades industriales.
La cuantiosa y creciente fabricación de paños en Segovia se organizase 'por encargos', sistema característico de la industria tradicional. Superaba ampliamente a la mera organización gremial, puesto que diferenciaba a artesanos, productores, comerciantes y empresarios normalmente burgueses eran (a veces eras también artesanos, fabricantes de algún gremio con taller propio); el burgués proporcionaba el dinero, a materia prima y los materiales precisos, pagando por operación realizada a los maestros a los que encargaba la realización de determinadas labores pañeras. Este sistema productivo procedimiento también presuponía una infraestructura productiva sumamente dispersa: la existencia de varios centenares de pequeños talleres familiares distribuidos por el arrabal segoviano.
Segovia teje todo tipo de géneros de lana, predominando los veintidosenos negros (75% del valor total y 66% del volumen textil) y otros de una calidad media - alta de gran aceptación entre los grupos sociales acomodados de toda la Península. La pañería hace que Segovia esté intensamente relacionada comercialmente con el exterior: vende paños desde Burgos y Galicia hasta Sevilla y América y precisa adquirir de fuera gran cantidad de aceite, jabón y colorantes. A finales del siglo XVI Segovia contaba con cinco batanes y cuatro prensas para paños en la ribera del Eresma, un lavadero de lanas de invierno, trece calderas de tinte y veintitrés tenerías corrientes. Y por ende, doce mesones y cuatro tabernas de vino bueno y treinta y dos de lo ordinario.
El entorno mesteño de Segovia constituyó una baza clave para su espectacular desarrollo urbano y productivo. Vinculadas básicamente al sector primario ganadero, las consecuencias económicas y sociales, perennes, de la labor del Honrado Concejo de la Mesta fueron determinantes para su devenir histórico. En esa fecha, los segovianos poseían nada menos que 78.000 cabezas de ganado: 75.000 de ellas lanar ovinos, de los que unos 72.800 practicaban la trashumancia. Gran parte pertenecía cinco grandes propietarios nobles de Segovia y a la Compañía de Jesús. Aportaban anualmente un beneficio neto triple al producido por la explotación de la tierra en el término privativo de la ciudad: 825.000 reales frente a 264.000 reales.
Para su alimentación los rebaños disponían de extensos agostaderos -pastizales de verano y contaba con la proximidad de la 'cañada de la Vera de la Sierra', conectada con la Soriana y la Leonesa, y los imponentes esquileos que se sucedían entre Villacastín y Riaza, donde se esquilaban unas 600.000 ovejas al año, en su mayoría propiedad de los grandes ganaderos mesteños madrileños. Entre El Espinar y Riaza se situaba el corazón del sistema circulatorio de las cañadas mesteñas; su geografía y climatología eran idóneas para realizar allí el esquileo en mayo y a continuación el lavado; y sus principales propietarios -y de las propias cabañas- eran madrileños o segovianos. Hacia 1800, la pañería local sólo consumía unas 30.000 arrobas de lana merina sin lavar, mientras se vendían en el extranjero más de 450.000.
En torno a Segovia se construyeron numerosos, enormes y afamados 'esquileos' y 'lavaderos'. Las razones son fácilmente comprensibles: entre El Espinar y Riaza se situaba el corazón del sistema circulatorio de las cañadas mesteñas; su geografía y climatología eran idóneas para realizar allí el esquileo en mayo y a continuación el lavado; y sus principales propietarios -y de las propias cabañas- eran segovianos o . madrileños
Tras la paralización provocada por las Comunidades y ya en la segunda mitad del siglo XVI, el 74% del vecindario segoviano trabajaba (¡frente a sólo un 40% en Valladolid!) y hasta sus pobres eran mucho menos gravosos para la ciudad. La industria empleaba a las tres cuartas partes de su población activa (el 77%) y sólo el textil representaba ya el 63% de la misma. Además, su actividad pañera presentaba un carácter capitalista, dado el protagonismo de sus negociantes y su dinamismo exportador. Por el contrario, el resto de las manufacturas -cuero, alfarería, metal, platería, etc.- eran netamente inferiores a las vallisoletanas y, en general, a las castellanas, lo mismo que la mínima amplitud y trajín de su terciario.
Entre las artes mecánicas de la activa Segovia de entonces se distinguían cardadores, tejedores de paños, perchadores, tundidores, tintoreros, pelaires y zurcidores; los albañiles, canteros, sogueros, alfareros, carreteros, cereros y confiteros, aserradores, arcabuceros, albardoneros, boteros, bordadores, cesteros, carpinteros, chocolateros, caldereros, cuchilleros, coleteros, cabestreros, cedaceros, colchoneros, cocheros, curtidores, doradores, peineros y peinadores, guarnicioneros, herreros, jalmeros, libreros, latoneros, alojeros, montereros, cocheros, plateros, polvoristas, papeleros, sastres, sombrereros, silleteros, tallistas, torneros, tejeros, vidrieros, cerrajeros, zurradores y los zapateros de nuevo y de viejo.
A su lado, durante el siglo XVI, y junto al esplendor de su industria del papel, destacaba también la pujanza y riqueza de su 'Real Ingenio de la Moneda'. Y es que otra proyección internacional de la ciudad y muestra del vigor segoviano desde la época de los Reyes Católicos se relaciona con su ceca y privilegio de acuñación de moneda. Sus monederos gozaron de importantes prerrogativas y exenciones fiscales desde mediados del siglo XV, confirmadas por Isabel I en 1492, y contando ya con ordenanzas precisas desde 1471.
Más de cien personas trabajaban entonces en la 'Casa de la Moneda de Segovia': por cada pieza acuñada recibían una cantidad proporcional a su valor. La posibilidad de acuñar dineros era una regalía de la corona, concedida libremente, por la que se ordenaba labrarlas en plata, oro o cobre -vellón-, controlando minuciosamente el proceso de elaboración, peso y resello de cada una. Aunque la ceca de Sevilla era la principal del reino, y Toledo o Valladolid contaron con otras, la de Segovia ocupaba también una posición muy destacada en el abastecimiento del numerario necesario para el desarrollo mercantil castellano.
En definitiva y pese a todas las dificultades para contar con mucha y buena lana, la fisonomía segoviana venía determinada por la relevancia de su sector manufacturero: era el prototipo castellano de una 'ciudad industrial', puesto que a su producción textil predominante se unían importantes talleres de sombreros y de papelerías. Así, tanto su éxito internacional como su larga crisis posterior se relacionarían con la evolución de sus gremios pañeros más productivos.
El peso determinante de sus tejedores, hilanderas y tintoreros es evidente. No obstante, Segovia también se caracterizó, como toda ciudad estamental del Antiguo Régimen, por la concentración de ciertos grupos minoritarios muy privilegiados. Así, los bienes eclesiásticos en aquella urbe sumaban 1.256 casas y más de cuarenta edificios industriales, controlando el 54% del caserío; a lo que se añadía que la Iglesia era dueña del 37% de las tierras de su término concejil y que muchos años el importe de los frutos decimales de su arcedianato superase los 1.330.000 reales. Clerecía que reunía a unos doscientos 'curas de almas' -distribuidos en sus veintidós parroquias (diez en el arrabal; donde residía el 96% de los vecinos ocupados en la pañería) y a más de quinientos religiosos, en catorce conventos masculinos y otros ocho de monjas: en suma, cerca de un 3% de toda la población segoviana de 1586. La catedral de Segovia, obispo y canónigos, eran los primeros perceptores de dichos diezmos (disfrutaban de casi la mitad; constituidos en un 50% por trigo en grano) y prebendas. Cuantiosas rentas que les permitieron construir palacios de la misma categoría que los principales blasones de la ciudad. Precisamente, junto a esa pequeña y gran nobleza local llegaron a controlar el regimiento y toda la vida pública municipal. Hidalgos estaban censados hacia 1586 unos ochenta hidalgos,
En el polo opuesto de la escala socioeconómica segoviana, también eran minoritarios los agricultores avecindados en su término y los pobres escaseaban a la puerta de sus templos, siendo pocos los judíos y la comunidad judeoconversa y morisca. Sin embargo, éstos tuvieron un peso y un protagonismo en la ciudad muy destacados, en la misma medida en que sus aljamas fueron centros de una rica y febril actividad durante algún tiempo. En definitiva y pese a todas las dificultades para contar con mucha y buena lana, la fisonomía segoviana venía determinada por la relevancia de su sector manufacturero: era el prototipo castellano de una 'ciudad industrial', puesto que a su producción textil predominante se unían importantes talleres de sombreros y de papelerías. Así, tanto su éxito internacional como su larga crisis posterior se relacionarían con la evolución de sus gremios pañeros más productivos.
El peso determinante de sus tejedores, hilanderas y tintoreros es evidente. Segovia también se caracterizó, como toda ciudad estamental del Antiguo Régimen, por la concentración de ciertos grupos minoritarios muy privilegiados. Así, los bienes eclesiásticos en aquella urbe sumaban 1.256 casas y más de cuarenta edificios industriales, controlando el 54% del caserío; a lo que se añadía que la Iglesia era dueña del 37% de las tierras de su término concejil y que muchos años el importe de los frutos decimales de su arcedianato superase los 1.330.000 reales. La clerecía reunía a unos doscientos 'curas de almas', distribuidos en sus veintidós parroquias, diez en el arrabal; donde residía el 96% de los vecinos ocupados en la pañería, y más de quinientos religiosos, en catorce conventos masculinos y otros ocho de monjas: en suma, cerca de un 3% de toda la población segoviana de 1586.
La catedral de Segovia, obispo y canónigos, eran los primeros perceptores de dichos diezmos: disfrutaban de casi la mitad, constituidos en un 50% por trigo en grano, y prebendas. Cuantiosas rentas que les permitieron construir palacios de la misma categoría que los principales blasonados de la ciudad. Precisamente, junto a esa pequeña (hacia 1586 estaban censados unos ochenta hidalgos) y gran nobleza local llegaron a controlar el regimiento y toda la vida pública municipal. En el polo opuesto de la escala socioeconómica segoviana, también eran minoritarios los agricultores avecindados en su término y algunas fuentes señalan que los pobres escaseaban a la puerta de sus templos. Y siendo pocos igualmente los judíos y la comunidad judeoconversa y morisca, sin embargo, éstos tuvieron un peso y un protagonismo en la ciudad muy destacados, en la misma medida en que sus aljamas fue protagonismo en la ciudad muy destacados, en la misma medida en que sus aljamas fueron centros de una rica actividad durante algún tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario