Ava Gadner , considerada la mujer más bella del mundo, rodó en España en 1957 `Pandora y el holandés errante´ y conoció a una de sus mas renombradas conquistas, el torero Luis Miguel Dominguin. Tras una noche de vino y rosas en el Hotel Rizt de Madrid, de madrugada, ante su repentina actitud, dijo:
¿Dónde vas con tanta prisa, cariño?
¡¡¡No te jode, a contarlo
Pues si me necesitas, silba.
No tienes que hablarme de tu pasado ni de tu futuro. No tienes que gritar ni susurrar, solo silba,
Ava permaneció en el Ritz varios años; desde una de sus ventanas la condesa descalza arrojó un grueso cenicero que casi descalabra a un transeúnte. En 1965 se instala en el barrio residencial de El Viso (Chamartín) donde fue vecina del general Juan Domingo Perón, ex presidente de Argentina, quien la denuncio por el alboroto que generaban sus fiestas.
Existe la leyenda de un código interno entre los empleados del hotel a la hora de seleccionar a sus potenciales clientes y sugerirles su estancia en el otro hotel de lujo de la época, el Palace y de una regla no escrita de no admitir a artistas, y toreros. Las normas de etiqueta en el vestir eran estricta: los hombres no podían entrar sin corbata y hasta 1975 no se permitió a las señoras en pantalones.
De uno de estos empleados habla Manuel Leguineche: se llamaba Antonio Lorenzo Jiménez y había nacido en Alcazarén, un pueblo próximo a Iscar en Valladolid, que ejerció de jefe de camareros de hotel durante tres décadas. Antonio sostenía : “El conserje de todo gran hotel debe reunir el tacto de un embajador, la astucia de un detective, la sutileza de un psicólogo… Los clientes te ponen a prueba continuamente: se acercan con aire despistado y preguntan por un restaurante; no sabes si lo quiere elegante y caro, un sitio turístico o una tasca, pero debes resolver el dilema de un vistazo; nunca he errado un juicio, ¡miro a los zapatos ¡´
Y yo, niño fantasioso, coincido con Antonio y con Leguineche: la elegancia reside en los zapatos. En los zapatos y en otros elementos apenas perceptibles: un perfume suave, una pequeña joya de plata (nunca de oro), ciertas prendas interiores femeninas que se ven aunque no se vean…
El último personaje de Hotel Nirvana es Bienvenida Pérez, quien como Alfonso XIII ejercía en los hoteles de lujo de toda Europa. Y con ella, su gran consejo al mundo: `Pon un poco de polvo de talco en esos indispensables zapatos de tacón alto y fino; y asegúrate que los zapatos son la primera prenda que te pones al salir de la ducha y la última que te quitas cuando llegue el momento´.
Visité el hotel Ritz un 27 de abril de un año sentimentalmente reciente. Me acompañaba o acompañaba yo a Miguel Muñoz Suarez (El Ebúrneo) y Aurora, de Iscar. Me levanté temprano, degusté un copioso desayuno en cubertería de plata inglesa de la casa The Goldsmiths y me fui al Museo del Prado para apreciar, nunca con detenimiento, un solo cuadro:
“El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, de Antonio Gisbert Pérez, una de las joyas del museo y una de las grandes obras maestras de la pintura histórica española del siglo XIX, que no fue un encargo del I Rey Felón, al que no importaban estás minucias, sino de la regente María Cristina de Habsburgo - Lorena, alentada por el gobierno de Práxxedes Mateo Sagasta. Su intención era que sirviera a las generaciones venideras de recordatorio y ejemplo de lo costosa que resulta en ocasiones la lucha por la libertad.
Cuando volví al hotel para abonar la cuenta, el conserje discreto y educado, mirando a mis zapatos, me dijo “Ha pagado todo el ser Muñoz, de Iscar"







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