En este Valladolid del último tercio del siglo XX, los alrededores de los mercados del Val y Campillo estaban poblados de tabernas y mesones. Junto al Val, en la calle Zapico, abrió una cantina en 1935 Cándido Sánchez, Pelo Fino: era, y es, El Cajón, por su estrechez y era, y es, refugio de industriales y clientes del mercado, funcionarios del Ayuntamiento o probos jubilados aficionados a los torrezno, como el que suscribe.
Gente humilde que de madrugada entona el cuerpo con orujo o cazalla y por el día aprecia el bacalao, los callos y los caracoles que, en su tiempo, preparaba Eugenia Barrios, la mujer de Pelofino. Cuando Cándido murió en 1973, le sucedió su hijo Manolo que pronto (1980) decidió sustituir los consejos del vino por el áureo hierro del mercado, con una próspera frutería que aún regenta su hijo y a la que él mismo todavía acude con nostalgia. También acude con nostalgia este que suscribe, sobradillo
Se dirá ustedes, ¡¡¿Qué pinta aquí el bueno de Sobradillo? Pues muy sencillo, porque sobra y dile. En Valladolid, señora somos así.
- ¿ Como se llama en Valladolid una iglesia muy antigua?
- La antigua
- Y un campo grande de patos?
- El campo grande lleno de patos
- ¿Y una plaza donde estaba el cine Coca?
- Plaza de Coca
Otro de nuestros chistes favoritos es:
- Pepe, como mi propio nombre indica
Y otro chiste:
- Usted es negro- Pues no señor, no soy negro
- Qué si, que es negro
- Que no soy negro
- Pues es negro
- Bueno, pues sí, soy negro ¿Pasa algo?
- ¿Qeé es negro, pues no lo parece
En el mismo costado del mercado, calle del Conde Ansúrez, separado por esa Taberna Triqueta que ahora regenta para deleite de parroquianos, intelectuales y probos jubilados la bella Mónica, estuvo durante muchos años otra cantina célebre, Cisneros, que despachaba las mejores gambas a la plancha de Valladolid. Y del otro lado, en la calle Sandoval, la asimismo célebre Casa Pepe, que regentó Farruco, que pronto traspasó la cantina a José Huidobro, Pepe, que mantuvo la doble función de venta de vinos y casa de comidas y en 1984 le dio el traspaso a Víctor González y su esposa Fe; con anterioridad habían regentado la popular Casa Víctor, un local largo y estrecho, con el mostrador a la izquierda y mesas y bancos corridos a la derecha, decorado con dos enormes tinos rojos de barro. Sus guisos atraían a glotones que primero pedían queso en aceite y chorizo de la olla y luego morro y callos.
A pocos metros, en Francisco Zarandona , Casa Benito, celebérrima casa de comidas que después fue Bar Venecia y ahora es Dos Mujeres, porque lo regentan dos mujeres (cogen ustedes el chiste: dos mujeres), muy bellas, por cierto. Y cabe al teatro Calderón, El Minuto, que solo disponía de 17 vasos, pero les lavaba a conciencia en un mostrador de zinc y les acompañaba de mejillones y cacahuetes.
Ya en la calle Paraíso, desde 1969, El Hidalgo.
También en la calle Sandoval, Casa Manolo, llamada desde finales de 2012 Montellén, que regenta el cocinero Miguel Fargallo con la sin par maître Nuria. Y En la calle Zúñiga 5, El Socialista, una de las tabernas más visitadas de la ciudad, que comenzó a funcionar en 1926 y vendía porrones de clarete y puñados de cacahuetes, haciendo frente a El Bocho y Evaristo, con sus morcillas y pimientos asados. Y en la plaza de San Miguel, montó en 1990 la Taberna Pradera otro de los grandes chef vallisoletanos José Antonio Avedul, que antes había creado El Bohío, El Cardenal y Lazos.
Junto al Mercado del Campillo, estaba Casa Miguel que regentaba con acierto Manolo, y en la que oficiaba el gran Bernardo, hoy jefe de camareros de la cafetería de El Corte Inglés. La Miguela despachaba marisco traído de Galicia junto a la mejor cerveza de Valladolid, servida en grandes copas de borde dorado.
Muy cerca, a la espalda de Panaderos, en la calle Vega 18, estaba El Asturiano y enfrente el baile La Alegría, donde los domingos y festivos acudían chicas de servir, obreros y militares sin graduación que le daban a las canciones del Dúo Dinámico y Adamo. En el Asturiano había cante casi todos los días, a cargo de Celedonio de Vega, Celes, mutilado de guerra ciego por culpa de una bala perdida, vendedor del cupón y amante del cante, como su hijo Manolo.
Valladolid en los años 50 era una ciudad muy provinciana, en la que las comidas fuera de casa se celebraban en los grandes hoteles… En los 60 empiezan a aparecer ya buenos restaurantes, entre los que destacan el Astur Vasco o el mítico Suazo, donde un entrañable Hilario decía a los clientes que en su casa los platos eran escasos y caros´. Este Suazo, hoy Caballo de Troya, que ahora regentan dos bellas mujeres. Sara y Carlota. A carlota le regaló Pedro Canisio (Sobradillo) en un tiempo sentimentalmente cercano, una rosa.
De vuelta a la zona del Val, clientes de El Cajón eran los cómicos y vicetiples que ejercían en el vecino Teatro Calderón. Manolo Sánchez, frutero, todavía recuerda a la que entonces estaba en la cumbre de la gloria, Celia Gámez. Las razones de su éxito son fáciles de comprender: no era una belleza arrebatadora, no tenía una gran voz, ni era una bailarina consumada. Pero su personalidad y sus piernas, llenaban la escena. Sus espectáculos salieron artistas como Concha Velasco, Lina Morgan o Esperanza Roy. Como pedían los tiempos de nacional-catolicismo, Celia era cuidadosa con la exhibición carnal de sus vedettes; Manolo recuerda como la servía la comida en su propio camerino. Y recuerda, claro… sus piernas.
Cantaba Antonio Machado: `Un vino risueño me dijo el camino / Yo escucho los áureos conejos del vino…¨




No hay comentarios:
Publicar un comentario