Ramón Bocos según Fernando Vicente
Como todo el mundo sabe, el arte moderno es fruto de una debilidad humana y de una reflexión intelectual, cuyos protagonistas son respectivamente Kandinsky y Malévich.
Un buen día entró Kandinsky en su taller de Munich, tras haber ingerido una cantidad considerable de sustancias diversas, cuando vio una pintura de inaudita belleza, de la que emanaba un fulgor intimo; avanzó a zancadas hacia la misteriosa tela de la que veía formas y colores pero no motivo ni tema; pronto se deshizo el enigma, era uno de sus últimos trabajos, pero no estaba derecho, había quedado apoyado contra la pared sobre uno de los lados. Malévich, por su parte, consideraba un atraso que la pintura tuviera la pretensión de reflejar el mundo y las cosas ¿A quien se le ocurre –decía- imitar un prado verde con vacas, cuando existe la fotografía y otros medios de comunicación de masas?
Desde entonces el arte prescindió de la forma y se ocupó en reflejar ausencias, vacíos y soledades. En cuanto leí las referidas anécdotas (que es todo lo que sé sobre arte moderno) me deshice de mis reproducciones de obras de Kandinsky y Malévich y adquirí otras de Vermeer que, al menos, refleja divinamente la luz y miradas femeninas del tipo de "No tienes quien bese / tus labios de grana, / ni quien tu cintura elástica estreche, / dice tu mirada. / No tienes quien hunda / las manos amantes / en tu pelo hermoso, y a tus ojos negros / no se asoma nadie·, que cantaba con donaire Manuel Machado.
No hace mucho paseaba yo por Barcelona con Marta y otros familiares cuando decidimos acudir a uno de esos restaurantes de la nueva cocina. Siguiendo esa costumbre tan española de compartir el primer plato pedimos uno que ha hecho celebre a su autor, `fideua sin fideos ni gambas al humo de azafrán´, de manera que compartimos humo y nostalgias. Como plato fuerte yo pedí `carpaccio de pies de cerdo con aceite de ceps y judías de Santa Pau´, que ya me dio ciertos ánimos, aunque, no sé por que extraña asociación de ideas, me hizo sentir añoranza por mi tierra, Castilla, ; de modo que me puse inmediatamente de viaje y en cuanto pasé los Monegros me zampé un plato de consistente morcilla de Burgos, acompañado de uno de estos vinos de trago largo de la Ribera, y me olvidé automáticamente de mis soledades.
Muchos años antes, mi primo Fraterno (somos 77 primos carnales, con eso les digo todo) se confesaba de ser soberbio y vengativo: ´
- ¿De qué te acusas, hijo?
- He sido soberbio y vengativo.
- ¿ Cuantas veces?
- Ocho veces soberbio y cuatro vengativo.
- Pues reza tres padres nuestros y volverás a tu condición de prístina inocencia.
Y a la semana siguiente
- Me acuso de haber sido soberbio y vengativo.
- ¿Cuántas veces?
. Cinco veces, tanto soberbio como vengativo.
Ya una semana el cura le dijo:
- ¿Pero hijo, estas seguro de tener perfecta constricción
- Perfecta constricción es poco, padre –Enseguida le salía la soberbia a Fraterno.
Y así pasó Fraterno feliz su infancia, siendo unas veces más soberbio que vengativo, otras más vengativo que soberbio y, las menos, tan vengativo como soberbio. Entraba con paso firme en la iglesia donde nos confesábamos, envuelto en algo parecido a ese `halo de gracia que defiende al hombre que se sabe amado por una mujer hermosa´, dirigiéndose sin titubeos al confesor más severo. Mientras, el 90 por ciento de los alumnos del colegio y yo mismo hacíamos cola en la fila de `El rápido´, esperando articular un discurso de culpas de cierta consistencia: envidia, vagancia, sentimientos cainitas...
Agustín Muñoz Suarez (Fraterno) y las palomas
Hasta que un compañero más avispado me habló del concepto `mirada maligna´. Desde entonces siempre me he confesado de tener miradas malignas, sin que `El rápido´ me pidiera nunca que matizara el término y despachándome con un par de padres nuestros. De manera que por fin pude llegar a un nivel de autoestima parecido al que ostentaba Fraterno, a pesar de que otro miembro de la Iglesia, el profesor de matemáticas, clamara con frecuencia "¡Ya está Bocos mirando la pizarra con esos ojos de besugo¡¡¡¡ Señor, qué trajín.
No hace tanto tiempo, el mismo Fraterno acudió al acto en que Aznar anunciaba su candidatura a la presidencia de la Junta y, ni corto ni perezoso, le espetó: `En fin, vera usted, cómo le diría yo, seguro que es usted una buena persona, listo y aplicado en el trabajo, pero es un clamor que Martín Villa es un político mucho más consistente´. Cientos de airadas miradas se dirigieron hacia Fraterno, pero él, con la soberbia y disposición a la venganza que le caracteriza, aguantó estoicamente.
" ¿De manera que estas notas van de miradas esquivas? preguntará el reposado lector-
Pues no: tratan de de los que venden humo, sean nuevos artistas o restauradores, o viejos frailes o políticos. Artistas y restauradores que ignoran todo sobre dibujo, colores, composición o culinaria, y muestran la soberbia de quien se cree depositario del capricho de las musas; la Iglesia vetusta y secular, que fundamentó su poder material y espiritual en la simonía y el trafico de indulgencias, que quemó a Giordiano Bruno y torturó a Galileo y todavía hoy mantiene el celibato.





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