jueves, 14 de marzo de 2013

XVII 2 Artículos: Sobre la Ley de la Trivialidad y otras sentencias














      ´Perdone que le envíe una carta tan larga, no he tenido tiempo de hacerla más corta´, dejó dicho el genio británico de Bertrand Russell.
   
        Otro inglés inteligente, el sagaz profesor Northocote Parkinson estudió la evolución histórica de los datos del ejército británico. Constató que el número de bajas enemigas está en razón inversa del de generales propios; y que la cantidad de almirantes aumentaba al mismo ritmo que disminuía el número de buques de la Armada. Datos que llevaron a Northocote a patentar tres  teoremas casi axiomáticos: 1) los empleados necesitan multiplicar subordinados, no rivales, 2)  se crean mutuamente trabajo; y 3) el trabajo se dilata hasta llegar a ocupar la totalidad del tiempo disponible para su realización.

       Para entender el primero de estos teoremas, denominado `ley de la pirámide invertida´, Northocote ponía el ejemplo de K, un probo empleado próximo a la jubilación que se cree abrumado de trabajo. Tres remedios tiene a mano: 1) pedir la excedencia; 2) compartir su trabajo con un colega ; y 3)  solicitar el auxilio de  dos subordinados, A y B. No se ha dado en la historia nadie que no se haya inclinado por la tercera solución.Pronto A también se sentirá sobre cargado de trabajo. K y A serán partidarios de nombrar dos auxiliares de éste; mas el único medio para evitar molestos roces internos es nombrar también dos auxiliares de B. Con la incorporación de cuatro nuevas personas el ascenso de K puede darse por descontado.

   Siete personas están ya realizando el mismo trabajo que antes despachaba uno sólo. Entonces entran en acción los teoremas 2 y 3: y es que trabajando los siete todos andan atareadísimos y, por lo que se refiere en concreto a K, nunca se ha sentido tan apabullado.
Las leyes de Parkinson supusieron la superación de creencias hasta entonces indiscutidas, como: 1) que el aumento de las plantillas obedece al incremento del volumen de trabajo;  2) que cualquier multiplicación de empleados que se produzca dejará ociosos a alguno de ello;  o 3) que todos trabajarán menos.

    Cuando lo cierto es que el número de empleados crece indefinidamente, tanto si el trabajo aumenta, como si disminuye e, incluso, si desaparece en absoluto. La fórmula es: X = 100 x (2 K x L + M + T) / N x P.K es el número de empleados que buscan el ascenso mediante la adscripción de subordinados; L la fecha de jubilación; M el número de hombres/hora dedicados a proponer soluciones en los asuntos planteados en la entidad (En el Estado de las Autonomías, los jefes de gabinete, como Iván Redondo); N los departamentos vigentes; P la cifra de personal de que se parte. ¿Y T? Los liberados sindicales.
    
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                   Yo conocí en la Junta a uno de estos liberados sindicales. En mi imaginario se llamaba Antonio Alonso y en su despacho durante más de 30 años no tenía ni bolígrafo, ni folios, ni archivos ni documento alguno. Solo sobre la mesa un pequeño cactus en un tiesto  de plástico. Presumía de que no le costaba a la administración ni a los administrados ni el agua de su tiesto.
   
       El resultado es el número de personas que hay que contratar cada año: las investigaciones de Northocote demuestran que el porcentaje está siempre comprendido entre 27,57 % y 47, 17 %, con un margen de error, según el CSIF de Tezanos, del 17,27 %, Estos porcentajes son  independientes del trabajo a realizar, en el supuesto de que haya que realizar trabajo alguno.

    Parkinson era un experto `comitólogo´, la ciencia que se ocupa de la génesis, evolución y funcionamiento de los órganos de gobierno. Según él se rigen por otra norma inexorable que él denominó ´ley de la trivialidad´: el tiempo empleado en la discusión de cada uno de los puntos de un orden del día está en razón inversa de su presupuesto.


    El consejo de Gobierno de la Junta de Castilla y León, por ejemplo, tiene que decidir sobre el nuevo mapa de consultorios médicos rurales en Soria, cuyo presupuesto asciende a tropecientos millones. Pues se pone de acuerdo en cuestión de minutos; ni a Francisco Igea, ni a Verónica Casado ni a ninguno de sus colegas del Consejo les preocupan los consultorios médicos rurales ni Soria; solo al gerente del Sacyl, Manuel Mitadiel Imaginemos ahora que hay que decidir sobre el color del uniforme de un conserje Todo el mundo menos sabe de colores y conoce perfectamente el trabajo de los conserjes. Además el coste de un un uniforme no superará nunca los 100 euros, cifra que distingue la entendedera más torpe.

    Consejeros habrá que propondrán  el color del Pendón; ya está bien de nacionalismos periféricos. El consejero de Hacienda  se inclinará por el verde de Tierra de Campos y el  de Agricultura por el gris topillo. ¿Hay alguien de León? Propondrá el marrón leonino. El debate durará lo que resta de semana, con gran alivio del vicepresidente, la mosca cojonera. de Ciudadanos y de la Junta.

    Qué les voy contar yo que como saben fui director general de Política Industrial (o cultural ya no me acuerdo bien, si es que lo he sabido alguna vez) de aquella junta tan utópica de Demetrio Madrid. Precisamente era colega  de Manuel Mitadiel, que era secretario general de la Consejería de Hacienda y ha sido director del Sacyl por Ciudadanos. Fijense si sería utópica que servidor dedicaba parte de la mañana a diseñar los impresos oficiales. También le ayudaba a Alonso a regar el cactus.  Dimití con Demetrio, es mi sino.

         Pues bien, cierto día, antes de irse a comer al restaurante  La Fragua de Garrote, va Miguel Pérez Villar, consejero de Economía y Hacienda y vicepresidente con el gobierno de Aznar y me dice:" Sobradillo: el consejo de Gobierno de esta mañana ha aprobado la Ley de la Minería; mañana tiene que publicarla el BOCyL· . Y es que  a mi  Pérez Villar y Aznar me llamaban Sobradillo porque me gustan mucho los diminutivos. También me llama Sobradillo Valdavia y la perrita West que es de la raza de los perros avisadores, como Jumble, el perro de Guillermo Brouw, capitán indiscutible de los Proscritos.

  Pedí un gin tonic al conserje, que vestía un uniforme gris perla primoroso; compré para la ocasión en Radio Valdeprado un  globo terráqueo lumínico, para enterarme de donde está El Bierzo, que resulta que está en León con el aunque se llevan muy mal; me armé de pluma y 7  folios con el membrete oficial; y dediqué 7 horas a redactar una exposición de motivos que hablaba de montañas, ríos  y valles como Valdavia y unos 17  minutos a elaborar un articulado que a nadie interesaba. Y al día siguiente la ley estaba en el BOCyL. Algo parecido el Parque Tecnológico de Boecillo; aquí donde me ven ( o leen, lo mimo me da que me da lo mismo) su primer inquilino; bueno, antes estaba Cristaloid, pero esa es otra historia.

     Ponga el ocioso lector tiempo y coste de una norma similar ahora. Incluya  también el coste de lo que nos ha costado a todos los castellanos, leoneses y bercianos el Parque Tecnológico de Boecillo, Cistaloid y el agua del cactus de Alonso. olvide las sentencias  de Northocote, Russel y Churchil Y le aparecerá una vaga imagen de lo que es la España de las autonomías.
                               


 






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