El libro al que se
refería Antonio Machado es Castilla, de Azorín. Y ahora quiero yo hablar de libros y de Castilla. ese libro y de Castilla. Para que te exaltes castellano. Ahora que en este solar una vez llamado España
todas las nacionalidades, regiones, países y paisitos alegan derechos históricos menos Castilla. Todos, menos Castilla.
Sobre nacionalismo y sobre la inexorable ley del furor del converso reflexionaba hace casi 100 años Julio Camba, con motivo del debate parlamentario previo a la
votación del Estatuto de Cataluña, cuando Manuel Hazaña afirmó aquellos de que “España no es realmente un país
unitario y la unidad nacional carece de tradición entre nosotros”.
“Nuestra unidad nacional no es
ni un minuto anterior a nuestra unidad nacional, y si vamos a buscar su
tradición en una época en la que todavía no existía, es evidente que no la
encontraremos. Esto no quita para que no haya en toda Europa una unidad
nacional más antigua. España fue el primer país europeo que sintió la idea de
nación y la impuso en todo su
territorio, lo que no impidió que quedase aquí una barretina, allí una gaita, allá un baile o una canción y acullá una manera de guisar el arroz.
Estos residuos históricos son los que algunos llaman hechos
diferenciales, y los hay en todas partes: en Cataluña con
respecto a España, en Barcelona con respecto a Cataluña, en la rambla de
Canaletas con respecto a Barcelona, y en cualquier casa de la rambla de
Canaletas con respecto a la rambla en general. En todas partes hay hechos diferenciales, pero la cuestión
está en si debe uno cultivarlos o debe,
por el contrario, dedicarse al cultivo de los hechos igualatorios.”
¡Libros¡ Por mucho que avance
la sociedad digital seguirán siendo el medio de
comunicación más inteligente; siempre están ahí, esperan y callan. No necesitan
ningún sistema técnico, ni energía, ni mantenimiento. Pero abres sus páginas y
empiezan a hablar, a contar historias: la del recurrente debate sobre la unidad
nacional española o la apasionante historia de Castilla de cómo
se formó la Nación Española a partir e
este reino, antes condado, cuando la España visigoda, a la sazón la nación de
cultura más elevada de todo occidente, vio triturada su unidad nacional y su
cultura por los invasores islámicos.
El territorio castellano surgió hacia el año 750,
casi cuarenta años después de que tropas del Zagreb conducidas por Tarik Ibn Ziyad
invadieran la Península (711) y treinta
desde la victoria de los astures de Pelayo
en Covadonga (722). Es entonces cuando el rey
Alfonso I de Asturias organiza la
repoblación por cántabros y vascones de la zona oriental de su reino para que
recibiera primeramente el impacto bélico musulmán, levantando numerosos
castillos de los que el territorio terminaría por recibir el nombre.
La estrechez, la
angustia, la constante amenaza del poderoso enemigo islámico hicieron de las
gentes castellanas un pueblo sufrido, aguerrido, belicoso, amante insobornable
de su independencia, y que pronto demostraría su dinamismo histórico en una
progresiva expansión territorial hacia el sur.
Alfonso
I pone la frontera bajo el mando de los
condes, que ejercían el poder político,
administrativo, fiscal, judicial y militar, pero cuya mandación no era
hereditaria; en el año 865 coexisten cuatro condes: Rodrigo, Gómez, Ordoño y
Gonzalo. La forma en que se desarrolla la repoblación del espacio condal genera
una estructura social basada en una gran mayoría de hombres libres, pequeños
propietarios que se aprovechan de la libre apropiación de las tierras vacantes;
el rey, delegando en sus condes, otorga las tierras ocupadas mediante presura
por los colonos, de manera que con la simple ocupación se obtenía la
propiedad de la tierra.
La lejanía del centro político del reino (Oviedo primero; luego León) y el consiguiente
abandono a su suerte en que a menudo se encontraban los castellanos ante los
ataques musulmanes, les convenció de su peculiar personalidad y valía
colectiva, generándose una creciente hostilidad
hacia los distantes soberanos astur-leoneses.
En la primera década del siglo X los castellanos alcanzan
la orilla del Duero, estableciéndose en Roa, Osma y San Esteban de Gormaz, consolidando
un territorio libre del poder musulmán y autónomo respecto del rey
de León. En el año 960, Fernán González se erige en conde único, estableciendo
el carácter hereditario de su mandato y apartándose de León, al que consideraba un sistema caduco y ajeno a las aspiraciones de su pueblo.
Colonos repobladores de tierras prácticamente vacías o escasamente
habitadas, libres de servidumbre
feudal, viviendo cada año al borde del desastre por las continuas razzias musulmanas
que con implacable periodicidad asolaban las tierras del condado. Y otra vez a
poblar y luego a repoblar; tras la puebla, la batalla y tras la batalla la
puebla, así establecidos siempre en busca de un hogar, de una prosperidad en
libertad…. Es como si lo más valeroso de los pueblos peninsulares se hubiese
juntado y fundido en aquél nuevo pueblo, amparado por sus castillos y dirigido
por los condes.
A Fernán González le sucede su hijo García Fernández
(970) y, tras la muerte de este en batalla con las huestes del temible caudillo
Almanzor, su nieto Sancho García (994), quien
tuvo que condescender con el caudillo musulmán a cambio de pagar un tributo
anual. Pero muerto Almanzor (1002,) el
poder del Califato cordobés comienza un
declive irreversible; Sancho recupera la estratégica frontera del Duero y
las tierras situadas entre éste y la sierra de Guadarrama, lo que se dio llamar
la Extremadura castellana. Sepúlveda, capital de la nueva frontera, es
repoblada y recibe amplios fueros que establecen, entre otros privilegios, que todo aquél que preste servicios militares
con medios propios (caballo, escudo y lanza), no pagará impuestos ni soportará
cargas. Prerrgativas similares se harán extensivos posteriormente a todos los
defensores de los castillos del Duero.
El triunfo de Castilla sobre el Califato a principios del siglo XI marca el inicio de
su prepotencia en el ámbito de los Estados cristianos del norte peninsular, que
se confirmará con el gobierno de su primer rey, Fernando I el Grande. La nacionalidad castellana, rebelde, innovadora, dinámica, gestada a
lo largo de los siglos IX y X, protagonizará la Reconquista a
partir ya del siglo XI, ese fundamental proceso histórico – político que se
resolverá con la plena restauración de España desde la identidad castellana.
En 1085 Alfonso Vl, tras expulsar al Cid, reconquista Toledo, ciudad que actúa
en el imaginario medieval cristiano como símbolo de la unidad política de la
Península. La conquista de Toledo posibilitó la reorganización y
repoblación definitivas de la Extremadura castellana, que se
extendía de oeste a este, desde Salamanca y Plasencia hasta Soria y Sigüenza, y
de norte a sur, desde Medina del Campo hasta Toledo y Cuenca.
En 1135 Alfonso VII es coronado Emperador de León. La dos coronas vuelven a separarse en 1157, hasta que en 1230 Fernando
III las reunifica de forma definitiva bajo la denominación de Castilla
A la Extremadura castellana suceden la extremeña,
la andaluza y la murciana. Se produce así la castellanización de todo el
territorio comprendido entre el río Duero y el Estrecho de Gibraltar. También
la zona navarro – aragonesa, y con ella Cataluña. Se configura así la
unidad hispánica que concluye con la conquista de Granada en 1492.

Son los castellanos un pueblo nuevo, formado por gentes de origen céltico (cántabros,
várdulos y autrigones), vascón y godo. Los celtas y los vascones bajaron ya a
fines del siglo VIII desde los valles cantábricos en grandes carretas tiradas
por bueyes, buscando espacios más amplios que las altas montañas en las que tanta gente se había juntado en busca de
seguridad.
Los godos en cambio habían permanecido en territorio
ocupado por los musulmanes. Procedían del grupo étnico visigodo, un pueblo germánico que penetró en Hispania en el Siglo V hasta
colonizarla íntegramente. Dice Pérez de Úrbel que la denominación de gente
goda aludía a los descendientes de los godos como señoríos, esto es,
la nobleza de sangre del condado de Castilla; y Reinhart añade que los nobles
de Castilla eran todos de nombre gótico: Alfonso Álvaro, Fernando, Gonzalo,
Gutierre, Rodrigo....
Gentes en general no muy romanizadas, belicosas, amantes de la libertad y del vivir independiente, de carácter
rudo y enérgico; gentes que dejarían su impronta indeleble en Castilla, que
generaron ante la Historia una novedosa y dinámica nacionalidad que pronto
mostraría aquellos caracteres que la afirmarían en la delicada encrucijada
histórica que tuvo que protagonizar.
El espíritu de rebeldía castellano no fue sino la manifestación en la vida política de su energía ascendente y creadora. Su dinamismo no conformista y su ímpetu de acción se mostraron enseguida en otros campos muy distintos. Castilla fue innovadora:
1) En el lenguaje: creó antes que ninguna de sus hermanas españolas el romance, lleno de osadías revolucionarias; En la fonética; 3) En la morfología; y 4) En la sintaxis.
El romance llegó a ser hablado por cientos de millones de hombres.
Castilla fue innovadora en el derecho: rompió antes que nadie con el orden jurídico viejo hispano- visigodo y creó por medio de las sentencias de sus jueces populares un derecho nuevo que iba a cruzar los mares.
Castilla fue innovadora en la vida des espíritu y en ella surgieron los cantares de gesta y ella produjo la primera literatura medieval peninsular neolatina que había de prolongarse allende el Atlántico.
Castilla fue Innovadora en la vida político-social: en ella surgió la institución, singular en Europa, de las behetrías o señoríos libres, los concejos rurales y la clase de los caballeros villanos, peculiar de la península y que iba a constituir el patriciado de las ciudades españolas y a acometer la gigantesca empresa de conquistar y colonizar América
El lenguaje castellano, formado en el cerebro y en la boca de aquellos rudos guerreros y campesinos que habitaban el reducido espacio condal, en el que estaba fermentando una muy original disidencia lingüística a partir del excepcional tratamiento de muchos fonemas latinos y de la lengua clásica en su conjunto
El hecho es que los castellanos habían fijado ya en el siglo X unas normas lingüísticas propias firmemente establecidas y que Castilla será el único territorio hispano donde se cultivará el género épico, género que da origen a la literatura española. Menéndez Pidal explica el fenómeno de los cantos épicos castellanos al tiempo que destaca los códigos y costumbres que lo caracterizan como temática propia de los mismos:
- 1) El concepto del honor y el valor personal;
- 2)La venganza privada como derecho que garantiza la seguridad de la familia
- 3) El duelo judicial: método sangriento por el que se dirime la culpabilidad o inocencia de una persona o una comunidad
- 4) La decisiva repercusión de lo privado en lo publico;
- 5) El derecho de obligar al juramento del rey (primus inter pares) Todas estas costumbres se manifiestan en la literatura épica castellana, cuyo primer eslabón es El poema del mío Cid, con el que se inicia la Literatura Española.
El carácter germánico de estas costumbres, rechazadas por el derecho romano y la tradición latino-eclesiástica, se explica por la específica circunstancia fronteriza y guerrera del condado, sumada a la filiación étnica de sus pobladores, en la que, sobre un fondo cántabro-celtibérico, destaca el componente germánico de estirpe gótica. El derecho se sustenta en tres formas jurídicas: las costumbres no escritas, las fazañas y los fueros. Las costumbres sirven de fundamento al juez que, elegido y respetado por sus coterráneos, juzga libremente. La fazaña es conducta ejemplar y digna de imitarse; precedente judicial que debe ser tenido en cuenta en juicios análogos. Los fueros son cartas municipales, derechos locales otorgados por el rey, el conde o los poderes eclesiásticos con la intención de crear asentamientos en las nuevas tierras que se van conquistando.
En cuanto a la estructura político social se fundamenta así mismo en tres instituciones, fruto del carácter fronterizo de la sociedad castellana: las clases de los caballeros hidalgos, los caballeros villanos, y los concejos municipales.
Los caballeros hidalgos o hombres libres son usufructuarios perpetuos de unidades de explotación de tipo familiar, enfiteutas con todos los derechos inherentes a la libertad personal; la amplitud de esta clase supone que, al contrario que en otras sociedades medievales, el número de siervos de la gleba o campesinos atados a su señor fuera muyescaso. La clase de los caballeros villanos estaba integrada por propietarios urbanos con la capacidad económica suficiente para poseer caballo y armas y luchar en una tierra de frontera siempre expuesta a la batalla. Por encima de estas dos clases se encuentra la de la aristocracia de sangre, un muy reducido grupo de ricos hombres o magnates, respecto de los cuales los caballeros hidalgos y los caballeros villanos son vasallos libres que podían abandonar al señor en cuanto quisieran.
La institución de los concejos sólo explicable por el hecho de que la Reconquista giró sobre un conjunto de ciudades (Ávila, Cuenca, Salamanca, Segovia, Sepúlveda, Soria, Toledo, Toro, Zamora, etc.) dotadas de capacidad jurídica propia reconocida mediante la concesión real de un fuero específico. Los concejos, instituidos como órganos de gobierno de las Comunidades de Villa o Ciudad y Tierra, son designados por asambleas populares que les otorgan capacidad para crear su propia milicia, establecer pechos o tributos y administrar justicia. A partir del siglo XIV se generalizó la figura del corregidor, o persona enviada por el rey a los concejos para que ejerciera en su nombre la jurisdicción y el gobierno.
¡Mesón de los caminos y posadas
de Esquivias, Salas, Almazán Olmedo¡
La ciudad diminuta y la campana
de las monjas que tañe, cristalina.
Olmedo fue villa bravía, recinto de armas, como lo acreditan su muralla y el destacado papel que a lo largo de su historia desempeñaron los caballeros en el tejido social de su recinto urbano, En sus proximidades se dirimieron dos de las mas célebres batallas que tuvieron lugar en Castilla en el siglo XV: una en 1445, que supuso una importante victoria para Juan, II contra la nobleza levantisca, a la que contribuyeron decisivamente el condestable don Álvaro de Luna, el Infante don Enrique y el alférez mayor Gutierre González Quijada; otra en 1467, que constituyó un notable éxito para el monarca castellano Enrique IV.
En Olmedo escribo yo esta entrada, quizá un tanto imbuido por el ardor guerrero que derrochó aquí don González Quijada. Un Olmedo de pasado histórico y de presente esplendoroso, uno de los municipios mejor restaurados y con más atención cuidados de Castilla.
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